"...el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida." J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo

"Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción." A. Camus, El mito de Sísifo

"Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría." H.D. Thoreau, Desobediencia civil

29 de abril de 2012

La venganza de Pinocho

Me siento tentado de dedicar una entrada a esta grandiosa película, de la que mayormente he leído malas críticas. Puedo comprender que a alguien le parezca aburrida o mala (pues no la llega a comprender), pero que la definición más difundida sea la de "somnífero", es como mínimo preocupante; aunque, obviamente, no es una película para divertir a la familia o los amigos, ni celebrar la comunión.

Antes de nada, un pequeño resumen, para irnos centrando: Un hombre es detenido, acusado de varios asesinatos, entre otros el de su hijo (al que está enterrando al principio de la peli, junto a un muñeco "Pinocho" que él mismo hizo); su abogada cree que es inocente, pero el hombre no colabora y afirma que es culpable de todos los asesinatos. Tras la condena, la abogada, que había pedido todas las pruebas relacionadas con el caso, se lleva por error al muñeco en su coche, el día del cumpleaños de su hija; ella cree que es un regalo, y la madre deja que se lo quede por un tiempo. Sin embargo, desde ese momento su hija empieza a actuar de forma extraña: dice que el muñeco habla, y lo culpa de diversos accidentes. Pero todo se descontrola conforme la hija parece perder la cordura y comienzan los asesinatos.

Después de este mal resumen apresurado, voy a exponer el análisis que esta película se merece, en base a tres cuestiones:
  • La idea general gira en torno a la influencia familiar, es decir, a los problemas que la hija tiene tras el divorcio de sus padres, con la presencia del novio de su madre y el hecho de que casi siempre la cuide la niñera; ésto la lleva a querer relacionarse especialmente con su madre, y a mostrarse débil cuando la influencia del muñeco la lleva a actuar contra el resto de personas que evitan su relación.
  • Quizá la idea que más nos queda tras ver la película no es ésta, ni el que la madre se niegue a aceptar a su hija como un problema, pese a ver día a día casos similares en delincuentes trastornados, sino la concepción del mal como fuerza externa, diabólica, que adopta diferentes formas, o invade diferentes cuerpos (un perro, un televisor, o un muñeco) e incita a los demás a hacer el mal. Es una teoría que la propia madre expone en una ocasión, hablando con un cura tanto de los problemas de su hija, como de un acusado que oía voces del televisor [apagado].
  • Por último, cabe destacar el progreso y evolución de la fantasía que la hija tiene con el muñeco. De esto he leído alguna mala crítica (mala especialmente porque no se entiende el concepto al que hace referencia), sobre los malos efectos del muñeco. Si hay que hablar de efectos, me parecen los adecuados; pero no es esa la cuestión, sino qué ocurre con las fantasías que la hija tiene con el muñeco. Al principio, podemos ver que ella habla con Pinocho del mismo modo que con todos sus peluches y muñecos, como si le dijeran algo, pero solo comunicándose ella. Sin embargo, las conversaciones se hacen más intensas, más profundas, y llega un momento en que el muñeco le responde, inmóvil, sin hacer ningún movimiento, como si fuera una voz de su conciencia (de la mala conciencia, por cierto); pero la cosa no se queda ahí, pues conforme se suceden los accidentes, y no sabemos bien si es cosa del muñeco, que parece tener vida, o de la niña, que le echa las culpas, el muñeco hace pequeños movimientos: cabeza, ojos, boca. Hasta que llega un momento en que ella "corta sus hilos" y el muñeco empieza a andar por sí solo.
En conclusión, es una película de la que podría decir muchas cosas, y casi ninguna mala. Tiene distintos aspectos interesantes, en torno a la conciencia, aspectos psicológicos y la apreciación de la realidad. Por otro lado está la pregunta importante: ¿hacemos el mal por un desequilibrio, por un mal estado mental, o por una influencia maligna, oscura, diabólica?
Si aceptamos lo segundo, una influencia malvada, como diría Röver, "para que el Infierno tenga sentido hay que creerse también algún dios". Si, por el contrario, es psicológico, es personal, es un estado individual de la mente... ¿quién es el bueno, y quién es el malo? Bien, eso es lo que nos toca definir.

19 de abril de 2012

TRABAJO, TRABAJO, TRABAJO


Este mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! Casi todas las noches me despierta el resoplido de la locomotora. Interrumpe mis sueños. No hay domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descansando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos. (Thoreau, Una vida sin principios)
Así describe Thoreau, en Una vida sin principios, la realidad del mundo en el que vive, el avance moderno que experimenta el mundo, el avance del progreso, de la industria, del trabajo: del capital. Thoreau se ve obligado a vivir en esta incesante preocupación por las ganancias, y todos nos vemos obligados a ello; no tiene una preocupación tan absurda por las ganancias, solo por ganarse la vida de forma honrada, pero el avance y necesidad en la sociedad de la moneda es algo que obliga, que somete, que no permite la indiferencia, que incluye a todos por igual. La diferencia está, entonces, en cómo nos relacionemos con esa necesidad. Thoreau entiende esto, y conoce la realidad de su tiempo:
Si un hombre pasea por el bosque por placer todos los días, corre el riesgo de que le tomen por un haragán, pero si dedica el día entero a especular cortando bosques y dejando la tierra árida antes de tiempo, se le estima por ser un ciudadano trabajador y emprendedor. (Thoreau, Una vida sin principios)
La mayoría de los hombres se sentirían insultados si se les empleara en tirar piedras por encima de un muro y después volver a lanzarlas al otro lado, con el único fin de ganarse el sueldo. Pero hay muchos individuos empleados ahora mismo en cosas menos provechosas aún. (Thoreau, Una vida sin principios)

Pero, ¿qué piensa Thoreau del trabajo, o, mejor dicho, de su trabajo? Pues bien, si nos dedicamos a leer sus textos, enseguida nos daremos cuenta de que poco le importan las ganancias, o que su dedicación no sea considerada mejor por no seguir la tendencia moderna al dinero por el dinero; tiene claro que su trabajo no tiene que dedicarse en exclusiva al dinero, carece de sentido si se hace por esa razón: la razón del trabajo de Thoreau no pasa de la "íntima relación entre la vida exterior y la vida interior" (Thoreau, Profesión de fe), la concordancia con la naturaleza (por la que se va a vivir durante dos años a Walden Pons); sus ganancias van en función de lo que le den por realizar las labores que considera correctas: es un hombre de principios, y es incapaz de aceptar que el trabajo se distancie tanto de su ocupación natural que su único objetivo sea la ganancia, que se obligue a vivir "como cajeros entre las cuatro paredes de un banco" (Thoreau, Profesión de fe), pues toma a la naturaleza como medio para ello. Y, tomando de nuevo la palabra a Thoreau: "Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar." (Thoreau, Una vida sin principios)

Hasta aquí, todo bien, tenemos a un Thoreau insatisfecho con el avance moderno, con el progreso industrial, con el mito mismo del progreso; pero se nos queda atrás esta visión, basada no en una teoría, sino en su experiencia personal: actualmente a poco podemos recurrir para defender algo por el estilo, sin que nos tomen por locos o nos etiqueten como "anarquistas" o "hippies", según la moda. Thoreau está muy lejos de ser anarquista, y quizás ese sea un buen tema para tratar en otra ocasión. Pero ahora podemos centrarnos en otros asuntos, en asuntos actuales, basándonos en gran medida en lo dicho hasta el momento sobre el trabajo. No han desaparecido las inquietudes de Thoreau, aunque no se considere como hizo él su práctica; tampoco ha desaparecido la obsesión por el trabajo incesante, incluso ha aumentado peligrosamente durante el último siglo. Tanto tiempo hablando del proletariado, de los derechos de los trabajadores, se nos ha olvidado preguntarnos si nos conviene realmente este trabajo por trabajo, ese esfuerzo por esfuerzo, ese dinero por dinero, esa obsesión social por lo bueno del trabajo, el esfuerzo y el dinero; cuando uno le dice a su familia "estoy estudiando filosofía", le responden: "¿Y eso qué es?, ¿lo de pensar? ¡Uh, eso es un lío! ¿Y para qué te sirve? Podrías estudiar algo más importante, como economía, derecho... algo con futuro." Quieren que seamos los que controlan el dinero o las leyes, pero no la ética o la lógica. Y no está mal pasar por ello, estudiar estas cosas es de utilidad, pero nunca un hombre sabio lo ha sido sin pasar, al menos una vez en su vida, por la filosofía. Pero ahora pensar no es de utilidad. Con todo esto quería llegar a que, actualmente, nos abordan con el trabajo y, si estudias, con lo que dé beneficio, trabajo. A esto me vienen dos libros: Nunca quise ser como tú, de Cesar Strawberry, y El hombre vacío, de Dan Simmons. Voy a hacer, en base a éstos, un análisis general, para evitar extenderme demasiado.

Pretendo exponer, en base a cada uno por separado, puesto que a priori parecen incompatibles, dos visiones de la angustia que genera la necesidad del trabajo en la actualidad, de tener una vida "útil" para la sociedad, la bondad de no ser un marginado, de dedicar la vida a una ocupación que se considere digna [si es que alguna lo es]. Por lo tanto, voy a hablar de dos versiones de una sensación semejante:

  • Strawberry expone, como es habitual en él, una experiencia en primera persona del agobio, de la angustia, del absurdo de la vida cotidiana; encarna a un personaje, Fernando, que renuncia a sus sueños y a sus gustos para dedicarse a una empresa que le genere beneficios (en este caso, estamos hablando de un pintor, un artista y aficionado a la música, que encuentra su vocación en una comuna okupa, pero que con los años, la mala imagen de lo que hace y los problemas, abandona esa vida para dedicarse a diseñar publicidad). El libro está plagado de anécdotas y pensamientos que ponen de manifiesto su disconformidad con el mundo que le rodea, lo absurdo de todo lo que tiene que aguantar día tras día: las familias que se enorgullecen de sus coches y pasan el rato yendo a lavarlo, con sus trajes de domingo; los adictos a las drogas, como él mismo, que solo viven para chutarse al siguiente día; los poetas, como su padre, que están atrapados en un trabajo ajeno a sus gustos, necesario para subsistir, como afeitar genitales, y solo son felices cuando escriben en soledad; incluso los anarquistas que se crean una fachada mientras viven del sueño ajeno de la revolución y la gente de dinero y de bien que hacen la vista gorda con los vicios y los desmanes de su propia familia, mientras no tienen reparo en acusar al resto; los banqueros y los policías corruptos, y una nueva juventud que dice seguir los ideales de la anterior pero mayormente no tiene ni idea de nada. Se muestra una vida descosida, que ya no tiene sentido, que ya no tiene un objetivo más que el de sobrevivir en un mundo dominado por el capital, por la moda y la opinión pública, que ha perdido sus sueños. Lo mismo ocurre en otros libros de Strawberry, como Besando la lona y Destino zoquete; una sociedad que ha perdido el rumbo, que busca sexo, drogas, dinero para ambos y, si acaso, se guía por ideas predefinidas, muebles de ikea, odio al político de moda, adoración de ciertos valores considerados inamovibles por el conformismo y la derecha, o incluso por una izquierda radical que no es consciente de qué quiere exactamente. Gente vendida, en general, que ofrecen una fachada amable, de confianza, de individualidad, pero tras eso intentan seguir la corriente.
  • A Simmons nos lo encontramos por otro lado, en un sentido de absurdo menos común, más acorde a otro tipo de realidad (aunque también trata, como de rebote, los temas que expone Strawberry); se trata de la historia de un profesor de matemáticas, Jeremy Bremen, que pierde la emoción con la que vivía su carrera cuando su mujer, Gail, muere por cáncer. El punto que da Simmons al libro, y que lo hace típicamente suyo, es que ambos tienen una habilidad especial: una especie de telepatía, que en el libro se explica constantemente; hay que apuntar que Simmons hace un trabajo espléndido, como siempre, añadiendo fórmulas, datos concretos de investigaciones y alusiones a ciertos aspectos de la realidad, pese a tratarse en última instancia de ficción. La historia empieza con la muerte de Gail, pero durante el libro un narrador, que al final conocemos, OJOS, nos va contando historias de su vida. Lo importante de este libro es la visión que expone del mundo: Jeremy pierde el interés por las matemáticas, por sus estudios sobre la capacidad que compartía con Gail, y decide que su vida no tiene sentido sin ella; una vez sin una vocación, sin saber siquiera por donde llevar su vida, renuncia a todo lo que tenía y, con sus ahorros, se va lejos, sin un rumbo fijo. Durante su viaje, se encuentra con distintos personajes, que conocemos en profundidad ya que Jeremy "lee", o más bien escucha, sus pensamientos: los nervios frustrantes y suicidas de personas que aparentan tranquilidad, la desconfianza de quien aparenta ser amable, el odio irracional de algún mafioso, el desagrado de la gente en general: vidas que, generalmente, están vacías, no tienen un sentido concreto, resultan insignificantes y no parecen conducir a nada. Es una muestra de esa vida sin principios; Jeremy se niega a seguir con un trabajo que no le aporta felicidad, aunque obtenga un sueldo por ello; no le importa que le roben o que lo maten si no tiene un objetivo en la vida, algo por lo que levantarse todos los días más allá de tener un salario o seguir viviendo, perpetuando una vida vacía: la felicidad, pero una felicidad consciente; una consciencia satisfactoria.
A estas dos visiones se les podrían añadir muchas otras; podríamos acumular más autores, más obras, más visiones de este absurdo de la vida. Podríamos hablar de Camus y de Sartre, de ese sentido que tiene la acción personal, que siempre debe buscar, no solo lo que a uno le gusta hacer, sino lo que le gustaría que todos hicieran, o lo que quiere que los demás sean, y de que, ciertamente, alguien como Thoreau, consciente de la situación que vive y de lo que conlleva seguir con ciertos trabajos, con ciertas iniciativas, no es capaz de actuar como la mayoría, ignorando la esclavitud y la guerra, o trabajando en un sector que promueve la decadencia de los valores naturales y acaba defendiendo una vida sin principios, una vida que desprecia la misma vida y solo busca una especie dominante en lugar de una supervivencia de las especies. Podríamos hablar de Hessel, de los indignados, de grandes personas que han defendido derechos y libertades; sería un caos hablar de todos ellos, y una necesidad, sin embargo, conocerlos un poco a todos.
Pero lo más importante es lo siguiente: encontrar un sentido, principalmente para criticar, como Strawberry, lo criticable; y, si no como Thoreau para defender unos valores, al menos como Simmons, para evitar apoyar los contrarios.

17 de abril de 2012

Consideraciones de lo tópico (Al respecto de la página "Textos")

Solo introduzco esta entrada para informar de que he cambiado la sección "Ensayos" por "Textos". La razón es la que sigue:
Debido a que pretendía hacer público en el blog el libro Consideraciones de lo tópico (una copilación de varios textos que siguen una misma línea), y para evitar una nueva sección a posta que solo haga diferenciar entre lo que son ensayos y lo que es el libro, de forma absurda, ya que del segundo solo hay uno, he decidido incluirlo todo en la misma sección "Textos", y separar una vez ahí.
Nada más que decir por ahora. Estoy preparando la siguiente entrada, para la que quiero tratar tanto a Thoreau como a nuestros contemporáneos Strawberry y Simmons.

14 de abril de 2012

Sobre cangrejos asesinos

No hace mucho me atreví a leer un libro que había adquirido en la Feria del Libro de Murcia. Pertenecía a una colección, de Christopher Pike, titulada FANTASVILLE, pero éste en concreto me llamó bastante la atención; su título, El ataque de los cangrejos asesinos, para mí, una mezcla entre El ataque de los tomates asesinos, Jocántaro de Kárate a muerte en Torremolinos, y Tromaville, la capital de los residuos radiactivos (perdonen la frikada).

En un resumen rápido diríamos que el libro narra una de las numerosas historias de un grupo de amigos, que viven en Fantasville, y que se ven a diario acechados por extraños peligros; entre otros, un día surgen del mar una especie de cangrejos gigantes. La pandilla, como se hacen llamar en el libro, intenta avisar a la gente y enfrentar a los cangrejos, sin mucho éxito; como consecuencia, uno de ellos es llevado al fondo del mar por un cangrejo, donde descubre una sociedad submarina, de millones de años, que ha avanzado hasta adaptarse tanto al aire como al agua. Sin embargo, éstos quieren matar a los humanos, para así detener la incesante contaminación que, en poco tiempo, acabaría con la vida submarina.

El libro no es muy destacable por su calidad literaria, ni por ser muy detallista o describir, como se podría esperar, una ciudad submarina hermosa y avanzada, o el aspecto detallado de todos los personajes. Es, a decir verdad, un libro breve, conciso, y poco descriptivo; pero donde no describe, resulta sugerente, y no poco: uno no puede evitar, en los diálogos, imaginarse un contexto. Si son preferibles los libros al cine por la posibilidad imaginativa del lector, con estos libros poco trabajados, tan abiertos y tan poco detallistas, todavía más, y así es El ataque de los cangrejos asesinos.

Hay un tema de trasfondo en el libro, con el que choca [y descarrila] el final (que lo dejo a la lectura, pues tampoco tiene desperdicio, y no quiero destriparlo). El tema es la contaminación, pero sobre todo la industrialización: la velocidad con que consumimos los recursos y construimos edificios y fábricas que dañan a la naturaleza tanto por su mera construcción como por los residuos que expulsan. Como ya he dicho, uno no puede dejar de imaginarse a esa sociedad submarina, como una Utopía, una sociedad natural, que respeta el medio ambiente, pues tiene incluso más conciencia de él, ya que depende en mayor medida y directamente del mar para su supervivencia; y, en el otro lado, la pesadilla de Thoreau, aquello de lo que hasta "el cerdo que se gana el sustento hozando" se avergonzaría, a lo que nos lleva la búsqueda de la "pepita de oro", gracias a la que mantenemos nuestra vida, sin ganarla de forma verdaderamente honrada: solo mediante el negocio (Una vida sin principios), en otras palabras, el abuso de la naturaleza, la degradación del hombre, que prefiere destruir para vivir a cooperar tanto para ganarse la vida como para permitir la vida de los demás: es el atajo hacia "el gran desastre de la humanidad".

Terminemos, pues, con unas líneas del libro:
-A vosotros los humanos os encanta hablar -contestó Claree con una media sonrisa de amargura-. Habláis continuamente sobre la contaminación que habéis provocado en el mar, pero no hacéis casi nada para detenerla. Pues bien, nosotros no tenemos todo el tiempo del mundo, nuestro pueblo necesita el mar para sobrevivir. Si nos quedamos sentados esperando a que vuestra gente haga algo para solucionar el problema, nos extinguiremos.

9 de abril de 2012

Nos suben las gasolinas y las ganas de armarla

El Estado del Bienestar [para quien lo tenga] ofrece servicios, ofrece dinero, posibilidades, sin garantizar su adquisición. Uno se ve obligado a trabajar trabaja para adquirir un dinero, una muestra de valor por su esfuerzo, por ser un humano, perteneciente a una sociedad tal, y no un animal, que lo mismo le sirve para algo tan necesario como comer, seguir viviendo, como para comprar regalos, objetos de decoración superfluos o accesorios de reclamo sexual: el dinero que por ser personas, por trabajar, por esforzarnos, por servir a los demás, obtenemos, nos es útil para todo por igual: es cosa nuestra elegir para qué usarlo. No deja de ser una estafa; es la gran estafa capitalista: suponernos lo suficientemente independientes, adultos, como para tener un objeto de cambio, ganado con el trabajo, que nos sirva tanto para vivir como para hacer el gilipollas.
Pero no es aquí donde quería llegar, pues buen ejemplo de todo esto es la gasolina, recurso imprescindible (lástima no representar mejor la estupidez de esto) en la sociedad en que vivimos. La oferta es genial: vehículos, aparatos de transporte, veloces, también recurso sexual [según nos muestran por la televisión], potentes y muestra de poder; la realidad es penosa: altos precios para algo que todos quieren y la mayoría tiene, accidentes constantes e idiotas por la carretera, gastos desorbitados en gasolina y enorme contaminación. Todo esto es el Estado del Bienestar; estamos ante una pequeña muestra de la estafa capitalista.

El otro día fui a llenar el depósito a mi gasolinera barata de confianza, de e.leclerc, y me encontré con la sorpresa de que la gasolina rondaba la cifra de 1'44€ (no la recuerdo exacta). Sabía que últimamente había subido, pero la última vez que fui no me fijé bien, o eso espero. La gasolina es un negocio, todos lo sabemos, y los impuestos que se le suman aumentan su precio original a más del doble. En todo esto iba yo pensando, y en que en la gasolinera de cerca de mi casa ascendía a 1'52€, cuando recordé lo que decía la canción: "nos suben las gasolinas y las ganas de armarla"


Creemos que si nos quitan el transporte (como nos pasa últimamente en Murcia con el público) estamos perdidos, incomunicados [como si perdemos el móvil o se va la luz, ¡QUE HORROR!] y no podemos seguir viviendo. ¡Somos animales, ante todo! ¡Tenemos un organismo que nos capacita para hacer mucho más y mejor de lo que nos puede ofrecer la máquina! ¡Mucho más de lo que la estafa capitalista nos hace creer!
Nos han inducido a un sueño, un sueño en el que creemos ser una completa genialidad, seres, no perfectos, sino artificiales, que no necesitan cansarse, no necesitan moverse, no necesitan gritarse ni encender fuego: solo necesitan esclavizarse de por vida para recibir un salario y, a duras penas, hipotecarse para conseguir un pequeño lujo.

5 de abril de 2012

Antes de que lo bueno me invada

[...y me voy a permitir dar un descanso a la creatividad; es decir, usarla]

Escribo ahora, que estaba leyendo a Thoreau, y hago un recuerdo de su placer salvaje, de su instintivo deseo por el deseo, por lo salvaje, de comerse cruda una marmota, o cualquier otro animal; "no porque tuviera hambre, sino por el estado salvaje que representaba".
En esa conmoción del placer salvaje, Thoreau habla de la diferencia entre lo bueno y lo salvaje; lo humano, o espiritual, y lo animal, o primitivo. Pero, ¿qué es cada uno? Hablamos de dos situaciones, de dos modos de vida, de actuación: lo que podríamos llamar civilizado, es lo humano, pero Thoreau se refiere a lo bueno, a lo espiritual; en el lado de lo animal, encontramos un estado primitivo del que Thoreau no reniega y que, por lo tanto, no puede llamar malo [en contraposición a lo anterior]. Por tanto, vuelvo a lanzar la pregunta, ¿qué es cada uno?

Cuando Thoreau habla del espíritu o lo espiritual, se está refiriendo, como todo buen filósofo, a aquello que nos hace humanos, y no solo a un elemento teológico [¡hay que secularizar todo pensamiento, así como nos lo encontremos, para saber si es o no correcto, y espantar al dogma!]. Estamos hablando del pensamiento, de la meditación, de la razón humana; es nuestra capacidad para ser nosotros, para entender el mundo, a nosotros mismos, y actuar de forma satisfactoria. Pero, no solo eso, pues una vez que aceptamos lo bueno, es decir, la moral, caemos en un juego: lo bueno y lo malo, pero sobre todo lo bueno, es lo que nos guía. Podemos meditar, pensar, ser libres, pero en una sociedad humana siempre prima lo bueno, lo aceptable, lo que se permite tanto a los demás como a uno mismo. No está mal, para hacer la vida, para ser humano, entrar en el juego de lo bueno; tampoco es, sin embargo, lo más recomendable.

Si valoramos la otra opción, lo salvaje, nos encontramos, no con algo malo [pues el juego de lo bueno y lo malo ha quedado en el aspecto humano; ya Rousseau dijo que lo salvaje no tiende al bien ni al mal, no tiene moral], sino con el instinto, la supervivencia, pero sobre todo con la vida. Encontramos muerte allá donde vayamos, y, ¿dónde hay más vida que en lo putrefacto? ¡Seguro que no en lo esterilizado! Thoreau habla de un estado primitivo, que él mismo experimentó en Walden Pons, que es una muestra de cómo no hace falta una naturaleza real del hombre, ¡para algo es adaptable! Pero, sobre todo, pese a no tener un conjunto de instintos básicos tan grande como el resto de los animales, Thoreau es la prueba de que el ser humano es naturaleza, y como tal puede vivir de forma salvaje, pese a que en sociedad pretenda limitarse a base de moral.

Entonces, ¿qué conclusión extraemos? Para empezar, no olvidemos a los clásicos griegos: todo ser humano tiende al bien, y el que pretende un mal, está pensando, equivocadamente, que es un bien. No los neguemos, al ver al salvaje que, consciente de que es un mal vivir como él lo hace, no duda en seguir haciéndolo [considerando que un hombre pueda hacer tal cosa, no dependiendo de la moral]; en cualquier caso, se trata de un salvaje, externo a la moral, por lo que sus prioridades escapan al bien o al mal, y no podrían considerarse en ninguno de los dos.
Esto significa, entonces, que es la sociedad la que nos conduce a hacer un bien y a considerar un mal (y también a considerar si el mal nos vendría bien). Por eso es tan importante Thoreau, que escribió sobre su placer salvaje, que vivió en plena naturaleza durante dos años, sintiendo en ocasiones que le faltaba ese dictado moral de lo bueno. Esto es lo que hace el buen poeta, el buen filósofo, escritor en general, o simple pensador en todos sus aspectos (aunque sea el artista), para ser realmente bueno: hablar sin ataduras morales, sin mirar a lo bueno, porque una vez que se mira a lo bueno, que uno se impregna de ello, no se puede pensar en lo salvaje como tal, sino a través de un filtro moral.
Por eso escribo, antes de que lo bueno me invada, la sociedad me reclame, y tenga que actuar frente a aquellos que piden convivencia, seriedad y responsabilidad [si estos existieran fuera de la moral], estas líneas; y mientras me despido, os incito a todos a hacer lo mismo, a salir un momento al punto de vista salvaje y, desde allí, escribir unas líneas antes de que lo bueno os invada, y dejemos de ser primates.