"...el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida." J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo

"Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción." A. Camus, El mito de Sísifo

"Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría." H.D. Thoreau, Desobediencia civil

19 de noviembre de 2013

Fusilamiento económico

Parece que las manifestaciones están poco reguladas.
Parece que la gente sale mucho a la calle, protesta, y pide cosas.
Parece que se usa mucho la libertad de expresión.
Parece que hay muchas críticas y motivos para todo esto.
Parece que la solución sea multar esas conductas.

Hacía falta una reforma que regulara las manifestaciones; pero regular significa penalizar; y penalizar significa evitar. El objetivo es definir como ilegal todo aquello que ha surgido, desde la legalidad del derecho a manifestación y a la libre expresión, ante las necesidades actuales. Multas de hasta 600.000 euros que nadie con la necesidad de manifestarse en frente de un congreso puede pagar; multas ridículas, patéticas, estrafalarias, desproporcionadas, monstruosas, grotescas, propias de una película surrealista; multas desactualizadas, mucho más que esa ley que querían actualizar.

Manifestantes pagando una multa.

No es de extrañar que un Estado, y de primeras un sistema y un ideario, tan obsesivo con cifras y ganancias económicas piense de primeras en multar conductas; si la obsesión se pusiera en la fuerza militar, veríamos fusilamientos y campos de concentración. Ésta es solo otra forma de hacer callar, de que un acto no vuelva a ocurrir, llevándonos cada vez más a la pobreza, el hambre y la incultura; se trata de un fusilamiento económico.

Dialéctica, transcendencia y naturalismo

[Sirva este breve artículo como exposición de una idea a completar]

En el estudio del funcionamiento del mundo [o de la Naturaleza], es decir, a la hora de investigar y detallar el transcurso de los acontecimientos, nos encontramos con dos vertientes principales; la primera, filosófica, es la dialéctica, mientras que la segunda es la científica. Ninguna de las dos es certera, o por lo menos no del todo; están sujetas a consideraciones parciales. Pero quiero centrarme aquí en las razones por las que la dialéctica no lo es, y llegar a exponer brevemente otras dos visiones del problema, respectivamente, transcendental y naturalista.

1. Dialéctica

La concepción de la dialéctica en la filosofía occidental, desde Heráclito, ha sido la de una Naturaleza en la que confluyen movimientos opuestos, que se complementan, como aplicación del concepto de argumentación. Esta visión no incluye necesariamente una ley natural, ni nada que descubramos que existe en el mundo; todo consiste en la confrontación de ideas y sucesos. En base a una concepción más actual de la dialéctica, como la hegeliana o la marxista, podemos definir que esta confrontación trae conclusiones, ya sea la victoria de una de las dos partes (Hegel), o una solución intermedia (Engels). Con Marx, la dialéctica se convierte en lucha de clases, lo que resulta más ilustrativo: concebimos que el mundo entero se mueve por oposiciones, así como ocurre en la sociedad. Sin embargo, ¿hasta qué punto es fiel esta concepción?

La dialéctica es una abstracción un tanto cuestionable y arriesgada; podríamos decir que se trata de una conclusión parcial, motivada por interpretaciones propias. Si nos vamos al ejemplo de Marx, es claro: para definir que en la sociedad hay movimientos que se enfrentan, debemos identificar esos movimientos en base a un criterio, separarlos, y establecer cuáles son esos enfrentamientos, dónde suceden, etc. Ese trabajo no se puede exportar ontológicamente a la Naturaleza; en todo caso, como una teoría del conocimiento, podemos interpretar el mundo en el sentido de estos enfrentamientos. Pero esto es una visión individual, e interesada; en resumen, una interpretación forzada. En la Naturaleza no vemos nada forzado, lo natural es, ante todo, armonioso; por lo tanto, no se trata de una concepción que nos explique nada del mundo, sino de nuestro conocimiento parcial de él.

2. Transcendencia

Podemos escapar, desde un punto de vista transcendente, al problema que surge en la dialéctica. Partiendo de la consideración del ser humano como parte del mundo, y no como ente artificial y aislado, se acepta cierta armonía entre el individuo y el mundo. Esta concepción transcendente, la idea de que a partir de uno mismo se puede conocer el mundo, se trata siempre igual: a través de una reflexión, ya se base en la meditación religiosa o el conocimiento de la mente propia, donde se encuentran las formas a priori (Kant).

Esta concepción implica que el hombre civilizado es un producto del mundo, casi un suceso a parte, que no tiene relación directa con la Naturaleza, que, de hecho, no se comporta de forma natural (esto es más claro en las concepciones religiosas, especialmente las orientales, que en la transcendencia kantiana), pero puede llegar a comprender y a comportarse así por medio de la concentración, o el conocimiento. Concentrarse, o conocer, es llegar a la naturaleza. Sin embargo, sigue quedando un punto flaco: ¿cómo explicar que la naturaleza sea, realmente, transcendente?

3. Naturalismo

La Naturaleza, como tal, existe en un solo plano; existe al momento. Ya que si le asignamos una ley predeterminada nos encontramos con la imposibilidad de definir esa ley más que en lo que se manifiesta, no nos queda más remedio que definir la ley como lo manifestado en vez de como lo que manifiesta; en otras palabras, tenemos que decir que la ley existe al momento en que se da un comportamiento, y eso nos lleva a afirmar que la Naturaleza no tiene nada más allá de sí misma. Por tanto, ¿cómo va a generar seres que se conecten con ella transcendentalmente? Todo lo contrario: se trata de una existencia básica, material, que genera seres más complejos. El hombre civilizado tiene un mundo a parte de la Naturaleza, un mundo de normatividad social, de historia, de filosofía, etc. que no es menos material que cualquier otro. Sin embargo, es un ámbito separado de la Naturaleza; así, para llegar a ella, para llegar a comprender su funcionamiento, como originalmente queríamos, es necesario desprenderse de las concepciones sociales, de las normatividades, de las historias, de las filosofías, etc. y quedarnos con una base natural. No hace falta transcender lo que ya somos; a la naturaleza no le hace falta ser transcendental, pues eso es una interpretación. La Naturaleza es ahora.

11 de noviembre de 2013

Pensamiento Oriental III: lo característico del budismo zen

[Introducción]
Hasta el momento me he centrado en hablar especialmente de la cultura japonesa, y en concreto de budismo zen. A menudo me he referido a él como simplemente Zen; esto se debe a que mi preocupación era la de exponer las particularidades de la vertiente zen, y no del budismo como tal. Creo que ha llegado el momento de ampliar esta visión y hablar de qué caracteriza al Zen como rama dentro del budismo.
(clasificación de las ramas del budismo)
Para este artículo voy a basarme principalmente en algunos escritos de Daisentz Teitaro Suzuki (recogidos en el libro Budismo Zen).
En cuanto al resto de ramas del budismo, tengo en mente escribir en adelante sobre ellas; el mismo libro de Suzuki que empleo en este artículo podría servirme para ello, pero no quiero adelantarme a ello.

BUDISMO ZEN

Zen, abreviación de zazen (en origen, del sanscrito dhyāna), significa "meditación"; aunque no es algo que pueda expresarse con palabras. El concepto poco tiene que ver con lo que llamamos "meditación" en occidente; se trata de un modo de vida que, aunque establece reglas en los movimientos específicas y ordenadas, no puede ser reducido a comportamientos físicos; que, aunque educa en métodos de concentración, no puede basarse solamente en la actitud mental; y que, aunque genera una serie de reflexiones internas, no puede comprenderse solo con teorías. Esto, hasta ahora, ha quedado claro; pero debemos profundizar más en qué caracteriza al budismo zen.

El budismo, como expone Suzuki, es iluminación.
Buda pudo enseñar el budismo porque él mismo vivió la experiencia de la Iluminación. Budismo significa realmente «Doctrina de la Iluminación». Prajñā es usado muy frecuentemente como sinónimo de Iluminación. (SUZUKI, Budismo Zen, pag. 52)
El fundador del Zen en China es Hui-neng (o Yeno), quien afirma que Prajñā y Zen (Jhāna en chino) son lo mismo.
Antes de Yeno se pensaba en China que esta Iluminación sólo podia ser alcanzada tras la práctica del Jhāna y una vez que se hubiera conseguido una cierta pericia en la meditación. Yeno mantenía que Prajñā y Jhāna debían ir juntas; ninguna de las dos sería operativa si se separaba de la otra. Ambas son consideradas absolutamente esenciales en el estudio del Budismo. (SUZUKI, Budismo Zen, pag. 52)
Esto diferencia, pues, al budismo zen; en él, meditar significa alcanzar la iluminación con cada acto. De ahí que se pueda aprender con prácticas comunes, y que se refleje en éstas. El Zen se encuentra en cualquier parte, siempre donde uno actúe, en todo lo que haga; y la iluminación (Prajñā) está donde está el Zen.

¿Pero qué es exactamente el Prajñā?

William Fardwel expone, en su libro sobre filosofía transcendental, que:
[la] materia prima que reúne en sí los atributos correspondientes a la materia propiamente dicha en su estado elemental y los característicos de una energía sutilísima de carácter vivo estaría formada por dos modalidades de existencia simple, denominadas respectivamente ahmah y pranah y cuyo significado correspondería al que pudiéramos dar a la substancia madre formadora en sus manifestaciones de toda la materia creada (ahmah), y a la energía origen de la manifestación (pranah). (FARDWEL, La Filosofía Trascendental, pag. 22)
Es decir, en un lenguaje muy esquemático [y terriblemente superficial], que la primera corresponde a la materia, y la segunda a la forma. Más adelante, Fardwel señala que el Prajñā es la fuerza que anima a la materia, que le da vida o, más bien, que demuestra que la materia tiene vida. Esta es una concepción general del transcendentalismo oriental, pero se parece mucho a la explicación de Suzuki (solo que éste es más específico en su descripción, y lo aplica a la práctica del Zen):
Habitualmente utilizamos las expresiones «sabiduría trascendental» o «conocimiento intuitivo» para expresar el significado de Prajñā. [...] es algo que nuestro conocimiento discursivo no puede alcanzar, pues pertenece a una categoría distinta a la del mero lenguaje. [...] Conocimiento y visión van unidos en la enseñanza budista: el conocimiento no es suficiente, la visión debe acompañarle. [...] La visión consiste en que yo esté viendo la flor y la flor esté viéndome a mí. Cuando esta visión es mutua, hay visión real. (SUZUKI, Budismo Zen, pag. 53-54)
Suzuki, para explicar qué es Prajñā, cita un artículo que defendía la tesis de que "el mundo objetivo solo puede existir en mi subjetividad; el mundo objetivo no existe realmente hasta el momento en que es experimentado por mi subjetividad". El escritor decía haberse dado cuenta en un momento, casi sin pensarlo; de repente, lo había comprendido, como encendiendo una luz. Esto, dice Suzuki, es Prajñā; una sabiduría transcendental que se alcanza mediante la intuición y, con ella, se alcanza el Zen (pues el Zen es el conocimiento intuitivo).

Resumiendo esto último, podemos decir que el Prajñā es la verdad del mundo, es decir, su funcionamiento; pero ésta no es científica, ni se consigue mediante el estudio, sino que se alcanza mediante una comprensión transcendental. Al alcanzar esta iluminación, alcanzamos el Zen.

CONCLUSIÓN

Tras lo dicho, creo que queda claro lo siguiente:

  1. El budismo consiste en alcanzar una iluminación (Prajñā).
  2. "Zen" significa "meditación", no en el sentido occidental, sino como un modo de vida.
  3. En el Budismo Zen, meditar significa alcanzar una iluminación (Prajñā).


Lo característico del budismo zen reside aquí: en que es un modo de vida, y no un mero medio para encontrar la iluminación. La iluminación es la vida, y no un estado más allá de ella.
No hay ninguna enseñanza especial: las cosas más comunes de nuestra vida cotidiana encierran un profundo significado que es, no obstante, de lo más claro y explícito. Lo único necesario es que nuestros ojos sean capaces de ver dónde hay una enseñanza. (SUZUKI, Budismo Zen, pag. 65)



BIBLIOGRAFÍA CITADA:

SUZUKI, Daisetz Teitaro:
- Budismo Zen, Kairós, 1998

FARDWEL, William:
- La Filosofía Trascendental, Caro Raggio, 1920(ca.)

BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA:

UEDA, Shizuteru:
- Zen y Filosofía, Herder, 2004

HERRIGEL, Eugen:
Zen en el Arte del Tiro con Arco, Eds. Kier y Gaia, 2012
El Camino del Zen, Paidós, 1991


Comentario breve sobre naturaleza y democracia

A veces somos demasiado humanos para darnos cuenta de nuestros fallos; demasiado humanos para pensar; demasiado humanos para vivir. Llegamos a un punto ciertamente antinatural; y en esto es cuando viene gente a decir "pero no hay naturaleza humana, por lo que solo existe lo que nosotros hagamos; no hay cosas naturales y artificiales, todo es lo mismo". No tenemos naturaleza humana, ni falta que nos hace tenerla; de hecho, afirmar eso en contra de la naturaleza animal es incluso más irresponsable: implica afirmar [indirectamente] que se es antinatural.

Pero ese es justamente el fallo, el error, el razonamiento más equivocado que podríamos haber lanzado; no se trata de identificar en nosotros una naturaleza, sino de vivir en la Naturaleza. El león, el oso, el pingüino, o el buitre, no tienen una actitud con la que enfrentarse al mundo, sino que el mundo les posibilita una cierta actuación en él; la interacción en un cierto entorno, junto a sus disposiciones (que no son más que necesidades del cuerpo, única naturaleza propia que hasta nosotros tenemos) le dan lo suficiente para saber cómo tiene que actuar; más aún, ni siquiera le hace falta saberlo: actúa.

Esta imagen no tiene nada que ver, pero me gusta.
Lo que nos separa de la Naturaleza no es la razón, sino la pretensión de ser algo al margen de ella; generamos nuestras sociedades, en principio reflejo de alguna organización animal, y las expandimos al límite, creando grandes sistemas de gobierno que nos han llevado hasta la democracia, quizá la más antinatural de todas las organizaciones, y, por su puesto, una de las más falsas; un engaño.

Cuanto más creamos en la democracia, menos vamos a vivir.

Otra que no tiene mucho que ver.

8 de noviembre de 2013

Libro: El pensamiento vivo de Thoreau

Hace un tiempo pude adquirir un libro, no sin bastantes molestias, titulado El pensamiento vivo de Thoreau (que pertenece a la colección "El Pensamiento Vivo" de Losada). El autor, Theodore Dreiser, hace en él una pequeña introducción a este autor, para después ofrecer una serie de fragmentos escogidos de sus obras. Quizá lo más destacable de este libro es que Dreiser lo enfoca desde un punto de vista religioso, que refleja cierta parte de Thoreau de la que normalmente no se habla en nuestro país. De hecho, ni siquiera nombra la Desobediencia Civil, lo que tiene bastante mérito.

La última edición de este libro (que es la que yo tengo) es de 1944; desde entonces parece haberse olvidado por completo, y solo existe en los listados de las bibliotecas y las páginas de segunda mano. Ni siquiera es posible encontrar una versión digitalizada del mismo.

¿Cuál es el problema para digitalizarlo? El ejemplar que tengo en mi poder (y seguramente todos los que aún queden) se encuentra en muy malas condiciones; las páginas están viejas, tiesas, tostadas, y cualquier presión puede acabar con ellas.

(Este no es mío; el que yo
tengo se abre la mitad)

Ante mi deseo de conservar el libro, he decidido transcribirlo por mi cuenta (no llega a 200 páginas, por lo que no es un trabajo muy costoso). Aún así, como últimamente veo que me demoro, y no quiero dejarlo a medias por ello, voy a empezar a subir el libro conforme vaya avanzando en ello. Por ahora, os dejo lo que tengo, que va siendo casi la mitad del libro, en este enlace:

Cada vez que actualice el archivo, lo pondré en el blog.

6 de noviembre de 2013

Pensamiento Oriental II: Haiku y Zen

[Introducción]
Para quien no sepa mucho de haiku, sin duda este título resultará extraño, incluso alarmante; ¿qué tiene que ver la poesía con el Zen? ¿Es algún tipo de comparación mística, espiritual, literario-religiosa, idealista, fantasiosa, o doctrinaria?
Si se ha leído mi anterior entrada sobre el Zen, queda todo más claro, puesto que no se trata de una creencia espiritual más que en la medida en que es una práctica habitual en la vida cotidiana; así, es muy común que el poeta, el escritor de haiku, sea quien sea, haga su creación a partir de un sentimiento propiamente Zen. Esto se verá mejor en adelante. Por ahora, me limito a comentar que gran parte de este artículo está basado en una conferencia sobre haiku que se dio hace poco tiempo en la Biblioteca Regional de Murcia, dentro del programa "Japón Cerca"; no sé con exactitud el nombre del conferenciante, puesto que no he podido encontrarlo en el programa, y en el momento de la conferencia solo pude anotar cómo sonaba a mi oído su apellido, algo parecido a "Matsumoto", aunque sí sé que su traductora era la profesora Michiko Akaboshi, de la UMU. Lo que aquí expondré será, como cabe esperar, una mezcla del discurso original y mis impresiones. También Voy a seguir, en cuanto a la parte de Zen, las fuentes que usé en la entrada anterior, por lo que más que una ampliación del Zen, se trata de una exposición del haiku desde su punto de vista.


HAIKU

¿Qué es el haiku?

Técnicamente, el haiku es un tipo de poesía. Se caracteriza, formalmente, por construirse con tres versos breves, respectivamente, de 5-7-5 sílabas o sonidos (en japonés, moras). Pero su característica principal es que expresa un sentimiento sobre la naturaleza (en sentido contrario a la civilización) fruto de la observación, y tan propio de la experiencia que no puede ser descrito más allá de esta acción poética. El haiku debe ser sentido, no explicado.

Si quisiéramos detallar una técnica en la creación de un haiku, tendríamos que afirmar, al menos, los siguientes puntos:
  1. Respetar la forma ya descrita, de modo que se trate de versos cortos y contundentes, que impresionen al lector y sean capaces de transmitir un sentimiento.
  2. Debe generarse a partir de un sentimiento sobre la naturaleza, pero es algo muy común que este sentimiento también incluya sucesos de la vida cotidiana; es decir, que se trata mayormente de una comparación, incluso de una armonía, entre la vida del hombre y la vida natural. Por ejemplo, un suceso [feliz] cotidiano que es comparado con un momento [bello] de la naturaleza.
  3. Además del contenido, en la forma misma de expresar el sentimiento se sigue un cierto criterio, como no exponer directamente una conclusión o aquello que se quiere dar a entender (queda más que claro, puesto que lo que se pretende es exponer una serie de sucesos que, juntos, causan una sensación al lector u oyente); otra sería la ausencia del sujeto que habla, puesto que se limita a observar cómo suceden las cosas sin intervenir, o también el uso limitado de verbos, ya que con nombrar ciertos elementos se presupone la situación (esto puede ser debido especialmente al idioma japonés, por lo que en castellano sería difícil de seguir).
  4. No hay que apresurarse en la escritura; por lo general, escribir un haiku lleva su tiempo, y se suelen basar en anotaciones de impresiones que el poeta va recolectando hasta que alguna le inspira un poema.

¿Cuál es la importancia del haiku en la cultura japonesa?

En realidad, esta pregunta de por sí tiene una fácil respuesta: el haiku es uno de los pasatiempos (más bien, actividad cultural) por excelencia de Japón, que se desarrolla diariamente, al mismo tiempo que da pie a concursos y grandes eventos de lectura; se trata de un arte literario de reunión. En cada ciudad hay escuelas o centros en los que se reúnen grupos de personas interesadas en escribir y leer haiku; éstos se juntan cada cierto tiempo, normalmente una vez por semana, y llevan haikus que se leen entre todos. Muy resumidamente, para que nos hagamos una idea de lo que esto implica: todos los miembros del grupo se reúnen, escriben el haiku en una tira de papel y la introducen en una misma cesta; se sientan y van pasándose la cesta unos a otros (en sentido contrario a las agujas del reloj); cada uno escoge una tira y la lee; tras leerla, explica qué es lo que ha entendido, cuál es su interpretación, y qué cree que quería transmitir el autor.

¿Quién es poeta?

Según la concepción expuesta en la conferencia ya citada sobre haiku, para los japoneses una persona no es poeta por hacer poesía; más allá de eso, el poeta es anterior a su acción, y es poeta por la forma en que vive más que por componer poemas; puede escribir, cantar, bailar, tocar música, o incluso en la vida cotidiana, puede estar comiendo, trabajando, etc. Primero es poeta, después realiza una actividad; lo importante del mismo es su espíritu, es decir, el ánimo y la forma con que desarrolla sus habilidades. Pero no pensemos en esto como algo meramente espiritual: una persona puede aprender a ser poeta; la educación japonesa está centrada en ello: en otorgar sensibilidad artística, cultural, poética.

Este es el primer punto de unión que quiero marcar con el Zen.


ZEN EN EL HAIKU

Hay un punto de unión, marcado históricamente, entre el Zen y el haiku; básicamente se trata de una forma poética tradicionalmente empleada para la difusión de la doctrina budista. Sin embargo, esto es muy superficial, y quizá esta unión histórica aporte algo más de lo que a simple vista se puede decir. Que se elija esta forma poética no tiene que ver con su popularidad; que el Zen se enseñé en el tiro con arco, con el arreglo floral (ikebana), y otras prácticas que establecen un "camino" (tao, o do; en el caso del ikebana es el kado, o camino de las flores), es debido a que, como el Zen, se trata de un desarrollo de la vida personal que pone al individuo con comunión con el mundo; de hecho, la misma denominación de "camino" en todas estas prácticas, al igual que la concepción del camino del Zen, refleja la idea de que no se trata de una serie de técnicas preestablecidas que se tengan que aprender, sino que es un aprendizaje constante en el que el propio individuo, el caminante, tiene que superarse una y otra vez, no llegando nunca a completarse o, más bien, sin terminar nunca su aprendizaje. Este aspecto que se marcaba como esencial en la conferencia, aunque se eludiera la conversación sobre el Zen, es principal para lo que quiero explicar aquí, pues se trata de un modo de vida que no concluye hasta la muerte (siendo más precisos, ni siquiera tiene sentido plantearse su conclusión, ni en la muerte).

Así, el caminante, o poeta, se desarrolla durante su vida; da igual con qué prácticas se desarrolle, mientras lo haga de la forma Zen. Quizá el error más común, que ya he planteado, tenga que ver con esto: se considera la relación entre Zen y haiku como una expresión del primero en el segundo, es decir, como un método de difusión; esta visión propiamente occidental no puede ser más superficial y errónea; tratar el haiku como una poesía que principalmente habla de cosas, o el Zen como una práctica que principalmente tiene doctrina, es una brutalidad: el haiku es formal, individual, y emocional, en la misma medida que el Zen es activo, natural, y experiencial. Si nos vamos al artículo anterior, en el ejemplo del tiro con arco, esto se ve claro, así que no voy a profundizar más en el tema.

¿Qué características unen principalmente el Zen con el haiku, si es que realmente hay una unión cultural de tal importancia?

Justamente, la clave es cultural. Tanto el camino del Zen como el del haiku deben ser introducidos mediante una educación poética y espiritual; lo que en el Zen es una individualidad en el aprendizaje, que no puede ser teorizada, y marca un acercamiento al maestro hasta el punto de aprehender directamente de la observación de sus actos, en el haiku es una comunidad sensible con el espacio natural y social. En ambos casos el principio es el mismo: desprenderse de conceptos aprendidos, incluso de la personalidad social, y abrirse armoniosamente a una comprensión basada estrictamente en la experiencia y la sensación, es decir, la percepción sensorial (y no teórica) del mundo. Esto es tan propio del Zen, como del haiku, como del ikebana, o, volviendo al artículo anterior, del tiro con arco; y más aún, comparándolo con la explicación que de ello da Herrigel, todo esto no consiste en componer un buen poema, o realizar un buen tiro, o "hacer cosas correctamente", sino en aceptar y recibir un don, una inspiración, que no es propia, sino que se espera de forma sincera hasta que, por sí misma, sucede, en armonía con el mundo.


BIBLIOGRAFÍA:

HERRIGEL, Eugen:
- Zen en el arte del tiro con arco, Eds. Kier y Gaia, 2012
- El camino del Zen, Paidós, 1991

NAKAGAWA, Hisayasu:
- Introducción a la cultura japonesa, Melusina, 2006

UEDA, Shizuteru:
- Zen y filosofía, Herder, 2004