"...el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida." J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo

"Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción." A. Camus, El mito de Sísifo

"Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría." H.D. Thoreau, Desobediencia civil

9 de mayo de 2013

Dimitir

¡Dimitamos!
¿Por qué no dimitir? Cuando las cosas se ponen demasiado difíciles para alguien, es normal dimitir. Cuando alguien no sabe cómo seguir, o cree que ha hecho suficiente, es normal dimitir; perdónenme, no es normal: es lógico, aceptable, concebible, productivo, consecuente, respetable... pero no normal. Y como me he equivocado, seguramente sea bueno dimitir [en cuanto a esa idea].
Ya he dimitido, he rechazado lo que en su momento dije, he rectificado; esa es mi dimisión. ¿Por qué dimitir debe ser sinónimo, entonces, de desaparición absoluta?
Ahí está Esperanza Aguirre que, aunque no sea de mi agrado [ideológicamente hablando], sigue apareciendo en política, opinando, teniendo importancia, pese a haber dimitido.
Si hay algo que alguien no quiere hacer, o para lo que no se considera capacitado, puede dimitir; es decir, aceptar su error, no pretender reiterar aquello que ha hecho mal, y no por ello pretender [o aceptar la pretensión ajena de] que se le incapacita para participar en una mejora. No hablo de dimitir a la ligera, ni de no dimitir nunca del todo (como podría pronunciar un recriminador ingenuo), sino de dimitir consecuentemente.


Dimittere: enviar de arriba a abajo; ¿pero tiene algo que ver con desaparecer? A mi gusto, es dejar paso a otro; es decir, darle la responsabilidad última; pero no conlleva eliminar la influencia propia. Podemos dimitir para algo en concreto, por ejemplo en un trabajo, porque pretendemos llevarlo a cabo (si es nuestra vocación) de otra manera; podemos dimitir en un trabajo que detestemos porque no consideramos que nos sea satisfactorio; podemos dimitir en política porque no llegamos a los resultados esperados. Eso no quita que seamos unos expertos en aquella vocación nuestra, en cuanto a nuestra satisfacción (¡más que nadie!), o en temas, por ejemplo, políticos; pero alguien que da la cara, que toma responsabilidades, no puede tener la desfachatez de mantenerse en alto, con la cabeza erguida, cuando queda de manifiesto que no consigue lo que debiera y además no sabe cómo cambiarse a sí mismo para ello (a veces ni siquiera que tiene que cambiarse).

Pero somos tan rápidos al pedir dimisiones, tan extremos al acusar a los altos cargos, y estamos a la vez tan cargados de razones, que finalmente convocaremos elecciones para decidir, más allá del gobernante, quién queremos que dimita.