"...el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida." J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo

"Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción." A. Camus, El mito de Sísifo

"Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría." H.D. Thoreau, Desobediencia civil

31 de octubre de 2012

La foto de la clase

Hace [relativamente] poco (que por eso queda aún en mi mente) leí un cuento corto de Dan Simmons, titulado La foto de la clase de este año, que dejó abierta una ventana en mi pensamiento que me veía en la obligación [a causa del frío] de cerrar. Paso primero a hacer un pequeño resumen de la historia:

No sabemos con exactitud el año o la fecha de la historia, solo que trata de la foto de final de curso de una clase. La protagonista, la señorita Geiss, es profesora en un colegio para discapacitados de todo tipo, desde chicos con traumas, o que han pasado por enfermedades muy fuertes, como el cáncer, a discapacitados mentales. Sin embargo, en esta historia, sus discapacitados son muy diferentes: son zombies. Su objetivo es educar a estos chicos a fin de que mejoren su concentración y puedan ser sociables.

Invito a todos a leerla, es corta y entretenida, se hace muy amena, al contrario de la complicación que suele acompañar a Simmons [o quizá es que yo me he acostumbrado ya a él]. Se encuentra en una recopilación, titulada "Zombies", de John Joseph Adams, y acompañada por alrededor de otras treinta historias sobre Zombies, todas ellas de distintos y reconocidos escritores. Seguramente hable más adelante de alguna otra que también me parece interesante, pero por ahora me conformo con Simmons. Ya nombré [aquí] este libro en agosto, cuando lo compré, y lamentablemente no he podido, hasta hace [relativamente] poco empezar a leerlo.

La idea que baraja esta historia me es muy familiar: ¿podemos enseñar buena educación, buenos modales, buen comportamiento, o los valores que la sociedad establece como buenos y aceptables, a cualquiera? Y con cualquiera me estoy refiriendo a cualquier ser, tanto humano como animal [en lo que sea que nos diferencie], o incluso vegetal. Hay, obviamente en esto, límites. Una planta no aprende del mismo modo que un animal, y habría que estudiar si realmente aprende, o más bien aprehende, de un modo manifiestamente diferente al animal (y en especial al humano). No podemos enseñar a una planta que se comporte de una determinada forma gritándole, o dándole mimos cuando hace algo bien; no tendría sentido, aunque se haya demostrado que ciertos tipos de música estimulan su crecimiento, pero ese no es ejemplo de lo que pretendo explicar. Las plantas aprenden solamente mediante aprehensión (es decir, yo voy a defender que aprehenden), y la única forma de que lo hagan es mediante impulsos directos, de hecho, y no de significado psicológico (pues eso sería un factor de crecimiento, no educativo); un ejemplo claro de esto es cuando pasamos una enredadera por alambres o vallas estratégicamente colocadas para que tapen una zona o no invadan otra, o a un palo para que no se doble. Es, por supuesto, una educación simple y práctica, pero no teórica ni transcendente: si una parte de la planta crece por accidente hacia el otro lado, va a seguir haciéndolo aunque el resto se enrede por una valla.

La diferencia de la educación en los animales con respecto de las plantas es indiscutible y muy fácilmente apreciable; si tenemos en cuenta que cualquier animal no-doméstico aprende costumbres y hábitos, al margen de los instintivos, para convivir con una manada, no tenemos mucho más que decir de ellos. El ejemplo más claro se encuentra en algunos primates, que enseñan nuevas formas de realizar una actividad a los jóvenes, es decir, una forma que no era instintiva, sino que se ha aprendido. En cuanto a los animales domésticos, el cambio es más radical: hay, desde que nacen, una educación en cuanto a costumbres, lugares a lo que se les deja o no ir, o donde duermen, cosas que deben o no hacer, horas en las que se les da la comida, o en las que se les saca a pasear, y un largo etc., incluso algunos aprenden "trucos" a cambio de comida (como es el caso de los delfines, aunque clasificarlos como domésticos es un poco gratuito, pero quiero hacerlo por esta circunstancia de la que hablo: la educación).

En el ser humano (diferenciándolo de los animales domésticos y no-domésticos) encontramos un cambio más radical, pues la educación tiene una complejidad superlativa, a veces incomprendida, otras sobrevalorada, aunque podemos definirla actualmente bajo un objetivo: la socialización; y la razón de ésta es la falta palpable de instinto, en este sentido, más allá de la conducta personal más básica y elemental. Creo que todos podemos suponer las diferencias, no hace falta que me dedique en este blog a tratarlas, pero quizá sí algunos aspectos a fin de reforzarme en esto: podemos educar a alguien para ser lo que no es, o lo que no sería mediante otra educación [según suponemos], de modo que podemos hacer a dos hermanos, o simplemente a dos individuos de la misma especie, con características personales similares, totalmente distintos, uno amable, bondadoso, considerado con los demás, criado en la sociedad del "gracias", mientras que el otro sea un desperdicio social, un delincuente sin solución, un ladrón, un asesino, un drogadicto, y todo lo que queramos proponer en contra del bien común; podemos criar entre nosotros a un religioso de la ciencia, o a un hombre de letras que disfruta de la lectura y la vida en los bosques. Es decir, que estamos definidos por la educación que nos damos, o que nos dan, aunque defendamos incansables nuestra libertad nos posibilita a elegir; la libertad estará, en cualquier caso, definida por la educación.

Entonces, ¿dónde quedan los zombies?

[Primera pregunta], ¿quién se imagina educar a un zombie?
[Segunda pregunta], ¿quién se imagina que sea útil intentar educar a un zombie?
[Tercera pregunta], ¿los zombies se dejan educar?
[Cuarta pregunta], ¿los zombies tienen voluntad humana?
[Quinta pregunta], a fin de cuentas, ¿qué tienen los zombies de humanos y qué de animales, suponiendo que tienen algo de vivos y al mismo tiempo que no son plantas?
[Conclusión], ¿pueden volver a ser humanos normales, es decir, mantener sus facultades humanas vivas?

Estas preguntas [creo] se van respondiendo por sí mismas. La primera responde al argumento de la historia, como debe ser, y plantea el principio del problema: ¿es loable, al menos teóricamente?; y la segunda concreta lo que nos interesa: ¿es, en todo caso, factible? Y las siguientes vienen al respecto de cómo y por qué.

[Antes de seguir quiero apuntar que el cambio de táctica en la entrada, de hablar de los hechos (educación de plantas, animales, humanos), que pueden comprobarse, a tratar lo mismo en seres ficticios, no es más que un trabajo reflexivo en cuanto a algo que existe en nuestra sociedad (aunque sea teóricamente) y que puede entenderse, a fin de cuentas, como metáfora de algunas realidades, como ya he defendido en otra entrada sobre zombies. Vuelvo a lo que me ocupa.]

Voy a dejar las dos primeras para el final, pendientes del resultado de la reflexión planteada a raíz de ellas. ¿Los zombies se dejan educar, o pueden ser educados? Es un asunto difícil de responder a priori, pero que podemos, sin embargo, ante los diferentes tipos de educación expuestos anteriormente, afirmar como posible; es decir, de algún modo podrán ser educados, ya que son seres vivos. El asunto de si se dejan es distinto, y tiene que ver con qué tipo de seres sean; yo me atrevo a afirmar primeramente que no son plantas, ya que pueden percibir el mundo, al menos, de forma animal, ya que conservan los sentidos (aunque en cierta forma muertos, o disminuidos) de un organismo humano. Sin embargo, nos resultaría precipitado afirmar que tienen razón o incluso voluntad humanas que puedan guiar sus actos; aparentemente son mero instinto. Es interesante hablar de qué instinto tienen los zombies, ya que no es animal (ellos no son animales, y por lo tanto no pueden adquirir un instinto que pertenezca a los animales, más que en la medida en que el ser humano es un animal; quiero decir, que su instinto es humano); es la quinta pregunta la más adecuada a esta parte de la reflexión: si los zombies tienen de humano el instinto, pero no la voluntad, que puede reducirse a una voluntad simple y llanamente animal (con esto me refiero a una voluntad que prima instintos y necesidades corporales), nos encontramos que su educación, a la que se pueden someter como cualquier animal [debido al carácter de su voluntad] es factible, aunque resulte complicado compararla a una educación humana típica. Es decir, que podemos acostumbrarlos, y podemos moldear su instinto y sus hábitos, de modo que se controlen sus necesidades.

[Quiero apuntar antes de concluir que a lo que me refiero cuando digo que tienen instintos humanos no es a otra cosa que a una valoración negativa de nuestros instintos naturales; esto no es, sin embargo, una valoración negativa de nuestra naturaleza humana, que es bien distinta, sino de los instintos que nos han ido quedando, que son básicos y sin ningún tipo de organización ética natural, es decir, sin medida, ya que la medida es impuesta socialmente.]

En conclusión, ¿pueden los zombies volver a ser humanos normales, sociables, o, mejor dicho, socializados? Yo soy escéptico en este punto, ya que no creo que puedan volver a su estado original (aunque algún autor de ficción pueda inventar una vacuna efectiva; puede hacerlo porque no está hablando de nada real que alguien pueda contradecirle con hechos, si su argumentación es lógicamente correcta), y sobre todo porque pierden una gran capacidad, que es la de aprender al modo humano; sin embargo, es posible enseñar costumbres, y lo que es bueno, sobre todo con mucha paciencia, como se hace con los animales domésticos [aunque con estos haga falta mucha más paciencia porque, en principio, todavía son no-demésticos, y hay que alargar el proceso aún más]; paciencia es lo que le sobra a la señorita Geiss.


PD: quiero disculparme por dedicar tanto tiempo a este asunto de tan poca importancia en comparación al resto del blog, pero he intentado introducir bastantes asuntos de importancia actual, que cualquiera que medite al respecto podrá encontrar. Además, quien lea la entrada sobre zombies que en su momento escribí y que he enlaza igualmente en dos ocasiones a lo largo de esta entrada, lo comprenderá perfectamente.

30 de octubre de 2012

El monstruo

[recopilando mis ocupaciones de los últimos días...]

Primero una disculpa, pues he estado un tiempo sin escribir aquí [mal hecho], debido a otras ocupaciones, entre las que puedo destacar clases y prácticas de la universidad; pero tampoco puedo omitir mis ocupaciones voluntarias y ociosas (si se me permite decir que las otras no lo eran, o por lo menos no en la misma medida), lo que viene siendo, sobre todo, una revisión más detallada de los libros y textos que tengo de Thoreau, tanto en castellano como en inglés, escritos por mí, y diversos artículos, y, por otro lado, la escritura de un par de historias cortas que tengo la intención de subir, como es mi costumbre, a scribd.

En cuanto al blog de Espesuras Transcendentales, he desistido en su realización, sobre todo ante la falta de tiempo; pero que nadie tenga dudas de que, si no es ahora, más tarde, publicaré aquí igualmente un estudio más detallado sobre todo de Thoreau y Emerson, y sobrevolaré el resto del lugar para dar una buena visión de esta corriente transcendentalista. Por el momento, si a alguien le interesa el tema, recomiendo profundamente "Emerson entre los excéntricos", de Carlos Baker, para quien pueda acceder a él (yo lo he hecho en la biblioteca de la universidad).

Por otro lado esta entrada [que está siendo un coñazo, ¿no?] quiero completarla con un cuento breve que escribí hace un tiempo y dejé, como muchos otros, olvidado, pero me apetece ahora compartir; creo que ya la leyó alguien en su momento, pero no recuerdo quién ni dónde, la cuestión es que aquí no estaba.


EL MONSTRUO

El principio de todo fue la palabra.

- ¡Monstruo! ¡Monstruo!

Luego vino lo demás, pero todo tenía que ver con la palabra.

- ¡Corred! ¡Salvad la vida!

De nuevo los gritos de la gente, de los habitantes del pueblo, de las muchachas aterradas por la presencia inhóspita; los jóvenes tirando piedras, escondiendo entre burlas el miedo y la conmoción; los viejos sentados en sus puertas, esperando la muerte, ya venga o no del ser a quien todos temen, a quien nadie enfrenta, a quien nadie conoce más allá de la palabra.

- ¡Monstruo! ¡Que viene el monstruo!

Nadie lo ha visto, y ya se ha ido; una mujer asustadiza, que lo ha visto, no lo ha visto, no sabe qué es, no sabe cómo es, no sabe si lo ha visto, pero dice que estaba. Estaba, si; para todos ha estado, aunque a nadie se le ha presentado, y no ha sido observado en sí jamás, ni captado por cámara alguna, todos saben que estaba, está y estará al acecho, siempre, ahí. ¿Dónde? En cualquier parte, allá donde miren; en sus mentes; en sus palabras.

____________________


Algo me despierta, son voces que hablan de un monstruo, de un ser que persigue a hombres, que se esconde tras los árboles, que se encierra en los sótanos más oscuros. Una niña se perdió en el bosque; se la comió. No me interesan las voces, ni lo que dicen, así que vuelvo a dormir, en silencio, respirando pausadamente, pero eso no me libra de las pesadillas; más voces me atormentan, gritan alarmas y suenan figuras deformes, como en tarros de líquido espeso, que difumina la luz; todos corren por el campo, de noche, alumbrado por las llamas rojas que consumen las casas de madera y hacen sudar las frentes de quienes aún quedan relativamente cerca, de quienes huyen, de quienes se quedan a morir en su interior. Parece tan eterno que no vaya a haber mañana siguiente, que no exista futuro, que solo el presente pueda verse; no hay posibilidad de madrugada, de sol saliendo por el horizonte, pues para que el horizonte se envuelva en tonalidades anaranjadas la paz debe reinar; no hay paz, el infierno parece eterno; el fuego cambia, pero la imagen sigue estando intacta, hasta que se queme la foto y todo vuelva a la ceniza, al polvo, a la calma triste y gris, de negrura infinita, profunda, que obligue a las gentes a sentarse agotadas, mientras lloran su pérdida y el fénix vuelve a nacer, sin que intervengan.
Vuelvo a despertar y a dormir varias veces hasta que, ya agotado del ir y venir de la catástrofe, alzo el vuelo y me dirijo, nadando río arriba contra corriente, a la iglesia del pueblo, la que en todos mis buenos sueños acaba ardiendo, y la que genera el fuego de mis pesadillas. Apenas se respira vida en su interior, es una cáscara muerta, húmeda, con figuras vacías de espiritualidad, que observan con perversión todo lo que ocurre, que miran fijamente a todo aquel que ose entrar. Si hay una pesadilla de verdad, debe ocurrir aquí dentro. Las paredes atrapan toda luz y proyectan un eco negro, sin ánimo, sin pasión, con un tono fúnebre que aceptaría tanto el horror que incluso lo encubriría; son paredes que podrían haber soportado impunes la mayor de las matanzas. Y fuera está el monstruo.
Se escuchan sus rugidos, sus gruñidos solitarios, más agudos, más graves, más fuertes, más débiles, desesperados; es, sin duda, el monstruo quien está fuera. Desaparece su voz, vuelve a aparecer, se genera una tormenta de eléctricos graznidos, de susurros a gritos y reclamos de piedad; el monstruo viene y va de una garganta a otra, se mueve por la entonación del miedo, por la rapidez de sus zarpas que corren peligrosamente en torno al nihilismo de su conciencia. Se fusiona con las gentes a las que persigue: ahora un señor bigotudo, luego una mujer embarazada, más tarde una niña a la que han educado en el terror, y termina atormentando a un cura. Termina, como si nunca hubiera empezado, como si nunca hubiera terminado, como si su eternidad lo convirtiera, igualado al hombre, en su eterno enemigo.

____________________


El cazador sale de su madriguera, encuentra una luz cegadora que, entre las copas de los abetos que va a invadir, se filtra; busca al monstruo y no encuentra más que reflejos en los ríos de su locura, en los ojos de la naturaleza que lo miran decepcionado, espantados por la escena; arma en mano, cargada de terror, pisando humo con sus pies descalzos y con las botas el abrupto terreno enraizado, sujeto por majestuosas formas de vida. Una hora, dos horas, tres horas, y hasta cuatro horas en las que el cazador, sobre el humo de su propia naturaleza, cree no poder hallar su objetivo, inmerso en la complejidad de lo desconocido. Se da la vuelta, dispuesto a irse, o eso cree; no hace falta más que la pérdida del rastro, del camino de regreso, para darse cuenta de que está rodeado, de que no puede escapar de allí sin encontrarse con su destino, aquél al que acababa de renunciar, aquél del que quería justo en este instante escapar, el que le persigue en el momento en que no lo quiere y que antes parecía eludirlo ante su contundencia inicial; sus pies vuelven a caer sobre las botas, ya no está el humo, el terreno se vuelve escarpado, imposible de atravesar; la luz desaparece antes del alba. No tiene más opción que correr, que lamentar, que huir del monstruo que, ahora sí, le persigue, le acecha; ha convertido al cazador en presa.

Puedo observar, desde mi ventana, al cazador; corre como loco, cegado por el monstruo, casi por los límites iluminados, los últimos abetos que lindan con el pueblo, y cuanto más se acerca a la salvación, a su cordura, más sufre su miedo, y se lanza a correr en dirección opuesta, hacia una salvación interna, hacia la muerte de su enfermedad, que no reconoce ya separación con el enfermo. Se escucha el sonido del cazador, al fin, hallando el gatillo, ahogado por un disparo que a nadie parece alcanzar; los pájaros vuelan en rededor y los animales terrestres se alejan por instinto, se esconden, mientras la curiosidad humana asoma y se acerca a su destino. Yo sigo sentado, mirando por la ventana. Una mujer muere junto a su hijo, y el cazador regresa, ya sin munición, satisfecho de su hazaña al lamentable cuadro formado por decenas de humanos pidiendo clemencia a su desvarío.

____________________


Han pasado años, y la inutilidad del monstruo se ha dado a conocer: todos nuestros muertos, encerrados aún en sus cajas, en sus tumbas subterráneas, no han sido tocados más que para morir, no han sido devorados; no ha servido de alimento a ningún monstruo más que nuestro miedo, pues no es un monstruo de la naturaleza, sino de la humanidad. Nadie lo ha visto aún, sigue sin ser fotografiado, sigue sin haber constancia tras su paso, más que los muertos y el terror de los vivos; la sangre corre bajo sus cabelleras, en sus ojos llenos de pánico, reflejo de sus almas corruptas; inmersas, ahogadas, en el caos de la insulsa existencia. Ya no hay bosque, ni casas de madera; todos vivimos en grandes ciudades, es el dogma reinante, la fe a seguir para escapar del monstruo, pero aún nos acecha; de muchas más formas todavía, le tenemos miedo; nos confunde, nos hace temer la verdad, influye en un auto-engaño perpetuado, que sirve como educación, como modelo de futuro, como única salida. No hay naturaleza libre en nuestra conciencia; solo es un monstruo que se reproduce, que nos proyecta valores engañosos e impide que la clara luz del día destape la oscura farsa que pretendemos como explicación a nuestras vidas.

Hay un monstruo en todos nosotros que nos conduce a la demencia, a la locura propia solamente de humanos desarrollados que, dentro de su fantasía, no aceptan su condición. Siguen en pie las iglesias, esas oscuras que desde que todo esto comenzó han ocultado los horrores, han justificado sus desvaríos y nos han servido de ejemplo para construir una conciencia colectiva del miedo, de la esperanza en la bondad eterna y desconocida; del odio hacia el mal terreno con el que hemos de convivir.

Fuera, en las calles, en las ciudades, sigue estando el monstruo; ese obsesivo monstruo que codicia incluso la misma codicia; ese terrible monstruo que surge en cualquier momento, en cualquier circunstancia, en cualquier forma; ese incoherente monstruo que, ante un discurso sensato, es capaz de abrir sus garras y cerrar la mente.

19 de octubre de 2012

John Keats

Al fin tengo terminada la entrada sobre [el poeta] John Keats. Me ha encantado hacerla, ya que le tenía muchas ganas desde hace demasiado tiempo, y esta temática siempre desata mi interés, sobre todo hacia los poetas. No he añadido esta vez notas, porque durante el desarrollo han ido apareciendo algunas aclaraciones necesarias; por lo tanto, nada más que añadir en esta ocasión.

Sin entreteneros más, os dejo el enlace aquí:

16 de octubre de 2012

De la religión a la ciencia

Esto no es, al contrario de lo que a alguno le pueda parecer, si ha leído de entre mis primeras entradas, un recuerdo a La religión de la ciencia (aunque también me gustaría, en otra ocasión, dedicarle una revisión), o por lo menos no completamente; esto es, que la temática a tratar es distinta, en dos sentidos:
  1. El cambio sintáctico palpable, de sintagma nominal a preposicional. Esto se debe a que, mientras en aquella anterior entrada pretendía exponer el dogma religioso de lo científico, ahora me refiero más bien al paso de las concepciones religiosas del mundo a las científicas.
  2. Cambio en el sentido de "ciencia". Ya que con "religión" me refiero en general a lo que tienen de común las religiones, en el caso de "ciencia" debo hacer lo mismo y considerar, en este caso, cualquier tipo de ciencia (tanto natural como formal, social o humanística), siendo así que me refiero a todo conocimiento o, mejor dicho, saber.
Respecto a lo anterior, además del mero cambio estructural e interpretativo del título, mi planteamiento aquí es el siguiente: comparar los errores religiosos de la explicación del mundo con los errores científicos en el mismo ámbito.

El primer punto a señalar, quizá preliminar a lo importante de esta entrada, es la fijación, tanto religiosa como científica, en establecer algo absoluto; creer en uno u otro caso en la existencia de lo perfecto (ya sea divino o numérico) es un absurdo, una introducción hacia una descripción vacía de lo existente. Pero esa concepción en cuanto al saber parece haber quedado atrás, en la visión antigua y mística de la matemática y la astrología (también la astronomía antigua, en gran medida). Sin embargo, pese a que en gran parte actualmente las ciencias naturales han perdido la fijación en lo perfecto, centrándose más en el mundo, en lo que hay (y hablar de que la filosofía lo tuvo y lo sigue teniendo no nos lleva a ninguna parte), encontramos de nuevo el peligro en las ciencias sociales, ya que basan su estudio principalmente en el número, en el gráfico, en la cronología, en lo lógico, y esto históricamente ha conducido al dogma científico. También en las religiones ocurre esto, es decir, que las explicaciones divinas de los fenómenos acaban otorgando a todos ellos, y al mismo tiempo a las explicaciones, autoridad absoluta.

Medicina convencional

Hay, sin embargo, otro punto en cuestión, y se trata de que, pese a la capacidad que demuestran tanto la religión como la ciencia en la [cuestionable] efectividad de su cosmovisión, existen asuntos que no están capacitados para explicar (este tema queda introducido en la entrada en que respondió un amigo a mi religión de la ciencia), que quedan sujetos a la indefinible [mera] existencia; esto es, que la ciencia no puede explicar por qué están presentes los elementos del mundo, sino cómo son, cómo se relacionan, etc. mediante leyes concretas. A partir de aquí encontramos, entonces, que la ciencia, tanto como hace la religión, termina explicando sus conceptos en base a lo que no puede mostrarnos. Ya dijo Platón [en referencia a los astros] que "los verdaderos movimientos son perceptibles para la razón y el pensamiento, pero no para la vista", es decir, que incluso "la rapidez en sí" de los astros no se puede observar, sino que la comprensión del movimiento es una cuestión de ideas, de pensamiento, y no de visión o percepción sensible (Platón: La República, VII, 529d). Alguien me podría decir que este concepto es antiguo y que la ciencia actual no lo sigue; invito a quien quiera a decirlo, a pensarlo: es totalmente erróneo. Al igual que la religión, la ciencia se ha convertido [securalizada] en una fe hacia la razón, el cálculo preciso (que no elementos perfectos, como el círculo o el número 5, sino resultados exactos en cuanto al mundo), y la [supuesta] objetividad en la precisión de las hipótesis y resultados. Que nadie crea ahora que me contradigo en esta afirmación y la anterior: la ciencia juega a dos bandas [al igual que toda religión]: en la medida en que busca su fundamento [o justificación] en las pruebas de sus experimentos [en la lluvia o los nacimientos tras sus medidos rituales], explica estos fenómenos en dependencia de lo que no vemos, de lo que está más allá de nuestra experiencia sensitiva (una relación causa-efecto, un electrón, un Big Bang, o una deidad); en el otro lado, analiza y desmonta los sucesos sociales, lo que ya ha ocurrido, las tragedias [la muerte de varios pueblerinos, malas o buenas cosechas], para así dar una explicación causal histórica [una guerra, o una ofensa a los dioses, o una prueba divina a nuestra fe, como Job contemporáneo], o, más aún, situar las razones en su dogma supremo: la libertad humana (libre albedrío para los religiosos), que tanto la mismísima naturaleza humana como un dios cualquiera podrían habernos otorgado.

Brujo explicando cómo ocurren distintos fenómenos
Lo dejo en palabras de Camus: "toda la ciencia de esta tierra no me dará nada que me garantice que este mundo es mío. Me lo describís y me enseñáis a clasificarlo. Enumeráis sus leyes y, en mi sed de saber, admito que son ciertas. Desmontáis su mecanismo y mi esperanza aumenta. En último término, me enseñáis que este universo prestigioso y abigarrado se reduce al átomo y que el átomo mismo se reduce al electrón. Todo eso está bien y espero que continuéis. Pero me habláis de un invisible sistema planetario donde los electrones gravitan en torno a un núcleo. Me explicáis ese mundo con una imagen. Reconozco entonces que habéis ido a parar a la poesía: nunca conoceré. ¿Me da tiempo a indignarme? Ya habéis cambiado de teoría. Así, esta ciencia que debería enseñármelo todo termina en la hipótesis, esta lucidez se sume en la metáfora, esta incertidumbre se resuelve en obra de arte." (Camus: El mito de Sísifo, Alianza, 2010, pp. 32-33)

Científico demostrando empíricamente procesos químicos

Y a quien decía que no queda platonismo en la ciencia, a quien defiende que está basada en lo empírico, en lo comprobable, y que no hay en ella atisbo de creencia, de chamanismo, de vudú, solo le hace falta revisar sus conceptos para darse cuenta de que, más allá de la explicación empírica, mero espectáculo de marionetas ideado para convencer a los invitados que van a financiar la ciencia, se esconde la hipótesis puramente racional, la explicación inexplicable e incomprensible de fenómenos paranormales, que como resultado solo pretende reducir a esquema un comentario lógico de razones loables por las que aquello que desconocemos sucede, y vuelta a empezar, hasta que, entonces, nos encontremos hablando de aquello que, hace tres o cuatro niveles, nadie comprendía, explicaba, ni podía percibir.

5 de octubre de 2012

Henry David Thoreau: Walden Ponds

Este viernes, y como estaba anunciado, publico la segunda parte de Thoreau (su estancia en Walden Ponds), de quien se supone que debería hacer más, entre una o dos, al menos. Pero ya me dedicaré más adelante, ya que esta semana o la siguiente tendré a John Keats, y quizá debiera dedicar mi tiempo de Thoreau para los transcendentalistas, en lugar de la queja (creo que el asunto importante de Thoreau ya se expone aquí, y se introduce en la primera entrada sobre este mismo autor).

Pero dejando a un lado estas consideraciones, os dejo aquí el enlace, y en la página correspondiente.