"...el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida." J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo

"Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción." A. Camus, El mito de Sísifo

"Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría." H.D. Thoreau, Desobediencia civil

20 de agosto de 2013

Los límites del respeto por los demás

Es curiosa la gran hipocresía con que, habitualmente, criticamos a quienes se ríen de algo [hacen un chiste, con un poco de humor negro] o a quienes solo establecen sus gustos y una marcada diferencia entre unas personas y otras (no estoy hablando de insultos gratuitos y banales, que quede claro). Podríamos poner como ejemplo la discriminación a gente fea, gorda, o retrasados, etc. Pero si somos fieles a la realidad de este asunto y no lo vemos solo como casos aislados, sino que transcendemos y asimilamos que es parte de una conducta global, la cosa cambia: no hablamos de discriminar a alguien por ser de una forma, sino por considerar unos gustos.

Pongamos por ejemplo a alguien no le gusta leer a Shakespeare, y prefiere un libro de Julio Cortázar; además, se burla de ciertos aspectos de Shakespeare que le resultan poco interesantes, insípidos, redundantes, e incluso patéticos (que no le gusta Shakespeare, y encima se entretiene criticándolo, discriminando sus libros). Posiblemente muchos tendrían una opinión contraria a la suya, pero no creo que nadie le pusiera al nivel que, por ejemplo, un machista. Sin embargo, el problema está en que tenemos límites; esos límites se basan, por supuesto, en más preferencias, en más gustos, en más Cortázar y menos Shakespeare. Cuando un individuo afirma que no le gustan las gordas, el mundo amenaza con decapitarlo por irrespetuoso, por faltar al principio de igualdad; pero este mismo principio tiene sus límites, es decir, su rango de aplicación. ¿Quién diría que Shakespeare y Cortázar son iguales, y hay que respetarlos por igual? Cualquier estudioso tendría que rechazar esa proposición desde el primer momento, porque el interés por la lectura está en no encontrar dos libros iguales.

Es el error de llevar la igualdad política a otros ámbitos el que nos lleva a este tipo de absurdos; completos absurdos, diría yo. Ante la ley, podemos decir que debemos considerarnos iguales, incluso lo debemos decir; sin embargo, ante nosotros mismos hemos de admitir nuestras diferencias, nuestros gustos, lo que preferimos y lo que odiamos; el respeto no puede aplicarse a más que a la opinión de cada uno, es decir, tiene que ver con la tolerancia que tengamos a la diversidad de opiniones.