"...el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida." J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo

"Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción." A. Camus, El mito de Sísifo

"Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría." H.D. Thoreau, Desobediencia civil

21 de febrero de 2013

Libre albedrío

No podemos negar que el ser humano busca siempre un orden, o una forma de ordenar el mundo; si conviene de forma sencilla o fácilmente explicable los movimientos de los cuerpos, o las actitudes de algunos seres vivos [instintivos], establece el funcionamiento del mundo, lo fija y lo predica. Sin embargo, hay veces en las que no encuentra ese orden, o prefiere negarlo de forma directa; entonces inventa un término para ese desorden (ya sea azar o caos) que sirva como esquema inmaterial, o un orden más allá de lo que percibimos, y que nos explique de forma clara y creíble por qué no hay orden en ciertas cosas. Una máxima expresión de esto mismo se encuentra en términos como "mano invisible", "dios", o "libre albedrío".

Varias veces he hecho referencia a mi discrepancia con la idea del "libre albedrío"; la última vez fue ayer mismo, en una entrada de Queja y Cine sobre La Naranja Mecánica. Expuse suficiente allí como para que se entienda básicamente mi posición, pero no para explicarla debidamente.


¿Qué necesidad hay para el "libre albedrío"?

Es decir, ¿es necesario recurrir a una capacidad de decisión externa a la experiencia (o independiente de ella) para explicar los actos humanos? Yo creo que no es necesario ni sensato, pero es lo que nos gusta, y lo que tendemos a tomar por cierto: que somos capaces de decidir, puesto que de una serie de opciones hemos tomado solo una.

Ahora viene lo que importa: ¿implica eso que tenemos libre elección, o libre albedrío? El hecho de elegir una opción no es otra cosa que valorarla preferentemente (ya sea por unas causas u otras, como queramos llamarlas: ideales, creencias, verdad, justicia, moral, circunstancias, embriaguez, etc.), pero la valoración es algo que viene dado de la experiencia, manifestándose según las capacidades mentales. Nunca podremos demostrar que en el mismo caso, bajo las mismas circunstancias [en el mismo espacio y tiempo] podíamos elegir una cosa distinta. Bajo otras circunstancias, por supuesto; pero intentar repetir una situación es sumergirse otra distinta.

Dicho de otro modo, la capacidad de decisión humana, pese a ir más allá de lo puramente instintivo, se basa en la experiencia con el mundo que nos rodea; no podemos transcender nuestras posibilidades. Como mucho, podemos adquirir conocimientos y desarrollar una actitud crítica; pero esta actitud no vendrá de golpe, sino que requerirá de un aprendizaje y una práctica continua, y en ningún caso nos separaría de la experiencia. Así, somos necesariamente un resultado de lo que vivimos, y hablar de "libre albedrío", como si se tratara de una elevación hacia la comprensión y decisión solipsista, como independencia respecto a la causalidad, resulta incoherente.

14 de febrero de 2013

En términos de cultura

Mis últimas preocupaciones sobre el arte y la escritura se han extendido últimamente hacia la cultura en general. Antes de exponer lo que entiendo por arte y filosofía (en contraste con la naturaleza), me gustaría ofrecer unas reflexiones al respecto de la cultura.

La idea principal que voy a tratar [o que me inspira, para bien o para mal del autor] procede de un libro de Stanley Cavell, El cine, ¿puede hacernos mejores?, donde expone lo siguiente:
"...la predisposición del norteamericano a sermonear a sus semejantes, práctica que impresionó a Tocqueville durante su visita a los Estados Unidos de América en los años 1830, una década antes de que Thoreau se instalara en medio de la naturaleza en Walden para preparar sus propios sermones, sus reprimendas. Es una práctica que a ciertas personas parecerá insoportable y a otras, generosa. Plantea, a mi juicio, la cuestión de saber si los norteamericanos disponen concretamente de algo pasible de ser llamado "una herencia cultural común": ¿puede usted nombrar tres obras de alta cultura y asegurar que aquellas personas que más cuentan para usted las han leído, visto o escuchado alguna vez? Esta falta de un terreno sólido común podría ser otra explicación parcial para nuestra tendencia a sermonearnos unos a otros en vez de dialogar."
Stanley Cavell

Creo que el problema, de inicio, está planteado desde una visión equivocada de la cultura, que desencadena preocupaciones poco importantes y conclusiones difuminadas. En este sentido, me gusta más el Stanley Cavell de Los sentidos de Walden, donde expone una visión y una reflexión filosófica mucho más lúcida, a mi parecer. Creo que peca de conformismo, por dos razones:

Primero, la tendencia a considerar la cultura a modo de "cultura general" o, dicho de otro modo, cultura generalizable. Al incitar, con su pregunta, a la afirmación (obvia y necesaria) de que, por mucho que busquemos, difícilmente encontraremos que aquellas personas cercanas a nosotros (si no es en un grupo muy selecto, o especializado) conocen y valoran las obras que personalmente consideramos de mayor importancia cultural, está presuponiendo la necesidad de que la alta cultura sea una cultura común. Esto es terminológicamente contradictorio.
En segundo lugar, la diferencia entre sermonear y dialogar, que en parte comparto, también queda difuminada, y termina siendo conformista. Admite que hay una diferencia indiscutible, que uno es contrario al otro, incluso predica de Thoreau el hacer sermón. Creo que en ese aspecto se equivoca, ya que si Thoreau no defendiera el diálogo (con los demás y consigo mismo, de ahí la importancia del diario), no podría hacer sus sermones. Creo también que la extracción de un sermón es una operación a posteriori, realizada por sus lectores, y no siempre de forma correcta.
Aunque tengo que admitir que es preferible el diálogo al sermón, el que exista uno u otro no depende del conocimiento o desconocimiento de la cultura, e incluso me atrevería a decir que, en ciertos casos, lo que Cavell denomina como falta de cultura común es, en realidad, aliciente para el diálogo, más que al sermón. ¿Cómo sermonear sobre cultura a alguien que no la tiene? El principio es ilógico, pues supone a un receptor que no va a comprender el sentido del mensaje. Nunca sería un sermón cultural, en cualquier caso dogmático.

Expuestas ambas razones, debo explicar entonces qué entiendo yo por cultura (y por alta cultura, para exponer mejor mi distancia con Cavell).
Como ya he afirmado, hay una diferencia entre lo que entiendo que debe ser la cultura y la "cultura general", o cultura común. Cuando Cavell habla de esta primera como de algo que debiera conocer todo humano con capacidades mentales suficientes, se aparecen ante mí asuntos como la lectura y escritura, o la contemplación y valoración artística, etc; asuntos tan generales que afectan a la capacidad de formación mental y cultural, pero no al contenido de la misma. Creo que ya se entiende la oposición que establezco, entonces, cuando Cavell pone como ejemplo tres obras de alta cultura; al hacer referencia a esto, está asociando los contenidos que un individuo considera para sí de importancia cultural a lo que llama anteriormente cultura común. Por lo tanto, voy a hacer las siguientes distinciones:

  • Existe, como ya he dicho, la llamada "cultura general", formalmente (lectura, escritura, visión crítica, etc.) Si la valoramos como tal, no necesita de contenidos específicos, más allá que los que sirvan para comprender, en conjunto, y practicar, lo que entendemos como "comprensión de la cultura".
  • Si atendemos al carácter concreto de esa "cultura general", tal vez en el término extraído de Cavell, cultura común, se aprecie mejor. Esa cultura común es el conjunto de toda la cultura desarrollada por un colectivo diferenciado. Esto no implica que todos conozcan esa cultura por igual, ni que deban hacerlo, sino que tienen un acceso más directo a ella (en especial por el modo de pensar en el que son educados y al que están acostumbrados).
  • En cuanto a la alta cultura, yo la comprendo como una opinión o creencia sobre lo que resulta relevante culturalmente. Para mí puede ser el ensayo Walking de Thoreau, El Mito de Sísifo de Camus, o la película Canino de Lanthimos (entre otras obras), y un amigo cercano valorar más los textos de Marx o las películas de Kubrick.

Estos elementos pueden unirse para dar un sentido común a la cultura; esto es, en el diálogo. ¿Por qué dialogaríamos, en el caso de poseer todos los mismos conocimientos de la cultura común, como plantea Cavell? No tendríamos razón para ello, puesto que, a fin de cuentas, y como defendía Aldous Huxley (y los humanistas), el ser humano desarrolla sus posibilidades (su pensamiento) dependiendo de su conocimiento cultural; o, según el ejemplo de Huxley, podemos decir que el mismo hombre [homo sapiens] todavía primitivo educado en nuestra sociedad, tendría nuestros mismos pensamientos. Así, lo que nos diferencia, más allá de las variaciones genéticas, son las ideas que en el aprendizaje cultural [concreto] adquirimos.

Concluyo, por tanto, lo siguiente: es necesario para dialogar que los implicados posean distintos conocimientos y puedan exponer y debatir entre unos y otros, aportando ideas y puntos de vista; si no, el diálogo se convierte en circularidad, y no es posible llegar a conclusiones más allá de lo que uno podría haber concluido, o ya sabíamos de antemano.
Funcionamiento del diálogo cultural de espectáculo.

La pregunta hacia la cultura no es, entonces, si la conocemos todos o no, sino si somos capaces de dialogar en torno a ella, sin que la conversación se convierta en mero espectáculo; en otras palabras, hacer arte; promover cultura, y no citarla.

6 de febrero de 2013

Palabras

 Quería compartir algunos versos y líneas [en resumen, palabras] que no hace mucho fui anotando en el libro de Mario Benedetti Rincón de Haikus, siguiendo algunos de los suyos. El tema de la escritura es algo que me ha ocupado, teórica y prácticamente, bastante tiempo. Ya sea como ejercicio de lectura y observación, o, más allá, de continuación escrita, creo que es bueno escapar a veces de la vida común, tal como Thoreau, en encaminarnos, al menos, hacia la palabra [al mundo en blanco, listo para ser escrito]. Resulta siempre adecuado dejar un texto abierto, o continuar otro aparentemente cerrado.

la caracola
me deja en el oído
viejos pregones
 MARIO BENDETTI

Voces místicas hallamos en la infinita oración de la caracola, en el canto de las palmeras al viento, en el diálogo de las olas con las algas, en el himno de la lluvia, de las hojas mojadas, caídas, pisadas por animales salvajes. Nada como el sonido y el olor de la húmeda vida. Todavía se disfrutan si uno quiere, pese al ruido de la civilización, de la irrespetuosa Constitución.
8-12-2012 [A LA ORILLA DE LA PLAYA]

Puerto de Mazarrón; junto a La Isla

como aventura
solo queda arrimarnos
al horizonte
MARIO BENEDETTI

Solo queda el viaje final al horizonte, a una tierra lejana, salvaje, a un lugar sin fronteras, donde los sueños son solo la vida del soñador, la preocupación ideal inalcanzable, utopía, y cada uno respira de dentro a fuera, como niebla que se expande, dejando rocío, sedando la vida, invitando al arte.
3-12-2012
Si [alguien] ha vivido sinceramente, tiene que haber sido en una tierra lejana.
H. D. THOREAU


Puesta de Sol en Alcantarilla

Heredamos del cadáver
ideas de su vida
en floreros intelectuales
de profetas sagrados.
4-12-2012

1 de febrero de 2013

Queja y Cine

Hoy abro un nuevo blog, que enlazo desde aquí, a fin de dedicarme aquí a asuntos con los que no quiero invadir La Queja del Primate; básicamente, el cine.

¿Por qué?
Es decir, ¿por qué no invadirlo de cine, si es que quiero hablar de cine?
La razón es muy clara: lo que busco es distinguir aquí un aspecto fundamental en el carácter del cine, según yo lo entiendo; se trata de un Arte que va más allá de la imagen y más acá de las palabras.

Más allá de la imagen
Por un lado, la misma naturaleza del cine lo lleva a imágenes, y no mera realidad; es decir, a una concreción, una muestra de detalles que se pretenden resaltar y que no tienen que ver con lo abstracto de la realidad contemplada en abierto. La cámara fija en la imagen los objetos importantes, los que se deben observar para comprender lo expuesto en la composición cinematográfica.
Además, podemos sin reparos afirmar que el cine va más allá de la imagen, puesto que muestra un movimiento y una continuidad a lo largo de toda su presentación, con cambios palpables en las situaciones, emociones y argumentos; así, llega hasta el lenguaje, y no solamente a una expresión visual (quiero decir, por supuesto, que esa continuidad en el cine no es visual, sino que requiere de otro tipo de comprensión).

Más acá de las palabras
Por otro lado, el uso del lenguaje [sin excluir las películas mudas] nos lleva a las palabras, tanto en el planteamiento (guión) como en su realización (interpretación). Pero éstas no están, en realidad, dirigidas a la exposición de palabras; es decir, que no exploran las posibilidades del lenguaje [ni de la escritura], como se haría en una novela, un ensayo o un discurso, sino que las palabras complementan a la imagen y su más allá, componiendo una obra compleja, que simula un mundo no real (como ya he dicho), sino ideal, basado en el pensamiento del guionista.

Esto es algo a lo que, por mucho que quisiera, no podría ser fiel en un blog general.