"...el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida." J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo

"Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción." A. Camus, El mito de Sísifo

"Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría." H.D. Thoreau, Desobediencia civil

29 de noviembre de 2012

Haciendo la tortilla

[Clase de cocina introducida por Henry D. Thoreau]

"Me temo que el que camine a través de estos campos de aquí a un siglo no conocerá el placer de hacer caer las manzanas silvestres. ¡Ah, pobre hombre, hay tantos placeres que nunca conocerá! [...] Ahora que han injertado árboles, y pagado un precio por ellos, los reúnen en una parcela de sus casas, y los cercan; y el final de todo será que estaremos obligados a buscar nuestras manzanas en un barril." (Thoreau: Wild Apples, 1862)

Estas líneas, que aparecen al final del texto Wild Apples (Manzanas silvestres), último que termina Thoreau días antes de su muerte, son resumen a mi gusto de su legado póstumo: una incertidumbre hacia el futuro de la Naturaleza, o mejor dicho de los entornos naturales [wilderness], que no tardarán, con el avance de la civilización [de la domesticación], en desaparecer. Podemos afirmar que la fuerza del ecologismo ha evitado en cierta medida esto, sobre todo gracias al pensamiento del que fue fundador, entre otros, el mismo Thoreau.

El "dinero verde" también es parte del ecosistema.
Pero ese mal augurio no queda como anécdota, no podemos afirmar que se ha tornado, actualmente, en beneficio de la Naturaleza, puesto que es la amenaza constante de nuestra testaruda domesticación. Que se desarrollen actualmente ciencias naturales y del medio ambiente, que pertenezcamos movimientos ecologistas y se tenga en cuenta en nuestra política internacional factores como la contaminación, que hayamos mejorado la medicina y dediquemos nuestro interés a las ciencias de la salud, que pensemos continuamente en formas de salvar la Tierra, no significa que escapemos a los temores de Thoreau; justamente al contrario, con la mayoría de nuestros actos, incluso los que creemos que somos magníficamente ecologistas, estamos atizando esa realidad.


Esto va más allá, e incluso forma una tortilla; rompamos pues algunos huevos.


Lo que defendemos por "naturaleza" no llega a más que aquello observable de forma aparente, sin detenernos a pensar en lo que es la Naturaleza, más allá de, como se suele decir, la conservación de las especies. ¿Acaso no las movilizamos, las llevamos de un lugar a otro, tanto fauna como flora, justificados con la pedante defensa de esa conservación, a fin de disfrutar de su presencia? Y esto va más allá, pues no solo creemos que podemos gestionar esta tierra a nuestro gusto, incluso que debemos hacerlo, ya que somos la especie inteligente, sino que como para nuestra propia conservación es necesaria la presencia de elementos naturales, nos afanamos ciegamente en una apología a la ecología y la salud. Ambas son funestas: la primera por impartir el dogma generalizado de la conservación, que se ha entendido domésticamente; y la segunda por faltar al respeto de la Naturaleza, creyendo que sus virtudes se reducen al [supuesto] beneficio de una vida fuerte y larga.

He diferenciado aquí entre "naturaleza" y "Naturaleza" por un motivo muy concreto: la naturaleza que nosotros pensamos no es la Naturaleza [existente]; esto no significa que no podamos concebir la Naturaleza, sólo que no sabemos [por lo general] hacerlo, hemos perdido esa facultad, nos la han robado con nuevos avances tecnocientíficos y médicos, y teóricas democracias. Actualmente, como bien exponía Thoreau, "no hay Sabbath", no hay descanso para el hombre de esa doméstica y pasiva [al mismo tiempo que destructiva] civilización a la que falsamente llamamos vida, o [descaradamente] buena vida.

Mientras confiemos en esa falsa ilusión de naturaleza, en esa concepción de la bondad basada en la agonía, nos sentimos felices y a gusto. Si algo ataca nuestra tranquilidad, le decimos [con un berrido] que no es ético. ¿Acaso no creemos en nuestra misión de salvadores a modo de dueños, amos y administradores del mundo?

¿No argumentamos que la desaparición de la naturaleza es, a fin de cuentas, la desaparición del ser humano, lo que jamás podríamos permitir?

Demos ya la vuelta a la tortilla: ¿no sería nuestra desaparición la única oportunidad de conservación para la Naturaleza?
Dar la vuelta a la torilla, también llamado ser "inhumano", "terrorista", o "salvaje"

9 de noviembre de 2012

Cuentos

Hoy me quedo simplemente en los cuentos (si es que pueden ser simples).

He estado revisando los "Sueños" (los dos únicos que tenía escritos), de los que puse aquí el segundo, "Soñar las costumbres", y he decidido, en vez de hacer lo mismo con el primero ("Alberto, o Soñar la muerte"), unir ambos en un solo archivo, ya que son realmente cortos, y añadirles una pequeña introducción explicativa. Los he publicado, como suelo hacer, en scribd, y he dejado el enlace de igual forma en "Textos".

También he caído últimamente en la tentación de visitar blogs [de conocidos] dedicados a la exposición de historias, cuentos, y textos creativos en general, de los que figuran en mi lista de blogs, y que recomiendo profundamente. No voy, aunque lo tenía pensado, a explayarme aquí hablando de cada uno de ellos, ya que siento cierto aprecio, amistad, o amor hacia su esfuerzo; aunque sea más o menos cierto, no tengo por qué expresarlo aquí.


Concluyendo esta entrada [informativa], dejo constancia de que estoy terminando un par de historias, una que llevaba inconclusa desde hace demasiado tiempo, y otra que comencé hace poco y que sobrepasa considerablemente la extensión habitual de mis cuentos breves.

6 de noviembre de 2012

Sobre asuntos que ocupan mi pensamiento

No sabía dónde ni cómo clasificar esto, así que simplemente lo titulo como veis y expongo lo que viene a continuación.

Desde hace unos días...

...llevo pensando que no existe solución; estoy convencido de que no la hay.
No me refiero a nada en concreto, sino en general, en abstracto [si se me permite el término]: no hay salida, pues no hay nada de lo que salir. No existe solución a la crisis, ni existe crisis alguna en el mundo que debamos solucionar tan precipitadamente, y de la que tengamos que preocuparnos. Por lo menos a mí no me preocupa la crisis, la economía, el hambre, la guerra, la educación; lo veo todo muy distante, muy oscuro, o más bien nublado, artificiosamente, como si se tratara de una cortina de humo fruto del gran abano de aquél que intenta infundir miedo, pánico, temor y necesidad de un cambio (político, económico, o como lo quieran llamar) que solo cambie a quien está en más elevada posición.
Que nadie crea que me desentiendo de los problemas; no es que me desentienda, es que no valoro esos problemas. No me importa que digan que hay una gran crisis, más si encuentro en mi entorno complicaciones de ese tipo; es decir, me importa lo que ocurra, y no lo que digan que está ocurriendo. Es la diferencia básica: cuando el televisor anuncia una caída de la economía (siempre me he preguntado qué significa eso en realidad), los ajenos se asustan, puesto que los que se habían implicado ya lo sabían. La estupidez política va más allá de la empatía.

Hoy mismo...

...viendo de casualidad (puesto que ya muchas veces incluso lo evito) un noticiario cualquiera, se encontraron mis oídos con palabras de Rajoy, concretamente con un descaro, pero no de los que a mí me gustan, sino una completa burrada, hablando en plata, si no en bronce. A lo mejor alguien, al igual que yo, lo ha escuchado de casualidad y se ha sentido inquieto; o quizá ha sentido cierta esperanza, pero debe saber en ese caso que será enseguida rechazada por una rápida y simple reflexión. Yo casi atisbo esa ignorante felicidad, débilmente apreciable, como si fuera de un sueño divino, resplandeciente, de suavidad extrema, cuando se negaba a apoyar el "euro por receta".
Su argumento parece surgir más por la envidia que por la justicia: no es capaz de soportar que otros impongan un recorte, o un pago extra, que a él no se le había ocurrido, o no había podido aplicar primero [esto sí es una defensa de sus principios en toda regla]. Veo a Mariano apenado, nervioso, asustado, acurrucado en un rincón pensando que los otros están llevando a cabo abusos que él no había valorado entre sus posibilidades; pero no se queda atrás, sino que alza la voz y se niega a que en Madrid y [además] en Cataluña obliguen a pagar por las recetas, tanto así que admite ante todos nosotros que solamente él puede imponer esos recortes, esos abusos, esos pagos extra, e incluso que ya está haciendo suficientes, por lo que no hacen falta más; y si hicieran falta, ya está su gobierno dispuesto a ello.

Quizá en un futuro...

...pueda conocer la razón final [y, por tanto, inicial] que me sitúa aquí (al margen de lo que signifique "aquí", si lugar, tiempo, modo...). Podemos teorizar al respecto y perder la noción de la existencia misma, suponer fantasiosos finales del mundo y orígenes del mismo, y no llegamos a nada. ¿Por qué no podemos ser simples?
Quiero hacer una revisión de los ensayos y entradas ya escritos que por aquí hay disponibles, y de los que no; quiero hacer una comparación entre lo que dije y lo que digo, con lo que decían otros y aún alguien pudiera defender en la esquina de un bar, o en medio de un bosque el único día que le queda libre de todo el mes para poder vivir.

Es curioso que ese vivir sea más que suficiente para cualquier libertad natural posible, mientras que en nuestras sociedades se vuelve justificante de obligaciones para con las obligaciones de los demás.

El salvaje amistoso: segunda parte


The law will never make men free, it is

men who have got to make the law free.









Que esta breve explicación, junto con los textos de Thoreau, sea ilustrativa a la hora de entender la razón que nos lleva a la desobediencia civil [entendiéndolo en cuanto a este concepto], y podamos ver más allá del dogma de la ley, dogma de la autoridad establecida, del respeto hacia las normas, de la decencia, la obediencia y la corrección.





El hombre que vive de y para sus principios

He querido titular esta segunda parte del "salvaje amistoso" bajo una terminología propia de Thoreau, una referencia a los principios, que guían un modo de vida, que sirven para establecer lo que uno debe hacer. Este hombre puede ser salvaje [como Thoreau], o no; puede preferir estar solo o acompañado; puede elegir lo que desee, lo que, bajo su criterio, deba hacer: lo importante es que comprenda que tiene un deber establecido a partir de su criterio personal, y no el ajeno.

Dejé al final de la anterior entrada una puerta abierta a la presente: para ser un "salvaje amistoso", al modo que defiendo, es necesaria una reflexión, una convicción, unos ideales, unos principios. El que estos existan en un individuo no significa que el mismo posea un contenido moral específico, sino una forma para el mismo: la necesidad de perseguir una convicción; y repito que esto no es un contenido, sino una forma. El contenido es, en cierto modo, independiente a esto, aunque hay, según Thoreau a este respecto, una característica importante del mismo: "La acción que
surge de los principios, de la percepción y la realización de lo justo, cambia las cosas y las relaciones, es esencialmente revolucionaria y no está del todo de acuerdo con el pasado." (Desobediencia civil y otros textos, 49) [La negrita es mía]

[La edición que manejo en esta entrada es una antología general de textos, seleccionada por Vanina Escales, que se compone entre otros de los ensayos típicos pertenecientes a Desobediencia civil (Una vida sin principios, Desobediencia civil, La esclavitud en Massachusetts, y Apología al capitán John Brown), junto con Caminar, y algunos fragmentos de Walden, entre lo más destacable, que puede descargarse en este aquí. Justamente los textos de esta antología muestran fielmente el desarrollo de lo que expongo, razón por la cual la nombro y recomiendo en este caso concreto.]

¿Qué significa, entonces, eso de "salvaje", en cuanto al seguimiento de unos principios?

Comienza Caminar de la siguiente forma: "Quiero decir unas palabras en favor de la Naturaleza, de la libertad total y el estado salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura simplemente civiles; considerar al hombre como habitante o parte constitutiva de la Naturaleza, más que como miembro de la sociedad." (Desobediencia civil y otros textos, 127) [La negrita es mía] Para Thoreau existe una contraposición esencial entre la libertad del salvaje y la del civil, una diferencia que reside, sobre todo, en la aceptación de la Naturaleza; esa aceptación es de la que trato aquí: el salvaje es el hombre de principios que vive conforme a su naturaleza, y no meramente conforme a la civilización. Este "salvaje amistoso" vive de y para sus principios, de tal modo que su forma de actuar ha sido meditada por él mismo, ha sido orientada hacia lo que considera correcto, desde un razonamiento iusnatural (es decir, desde el derecho inherente en la Naturaleza).

¿Qué significa que el salvaje sea amistoso?

Según el concepto que explico aquí, y siguiendo a Thoreau, se trata de aquél que, aceptando y afirmando que no solo necesita, sino que es parte de sí mismo cierta relación social, cierta amistad con el resto de hombres, se niega a comprometerse con el gobierno y someterse a él, o confirmarse como dependiente de sus dictados. Es decir, el que se sitúa frente a las leyes y las pondera desde sí mismo, a modo de salvaje, admitiendo para sí solamente las que le resulten justas o adecuadas en relación con sus principios.
No hay más verdad para él que lo que su naturaleza admite experimentar; no hay más certeza que la amistad con el estado salvaje y originario de las cosas.


"El amor no tendrá más uso,
Que el que tiene el tinte de las flores,
Sólo el huésped libre
Frecuenta su morada,
Hereda su legado." (Desobediencia civil y otros textos, 205)

5 de noviembre de 2012

El salvaje amistoso

Cuando nombramos al salvaje podemos suponer muchas cosas, hablar sepultados bajo grandes cantidades de prejuicios, o tras máscaras propias o prestadas, pero a fin de cuentas solo podemos hacerlo bajo tres supuestos éticos: el buen salvaje (que se le suele asignar a Rousseau), el mal salvaje, violento o egoísta (establecido en especial por Hobbes), y un tercero estable, o racional, que une egoísmo y afecto entre sus posibilidades (lo que expone Hume, y en cierta medida lo que escondemos de Rousseau).

De la posibilidad de estos salvajes no nos cabe duda, puesto que no hablamos [o por lo menos yo no hablo] cuando nos referimos a ellos de un ser humano necesariamente en un estado de naturaleza, anterior a sociedad alguna, que pueda presuponer que es bueno, malo o regular (ni siquiera si tiene valores morales). Esa visión del salvaje, o más bien esa especulación, me parece del todo inconsistente por las siguientes razones:
  1. Basándonos en el hecho mismo de una evolución, o un cambio en las especies, o de un origen cualquiera desde el que un grupo de seres se multiplicaran y dividieran [necesariamente en este orden], no podemos admitir que en el surgimiento de una nueva especie en concreto exista, de por sí, una naturaleza especial de la misma que no podamos enlazar con la anterior; esto es, que cuando apareciera el primer ser humano [separándolo artificiosamente como tal], éste tendría en sus costumbres una dependencia indudable hacia la especie anterior, donde se debe criar. Así, el cambio a una naturaleza humana solo se da, en el cambio de la especie, como un cambio de posibilidad, pero nunca se moverá ésta a una naturaleza de contenido (es decir, que actúe de tal forma por haber nacido con una nueva modificación que lo caracterice, ya sea como hombre o como ornitorrinco).
  2. En el caso del ser humano, siendo concretos, debemos admitir que no hay razón por la cual, si admitimos entre nuestras características esenciales la desespecialización (esto es, que nuestros sentidos y capacidades pierden su carácter específico y especializado para dejar paso a una posibilidad de manipulación y aprendizaje), seamos, por nosotros mismos, buenos ni malos. Cuando un niño relativamente pequeño hace algo que nos resulta inaceptable en su conducta, y por ello lo castigamos, no podemos decir que es malo, más que por desconocimiento (suponemos que desconoce esa norma moral), y en ese sentido malo no se adecúa a la maldad de quien conoce cómo se debe actuar en sociedad, y de igual forma pasa cuando el mismo niño es bueno; y lo único que pudiera caracterizar si son buenos o malos en el futuro es la forma en que se repriman o se premien esos actos. Con esto tampoco defiendo que actuemos de una determinada forma al nacer, o por lo menos no por naturaleza: en todo caso, actuamos por accidente, en base a las posibilidades.
  3. Por último, suponer que el ser humano en su estado de naturaleza es un salvaje, aún no sociable, que puede aceptar una moral comparable a la sociable, es un absurdo. Creo que esto salta al entendimiento de cualquiera: no podemos comparar a un ser social con otro que no ha tenido relación social alguna [en cualquier posibilidad de la misma, teniendo en cuenta en todo caso que comparamos dos conceptos que deben ser idénticos a la hora de aplicarse, y que por lo tanto no pueden admitir en un lado variaciones no reflejadas en el otro; es decir, no pudiendo establecer otro tipo de relaciones sociales a un ser que suponemos no-social, argumentando una variación en las mismas, como por ejemplo establecer relaciones con animales comparables a las que se tengan con humanos, pues ya sería esto también suponerlo en sociedad, y no estaríamos hablando de ese estado de naturaleza].

Teniendo esto en cuenta, la cuestión es, ¿cómo considero yo al salvaje, o en todo caso la posibilidad de un estado de naturaleza? Las dos ideas son discutibles desde mi punto de vista, aunque más la primera, ya que la segunda está muy limitada, como ya he defendido; siendo así, empiezo por ella.


Estado de naturaleza


Como ya he argumentado, no podemos defender en un estado de naturaleza anterior a toda sociedad como posibilitado a la moral, por ser un derivado de la misma necesidad social, de interacción, de costumbres; la misma suposición de este estado incluso nos resulta ilógica, irreal, falsa, si no al menos discutible, ya que incluso el ser humano, teniendo experiencia de sí mismo, puede establecerse de algún modo costumbres o hábitos que considera adecuados. Este estado de naturaleza obliga a algún tipo de relación social; el paso que suponemos de la animalidad a la sociedad humana es meramente de conciencia de la misma, y por lo tanto de posibilidad de reorganización a partir del razonamiento, y no solo de la experiencia fáctica.


Salvaje


Debemos mantener, entonces, que todo salvaje tiene alguna noción de lo que nosotros llamamos "sociedad"; no tiene sino otra organización.
Desde mi punto de vista, podemos entender al salvaje en dos sentidos: uno originario, anterior a una sociedad política instituida como tal [que resultaría el más cercano a ese salvaje ideal del que decía que no podía darse], y otro social, posterior a esa sociedad, y exiliado de la misma [al estilo de nuestro conocido Henry Thoreau]. Aunque admito igualmente tres variables:
  1. El egoísta, o solitario, en la línea que se defiende al salvaje en su supuesto estado de naturaleza (el que yo no admito, pero he querido adaptar). Admito su presencia a modo de ermitaño. Es una figura que podemos encontrar en la actualidad: el marginado social, que vive aislado no siempre por decisión propia, sino que puede ser atormentado por el entorno, excluido, o incomprendido. Es, por supuesto, posterior a la sociedad, aunque puede darse también antes, si consideramos que, al mismo tiempo que se crea, él queda al margen.
  2. El familiar, o los familiares, es decir, que vive en una familia delimitada: una pareja estable, o más, unos hijos, etc. Este tipo de salvaje lo comprendo sobre todo como originario, o anterior a la sociedad política instituida, ya que es a partir de las relaciones familiares de donde podemos establecer una sociedad compleja; es decir, es el salvaje por excelencia antes-de la sociedad. En cuanto a su papel posterior, lo veo muy poco probable, ya que tiene un impedimento básico: para mantener a una familia es necesario establecer ciertas relaciones con el entorno, por lo que resultaría muy difícil ignorar a una sociedad ya instituida, siendo así que se viera, tarde o temprano, forzado a relacionarse socialmente.
  3. Por último, está el salvaje que yo más defiendo: el que, pese a ser en cierto modo ermitaño, no renuncia a cierta relación social, es decir, que no vuelve a un supuesto estado de naturaleza, no se excluye del resto de seres humanos, no impermeabiliza su entorno; es el ejemplo de Thoreau. Éste es el salvaje amistoso, o afectivo, que no tiene una relación familiar que le obligue a depender de nada más que de sí mismo, pero al mismo tiempo interactúa con sus vecinos, de forma que, pese a situarse al margen de la sociedad política instituida, admite cierta naturaleza sociable, amistosa, fraternal, que se relaciona con sus semejantes. Para este acto necesitamos algo más que un accidente, o una exclusión social generalizada, o una dependencia o independencia concreta: es necesaria una reflexión, una convicción, unos ideales, unos principios que puedan ser definitivos a la hora de elegir. Ésta es quizá la idea más importante, tanto para el salvaje como para el civilizado, que puedo exponer aquí. Por ello quiero tratarla más detenidamente en una [siguiente] entrada más detallada, y así ampliar las razones que llevan a la práctica de esta soledad, independencia, a modo de crítica, que realiza Thoreau y nos deja constancia.