"...el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida." J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo

"Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción." A. Camus, El mito de Sísifo

"Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría." H.D. Thoreau, Desobediencia civil

28 de septiembre de 2012

Dr. William Ellery Channing

Volviendo, por fin, de nuevo a los magos, me complace presentar este viernes al pendiente William Ellery Channing, Doctor en Teología, teórico predicador del cristianismo unitario. Así, he querido exponer la importancia de este (para qué engañarnos) mago en el transcendentalismo norteamericano.

Respecto a este tema [el transcendentalismo norteamericano], me propuse hace un tiempo comenzar un blog, que he estado preparando esta semana. Por ello, ante la necesidad de exponer allí, entre otros, un razonamiento detallado de Channing, he decidido tratarlo aquí sin demasiados rodeos, ni puntualizaciones, y tratar más su influencia, algo que en parte ya había hecho fuera de este blog, y que creo que queda mejor para con el objetivo que aquí pretendo.

Os dejo el enlace, como de costumbre, aquí y en la página esa de al lado.


26 de septiembre de 2012

Al respecto de lo que hemos visto

Hoy no tengo excusa para no escribir una entrada decente, y al mismo tiempo considero decir lo que todos hemos visto, lo que todos hemos oído, y lo que todos hemos dicho, una ocupación en cierto modo repetitiva e insulsa; pero hay que hacerlo. No sería yo mismo si no dejara constancia de mis pensamientos al respecto.

Me estoy refiriendo, como se puede suponer ya, a los acontecimientos de ayer en Madrid. De esto podría decir muchas cosas, y me gustaría por ello hacer una recopilación de lo más significativo que he escuchado:
  • Según el Gobierno, es decir, el Partido Popular: la policía ha actuado correctamente, han hecho lo que debían hacer. Los manifestantes eran violentos, y su acción ilegal.
  • Según la oposición, más concretamente el Partido Socialista: la policía se ha excedido y no ha sabido controlar adecuadamente la situación.
  • Según los partidos [esta vez si] de izquierdas: los manifestantes han sido correctos, en cualquier caso, y la culpa de la violencia es solo de la policía.
  • Según los manifestantes: hemos ido y nos han dado de palos.
  • Según los defensores de los manifestantes: han ido y les han dado de palos.
  • Según los organizadores: hemos tenido un éxito rotundo.

Poner aquí lo que han dicho los medios es perder el tiempo, sobre todo porque a mi gusto no se ha tratado el acontecimiento (salvo quizá en la Sexta) con el rigor y la importancia que se merece. En cambio, me permito el poner un vídeo, de entre los muchos que se pueden encontrar; que cada uno busque y encuentre, si lo considera oportuno. Creo que, en este caso, ver un vídeo lo más completo posible de lo ocurrido es más esclarecedor que escuchar a un político [y seguramente siempre lo sea].



Y ahora, al respecto de lo que hemos visto, me gustaría hacer algunas anotaciones sobre lo que consideramos o no un acto vandálico, un acto ilegal [o legal], o un acto revolucionario.

Existe en nuestra actualidad una tendencia, socialmente instintiva, a la revolución; pero no a la revolución como se entiende cuando la hay (es decir, cuando ya se ha hecho, por quienes la han conseguido), sino en el sentido de quien espera, con la manifestación [de sus inquietudes] cambiar el mundo e instaurar un ideal [basado en la mera negación de lo actual]. Con esto quiero decir que la mayoría de nosotros, con nuestros actos, no solemos reclamar más que la razón de lo que nos incomoda, esto es, recordarlo y machacarlo hasta que, de alguna manera, alguien decida cambiarlo. Es un ideal bonito, pero en gran medida utópico.
No me quiero excluir, por ahora, del colectivo que piensa, en el fondo, estas cosas, pues mi blog es La Queja del Primate, y, obviamente, expongo como principal argumento la queja. Ya me distanciaré más adelante en esta exposición.
Existe una idea que, creo yo, nos incita a esta convicción, y que es al mismo tiempo errónea: que el mismo Estado que nos quita la comida puede, si lloramos lo suficiente, devolvérnosla. Yo no solamente no lo creo, sino que me atrevería a decir que incluso que es falso. El Estado no devuelve lo que quita al que llora, ni siquiera al que le razona adecuadamente el por qué de la injusticia, sino que lo devuelve cuando le parece oportuno [y no choca con sus intereses] con el fin de contentar, así como el violador que regala un caramelo para ver sonreír al niño y ganar de paso su confianza. Ese Estado [violador], que vela por sus intereses, es el mismo al que grupos y grupos de manifestantes creemos poder exigir con canciones pegadizas, sentadas y razones que justifiquen una cierta bondad; ese Estado [violador] no hace más, en definitiva, que permitir el margen de la queja y el llanto pacífico y legalizado (es decir, autorizado por ellos mismos), a fin de dar una cierta alegría en el momento en que cede [por conveniencia].

Entonces nos asalta la pregunta... ¿por qué la violencia?, ¿por qué una intervención policial tan contundente [como eufemismo]?, ¿por qué acepta el Gobierno, incluso apoya y fomenta, la respuesta violenta a las quejas? ¿No se supone que al que llora, si se le pretende calmar en algún momento, no es apropiado, por llorar, pegarle?
Entonces nos viene la respuesta (si no la entendíamos ya antes)... y es que en nuestra actualidad, quien llora, quien se queja, quien se manifiesta, va acompañado de quien sabe que para dar solución no es adecuado dejar al [hasta ahora] dirigente la fuerza para ello. Y a esto responden firmemente, con contundencia [que la llaman ellos], con violencia; y escuchamos a alguien decir que la manifestación era ilegal, y que eso justifica toda acción policial. ¡No tienen más miedo a nada que a esa acción ilegal!
Mi planteamiento, por tanto, es el siguiente:
El hecho de autorizar, de legalizar, un movimiento, es para ellos una seguridad: tienen un contrato por el cual no se va a hacer nada que los ponga en peligro, y por ello pueden permitir toda queja y todo lloro, pues ya de antemano está pactado que lo habrá. Cuando, por algún motivo, se tuerce el plan, un vándalo hace algo que no se esperaba, que no entraba en ese contrato legal (como tirar una valla), la acción, al volverse ilegal, es peligrosa, ya no es pacífica sino violenta, y no resulta una acción adecuada. Es decir, que todo intento por hacer factible ese ideal revolucionario que nos lleva a la manifestación, resulta que se convierte en ilegal, pues nunca ha sido pactado, aunque permitan que lo imaginemos.


Por último sentar aquí mi idea final a todo esto:
Como he dicho, me distancio de esa ilusión revolucionaria; siempre he considerado toda manifestación como un acto menor, y he criticado en algunas ocasiones toda manifestación que pretendía hallar en sí misma solución definitiva, y todo colectivo que acudía a un acto de este tipo convencido de la transcendente revolución que estaba iniciando. Soy consciente de que, en especial, las personas que organizan estos actos no tienen en mente construir un nuevo mundo en cada ocasión, sino mostrar lo que yo igualmente intento en este blog, un descontento y un llamamiento a la reflexión y a la concienciación, pero igualmente que tanto la mayoría de los participantes como de los espectadores quieren ver en ello un cambio en el mundo.
¡Pero no se puede pretender un cambio en el mundo, en la realidad, en nuestras vidas, si no cambiamos nosotros realmente nuestras costumbres y nuestras ideas, si no actuamos de tal forma que podamos (y me refiero, a partir del mismo poder inherente a nuestras acciones) vivir de tal forma que las decisiones de un Estado, como pretendían los primeros teóricos políticos americanos, no sean factor determinante de nuestras decisiones!


Cualquiera podría decirme, ante todo esto, que es muy bonito decirlo, pero muy difícil hacerlo. Una contrapropuesta: es muy bonito decirlo, pero más bonito hacerlo.

23 de septiembre de 2012

Sobre soñar las costumbres

 [...y mejor que lo explique un poco.]

 Quería exponer hoy un texto que tengo desde hace unas semanas terminado, y no he tenido tiempo ni memoria suficiente hasta el momento como para mostrar aquí. Se trata de Soñar las costumbres, una pequeña historia hecha en cierta medida en paralelo con otra que escribí hace tiempo, Soñar la muerte (o Alberto), y que creo que no he llegado a publicar; quizá otro día lo haga, para mostrar a lo que me refiero.

 En cualquier caso, antes de dejaros con el texto quiero también anunciar que voy a dedicarme las siguientes semanas a completar unos cuantos autores que tenía en mente para los viernes, y que me quedaron pendientes, entre los que puedo nombrar a Channing (que fue el último que anuncié), John Keats, y la segunda parte de Thoreau; no los haré necesariamente seguidos cada semana, pues a lo mejor tardo más con alguno. Igualmente seguiré con otros después. También estoy meditando la posibilidad de crear otro blog, dedicado en exclusiva a autores que ocupan mi tiempo ahora, más concretamente a la corriente transcendentalista americana (el Transcendental Club), aunque es solo un proyecto [que ya confirmaré, si acaso].

 Dicho esto, os dejo con el texto.


SOÑAR LAS COSTUMBRES
 Ya habían pasado cuatro horas desde que se levantó y todo seguía igual, no había cambio aparente, no existía lo que se podría llamar "azar", no había novedad, no influía en él nada de lo que pudiera pensarse que, más allá, otros conspiraban, hacían u obligaban; no podía creer que, en verdad, todo se redujera a levantarse y hacer aquello a lo que estaba acostumbrado, sin imprevisto, sin novedad, sin milagro que pudiera salvarle. Estas cuatro horas se pueden resumir en rutina, no tienen para él nada de especial, nada que pueda salvarlas del olvido al día siguiente, del resumen cuando hable en sus memorias del tiempo perdido repitiendo los nauseabundos rituales mañaneros: escuchar la alarma, casi imperceptible en el sueño, que va penetrando en su mente y creando conciencia del despertar, y sentir el impulso de apagarla para así poder seguir en su anterior estado, cayendo en la trampa y siendo obligado, tras el esfuerzo de detener el molesto pitido, a levantarse de la cama para aliviar sus necesidades matutinas, tras las que tendrá que despejarse, que lavarse la cara para poder mirarse al espejo y demostrarse que es él, y no otro, que sigue igual que ayer por la mañana, que en apariencia no ha cambiado nada; lo siguiente es ir a desayunar, a aliviar el hambre con que se levanta cada mañana, a satisfacer sus deseos, a alimentarse, cumpliendo así la tercera parte del siniestro ritual que ha de conducirlo a la rutina del hogar; no tarda mucho en observar los platos sucios de anoche, que como siempre olvida limpiar y que ha de fregar por la mañana, tras el desayuno, ya con fuerzas para afrontar el día que le espera; cuando ya está todo brillante, limpio de nuevo, vuelta a empezar, comienza el resto del día, ya vestido coge sus llaves, sale de casa y cierra la puerta. Las calles están húmedas y en los coches queda el rocío de la noche, en los cristales algún madrugador anónimo ha dejado su nombre escrito con el dedo, en la acera de enfrente está el cartero buscando una casa, una dirección mal puesta, con algún error ortográfico, y en un balcón una señora riega las plantas, también hay un vecino paseando al perro, que levanta la pata junto a un árbol, y ambos saludan de la forma que han aprendido, pero ninguna de estas cosas altera en absoluto ni el rumbo, ni las intenciones, ni los pensamientos que nuestro protagonista experimienta, todo le es ajeno, como si su interior estuviera insonorizado, impermeabilizado, como si se tratara de una fortaleza impenetrable, protegida contra cualquier posible ataque, insensible a todo lo que no sea la rutina establecida; y con el mismo objetivo con que salió llega al quiosco, compra el periódico, en el que un titular sobre la situación económica parece pronosticar un nuevo escándalo político, una respuesta social, o unos ajustes de última hora por parte del gobierno, pero sea lo que sea no le interesa leerlo por el momento, solo seguir su camino, ya decidido, ya trazado, ni siquiera la charla insulsa del quiosquero sobre el tiempo nublado, la humedad o el frío es contemplada como más que un asunto exterior, fuera del estado superior de su conciencia, ocupada por entero en el ya mencionado programa; y al llegar a la panadería no había en ella nada que pudiera obligarle a ser otro, a cambiar su ruta, a cumplir con lo inesperado, a rezar al dios equivocado ni admitir su pena, su horror, y salir corriendo hacia el horizonte.
 
 Ahora está sentado, leyendo el periódico, cuando se da cuenta de que no recuerda haber caminado sus pasos, pretenderlos, ser consciente de sus acciones, ser dueño de sus actos, meditar el salir a la calle, comprar el periódico, el pan, ¿qué más hizo, tomarse un café?, pero no puede ni recordar cómo siguió el camino hasta casa, qué hizo siquiera, qué ha desayunado, si ha tirado por la mañana de la cadena, si acaso le sonó el despertador y lo apagó, o se levantó sin razón alguna. Sin razón alguna, eso es; ¿qué razón le movía?, podría preguntarse, y si acaso encontrara respuesta no le sería ésta comprensible ni satisfactoria, no había en sus actos una justificación real, una máxima, que condujera a una decisión ciertamente decisiva. Esboza levemente el recuerdo de días pasados en que hizo lo mismo, en que se levantó, dio algún paseo, desayunó y leyó las noticias, terminó algún encargo del día anterior, recibió llamadas y clientes, todo con la misma aparente tranquilidad, rutina, cortesía y aceptación; ¿y para qué? Entonces se levanta, envuelto en rabia, y lanza el periódico a la chimenea encendida, tira al suelo la mesa y todas sus notas corren asustadas por el suelo, escondiéndose bajo los muebles, mientras la máquina de escribir se rompe en pequeños trozos; en el suelo estallan cristales. Anda por la habitación con las manos en la sien, intentando pensar lo que ha hecho, pero no puede, no comprende del todo la razón, si es que la hubo, ni siquiera de lo que pudo haberle incitado a ello; todo está difuso, y en su mente empiezan a caer más cristales. Sale de la habitación, nada más entrar en la cocina siente, contrariadas, la necesidad de preparar como de costumbre la comida a la hora preestablecida y, al mismo tiempo, la de romper a golpes todos los instrumentos que le rodean; vuelve a correr, precipitándose por el pasillo todavía húmedo, pisando el vidrio que cruje y se clava en sus pies descalzos. Llega a la puerta cerrada de la entrada, no hay llave, no hay forma de abrirla; la madera de la puerta no tiene fin, se une directamente al marco y éste al muro, y por debajo al suelo. Cae de rodillas sobre los cristales rotos de su costumbre, desnudo, y vomita una vez; grita de desesperación, mientras suenan latigazos tras él, mientras cubre de nuevo sus manos de vómito, apoyadas en el suelo; y así hasta una tercera arcada. Cierra los ojos desesperado y escucha una voz que le pregunta algo incomprensible, que no alcanza a entender; se detiene a escuchar atentamente, y vuelve a preguntarle, mientras otras voces surgen progresivamente: dos mujeres charlando, un perro que ladra, una radio de fondo; abre lentamente los ojos, y ante él surgen luces, figuras difusas, y la voz que le pregunta se convierte en el dependiente del quiosco.

19 de septiembre de 2012

El caballero negro

Empezamos [todos] nuevo curso, que a mi gusto es más que lo que dicen de empezar nuevo año (aunque le den menos importancia), y quiero pensar que el panorama se presenta relativamente bueno; quiero pensarlo, que no lo pienso. El problema radica en ese fenómeno paranormal en que se está volviendo la derecha española: ganan unas elecciones sin más programa que "voy a quitar la crisis" y "este gobierno lo hace todo mal"; también dijeron algo de "no voy a subir los impuestos", o "la educación no se verá afectada", pero hacen como que se les olvida (si cierro los ojos, nadie me ve). Además, está el hecho de que, en los últimos meses, se hablara catastróficamente de un rescate que, según el gobierno, no iba a llegar; solo una inyección de dinero para los bancos, solo eso... ¡qué alivio no tener una enfermedad mortal!, solo un poquito de cáncer terminal. Tenemos que añadir a esto las contradicciones entre la gente que presta el dinero y la gente que lo ha recibido; éstos tan alegres y felices, diciendo que no tienen que devolver nada, y los demás con las manos en la cabeza intentando calmar el descontento generado.

Pero al margen de todo lo que podamos recordar (ya que ellos no lo hacen) de las obvias contradicciones y tomaduras de pelo, me quería referir especialmente como fenómeno paranormal [si no lo fuera bastante] al raro ambiente que surge ahora en Madrid: educación en bragas, Eurovegas con la promesa de ilegalidad consentida (recuerdo Springfield cuando llegan las olimpiadas), y Esperanza se va, no de Madrid, no de todos sus cargos, sino directamente del PP... en medio de su candidatura, y para "estar con la familia". Yo ya sabía del extremismo de este tipo de gente, pero no pensé que se refiriera a esto.

Pero al margen de lo que nos parezcan asuntos de derechas, más o menos loables, más o menos lógicos o razonables, incluso humanos, quiero enfocar esta cuestión de los fenómenos paranormales a la supuesta mejora de la economía; últimamente parece que somos la caña de Europa, que nos recuperamos genial, que somos como héroes griegos (bueno, griegos más bien no), que por muchos hachazos que nos peguen seguimos levantándonos, que somos como el caballero negro de los Monty Python, sin brazos ni piernas ["solo es un arañazo"]; el cabezazo que hace volver a la realidad son las múltiples protestas en la calle, las huelgas, los estudiantes que no pueden pagarse la carrera porque les suben demasiado las tarifas o se quedan sin beca, los que no pueden comprar medicinas, los que sufren la estafa del combustible, y en general del iva, los trabajadores que se quedan sin la paga extra, o directamente con un retraso de varios meses en lo que debería ser el salario normal. Dicen que estamos saliendo porque somos unos campeones... pero si realmente se nos ocurre a alguno levantar la cabeza, vemos que por encima del podio están los mismos ricos de siempre, solo que ahora pueden derrochar un poco más y tirarnos a nosotros un poco menos, para justificar que haya que quitar de algunos sitios para que la economía [la suya] mejore.



10 de septiembre de 2012

Flores amarillas


Una imagen vale más que mil palabras, si es que acaso no sabemos, ni en mil palabras, describir una imagen; si es que no podemos explicar lo que vemos, o ni siquiera llegamos a comprenderlo, pues describir objetivamente con palabras lo que entendemos mediante la vista es la fórmula mágica del conocimiento. De esto que describo ahora no tengo imagen, ni creo en la posibilidad de hacerla de forma tan detallada, por lo que mil palabras quizá sean más adecuadas.

Recuerdo ahora una visión que hace unos meses tuve, que llegó a mí paseando por una ciudad poco conocida, que visitaba en mis vacaciones a fin de encontrar un lugar donde relajar mis emociones y darles el placer del deleite por lo nuevo y bello; esa visión llegó yéndome yo de una plaza, enlosada en piedra antigua, de color beige claro o arena, ya desgastado, que pude notar bajo mis pies descalzos bastante rugosa en ciertas zonas, mientras que en otras suave y lisa, por el paso acostumbrado de los visitantes; en ella, por el centro, una gran fuente alargada, de chorros finos de agua, rodeada por arbustos especialmente recortados, y más allá el suelo de piedra y las gentes paseando, charlando, discutiendo o hablando de cualquier asunto propio, de cualquier cosa nimia, o de lo más importante del mundo, y más allá unos bancos de piedra, que acaban en grandes jardineras con árboles y plantas enredaderas de diverso tipo; sentado estaba yo, observando caer a través de los pocos rayos de sol, que pasando entre la vegetación [que por encima de las cabezas se enredaba] se inmiscuían en estos asuntos, minúsculas motas de polvo, revoloteando, subiendo y bajando, sin peso aparente, ínfimo, sin fuerza que las obligara a nada, sin voluntad tampoco, dejándose llevar por pequeñas e inapreciables corrientes de aire de un lado para otro: si soplo a una, se estremece, desaparece rápidamente, volando lejos de mí, hacia ningún sitio, y caen sobre mi mano, flotan, o se acumulan en el suelo; el ambiente era delicioso: húmedo, vivo, a la vez cálido y relajante, un aire oxigenado, cuya respiración resultaba placentera y estimulante; miro a la gente y estoy convencido de que cuando ellos se hayan ido, cuando ya no quede nadie, cuando la noche o el fin de sus descansos les impida ir a disfrutar, y cuando hasta el bardo prefiera su casa a la plaza del pueblo, cuando no quede más que escenario sin actores, yo seguiré allí, o seguiré buscando un lugar donde sentarme a disfrutar, a leer o escribir, a contemplar, mientras tengo algo que llevarme a la boca, pues todo lo demás que me quieran ofrecer, será vicio, mientras que este lugar rebosa paz, alegría y necesaria sencillez; es difícil encontrar estos lugares, ser aceptado en ellos, y por ellos, quedarse, sin pretender salir corriendo hacia una menor felicidad compartida; encontrar un momento de soledad con uno mismo: si lo consiguen, algunos se asustan, no hallan tranquilidad, se ven necesitados de compañía; por eso, en vez de pensamientos, se rodean de televisores, móviles, ordenadores y juerguistas; en el lugar que en ese momento habitaba yo no había nada de eso, ni aparecía ante mí esa gente, pues antes ya se habían ido, sino que a mis ojos se presentaba un paraíso, una escena idílica; bastante tiempo después, distanciando mis pensamientos, necesitando el ir a adquirir alimentos [razón por la cual los carnívoros rompen su calma natural y contemplativa y se lanzan a la violencia y a la muerte], me vi saliendo de este espacio y contemplando, para mi horror, esa visión que venía a relatar; estaba todavía en la plaza, situada en alto, a desnivel de la carretera a la que se enfrentaba con un muro y que, al subir por las escaleras de piedra escondidas tras él, daba al paraíso descrito, cuando pude ver bajo esas escaleras a los siervos de la modernidad, a los trabajadores contranatura, si no les fue suficiente con modificar los suelos y corrientes de agua que, aunque puedan ser bellos, son artificiales; bajo mis pies se encontraban las hojas y flores que de los árboles caían, que podía pisar, calzado o al natural [si era de mi gusto, que lo era], y disfrutar como si de una alfombra roja se tratara, aunque ésta más bien amarilla, por las flores que llenaban el suelo; y al llegar a la escalera, miles de flores amarillas que las cubrían, envolviendo el suelo en naturaleza tanto como el aire que arriba se respiraba, pero entre ellas había quien había cobrado por eliminarlas, por barrerlas del plano, del suelo, echarlas como basura y perderlas en el olvido, como cientos de otras con las que antes lo habían echo, y que todos ignoran una vez que han desaparecido; mala ocupación la de recoger hojas y flores caídas, descoronar los adoquines o la piedra, borrar las pisadas, el rastro del tiempo, su vida muerta y su muerte viva, o desnudar [indecentemente] los suelos naturales; pisar las hojas y flores caídas, las secas, las maduras, las de distintas tonalidades, es el mayor placer, mientras que eliminarlas es un crimen por el que hay que pagar alto precio; así iban dos, o solo pude ver dos [si alguno otro había se escondió avergonzado], uno con rastrillo y guardando en un gran saco negro, como quien secuestra a una joven que está durmiendo y la amordaza, y el otro, para facilitar su indigno trabajo, un tubo que, expulsando a presión aire, empujaba con violencia como si de esclavos se tratara, o condenados a muerte; ¡locuras de la humanidad, que cree en su ignorante voluntad la máxima expresión del bien, haciendo eliminar el abono que la muerte da a la vida para convertirse después en la cuidadora del mundo que se ha molestado en castrar!, mas son inconscientes y no comprenden su natural error; en las esquinas de los escalones se resistían, se agarraban, aterradas por el horrible final que se les tenía reservado, algunas florecillas todavía brillantes, negándose a caer en el olvido de sus compañeras y ser víctima anónima de la limpieza masiva, cuyo objetivo es pulir las raíces, arrancar las cortezas, castrar el hábitat que prospera por sí mismo, y trabajar en la recreación de un mundo controlado, que no vive si no es bajo intervención, puesto que se corta de raíz la autosuficiencia; antes de que a mí, por ser de más naturaleza, me hicieran lo mismo, recogí algunas flores y escapé del lugar.

5 de septiembre de 2012

Comenzar de nuevo

No hace mucho me puse a pensar, “¿qué sería de mí si, de repente, desaparezco?” No si desaparezco para los demás, eso no me importaría, sino si desapareciera de mí mismo, ya sea por cualquier razón, la muerte u otras. ¿Qué sería de mí, de mis pensamientos, de mis emociones, de lo que creo haber hecho bien, de lo que creo haber hecho mal [porque los hechos quedan, pero no mi moral], de lo que me gustaría haber dicho y nunca he mencionado? Fuera sentimentalismos, ¿qué quedaría de todo lo que me gustaría? Pues bien, si de repente sucediera, obviamente, no quedaría absolutamente nada, pero como aún no ha sucedido, aparentemente, no hay problema (aunque si que lo hay, como ya he dicho, puesto que, de repente, puede suceder cualquier imprevisto, es decir, lo que nadie ve hasta que pasa, sin conocer razones de ello). Hay, pues, que solucionarlo antes de que sea demasiado tarde, lo que puede ocurrir en un momento, incluso mientras escribo esto, quedando inconcluso lo que pretendía decirles a todos ustedes. Y volviendo al asunto, me explico: hay solución sencilla a todo esto, eficiente si se hace adecuadamente, adecuada si es sincera, sincera si uno es consciente de su desaparición, consciente... y así podría seguir, pero no viene al caso hoy. La cuestión siguiente es lo que soluciona ese anonimato del que vengo hablando, no el sentimental, que uno puede expresar o no, y ciertas personas cercanas pueden conocer, o intuir, sea para bien o para mal, sino de la moral propia de un momento hacia el pasado, hacer recuento, dejar testamento de ello, encontrarse con un yo ya olvidado y charlar con él; es lo que pretendo. Como tampoco quiero hacer de esto un simple recuento, una exposición personal de logros (si los hubiera) ni de penas (que las hay), me quedo con lo esencial y con la idea, también para marcar un nuevo comienzo y hablar un poco del presente blog, de cómo comencé y cómo quiero seguir, en cuanto a lo que anteriormente hice. Comencemos.

Puedo resumir un poco mi estancia en este mundo diciendo que, en verdad, no ha sido más que, para él, una pérdida de tiempo; el mantenerme no le ha sido rentable, me he puesto mayormente en su contra, he sido de los marranos (por lo de no parecerse a su padre, metafóricamente hablando, quiero decir, en este caso, por no parecerme al mundo en que he crecido, y que todavía habito), de los de Caín, de los que uno mira mal sin saber del todo lo que ve; con el tiempo, cuando uno es así, los más cercanos acaban observando qué era lo que veían. Pese a esto, no puedo quejarme de que haya tenido una vida difícil o dolorosa; ni difícil, por las facilidades que por amistades he podido ganar, llevándome trofeo sin enterarme de competición alguna, ni dolorosa, por el humor y el orgullo con que he podido llevar cada abandono y derrota, y creo que eso puede considerarse en realidad una buena vida, por lo menos para empezar: tener una mínima herencia de facilidad, sin conformarse con agarrarla toda a la primera, y aprendiendo a limar las asperezas de lo que después uno va tomando por mérito propio. Recuerdo cuando lo segundo pasó, y puedo decir que fue cuando comencé (seriamente) a escribir, de lo que fue testigo algún profesor de mi instituto, entre otros mi por entonces profesor de Ética, con el que todavía tengo contacto (y no del pecaminoso, o no en todos sus sentidos, pues siempre hay algo censurable en todo lo que solemos hacer los que no pensamos, como cosa buena, seguir el bien y la penitencia); alguno de esos textos sería recuperable, seguro que casi todas las ideas, no fue hace tanto, aunque tampoco tenía configurado lo que ahora.
Por otro lado, podría afirmar, me siento tan bien con lo hecho como tan mal con lo por hacer, con los libros sin leer, sobre todo con los sin escribir, con los que ya ni cuento, ni recuerdo a penas; tampoco con las faltas de este blog, las entradas que cada día podría haber añadido. Recuerdo cuando, no hará ni siquiera un año, vino a mí la idea (repetida en alguna ocasión por la conciencia, o por amistades) de que apretara los dientes he hiciera un blog; parecía muy descarado, y ahora me lo sigue pareciendo, una completa locura... pero de eso me nutro cada día, cada segundo, con cada bocanada de aire que consigo meter a golpes en los pulmones, del que extraigo oxígeno y obligo a salir después, convertido en desecho que para nada deseo en mi organismo. Si puedo dejar un consejo, si es que me voy, o si es que no me voy pero tampoco vuelvo, o no quiero volver ni dar consejos más, o no lo recuerdo algún día ni lo comprendo al leerlo entre las notas olvidadas en un cuaderno abandonado en el fondo de algún cajón, en aquella habitación que pocas veces transito y que ya puedo no encontrar como mía, sino del sinsentido, de la muerte, del aburrido paso del tiempo, es ese: que ser uno mismo, ser propio, lo que llaman (mal hecho) "auténtico" [como si pudiéramos ser falsos más allá de engañarnos a nosotros mismos], es decir, ser individuo [verdaderamente, y no como mero hecho de la naturaleza], es afrontar un poco de lo que nos ofrecen y mucho de las opciones casi imposibles que cruzan eléctricamente por nuestra masa gris, atraparlas, buscarles lógica y hacerlas posibles, si es que nos agrada, de la mejor forma que sepamos. Hace poco me puse a pintar, y me vino como de novedad el dibujar un paisaje al modo de la descripción de Thoreau en Autumnal Tints. He de admitir que salió muy mal, en cuanto a formas y a color; otro día, cuando recuerde mi pasión inicial, lo volveré a intentar, y comenzaré de nuevo.