"...el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida." J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo

"Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción." A. Camus, El mito de Sísifo

"Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría." H.D. Thoreau, Desobediencia civil

29 de marzo de 2012

La fórmula mágica

Ocurre a menudo, culpa de esas congregaciones insulsas pero de interés de las que bien habla Alejandro Feito, que cuando alguien sale de fiesta espera, ante todo, encontrar la fórmula mágica de la felicidad, el cáliz de oro, la piedra filosofal, el soma, el éter, el anillo de poder, la idea de Bien, el perdón de Dios, y una noche de sexo; lo que a menudo encuentran, sin embargo, es la caja de pandora.

No es fácil hacerse con la fórmula mágica de la felicidad si se piensa en ella de antemano, si se espera encontrarla en unos actos concretos; en una salida de la rutina, si, pero especialmente en un modo de vestir, de beber, de andar, de hablar, o en un sitio específico, o con una sustancia específica. ¡Nada de eso os dará nunca felicidad! La felicidad es algo que se lleva dentro, que uno extrae de sí cuando le apetece; pueden dársele condiciones propicias para ello, pero nunca le han a originar esas condiciones un sentimiento tal que sea llamado felicidad, y quien así lo crea, no sabiendo por qué, se encontrará días aparentemente idénticos, unos los disfrutará y otros se aburrirá cual ostra, y dirá por justificar su falta de ánimo que la fiesta no es tal y como la esperaba, que las sustancias no son eficaces como deberían, o que la gente no se está animando [pues solo los demás deben hacerlo, a él le llega solo, sin que preste sentimiento].
Por supuesto, no estoy diciendo que uno cuando no está de ánimo para la fiesta, si se da cuenta de que es cosa suya, pueda animarse de pronto, ¡esto tampoco es una fórmula mágica!, pero si al menos caer en la cuenta de que todo lo que admitía como necesario, o incluso como propio de la diversión y causa eficiente, no resulta más que una contingencia, un complemento para la fiesta real: los sentimientos. No es igual cuando uno está contento o triste, pues cualquier sustancia le afecta de forma distinta; puede resultar, viéndonos en extremos, ser el ser más animado del mundo o un amargado deprimente, un ingenioso conversador o el mayor cazurro que haya existido (aquí, en este último, se suele tender a que ocurra lo segundo).

Pero salgamos del ambiente fiestero, y pensemos en otras cosas más cotidianas. No solo buscamos la fórmula mágica en sustancias, sino también en la gente: hablar con alguien ya implica creer que va a ser una buena conversación, y si no nos lo parece le exigimos al interlocutor que se "anime un poco" [¡que se anime! ¡como en las fiestas!], y parece que tenga algo en contra de nosotros... pero nosotros tampoco nos animamos, ¿tenemos algo en contra suya?
Todo esto es típico de quien no consigue centrarse en entender de qué está hablando: si de animales, de política [al que puede asignarse el anterior], de vinos caseros, o simplemente se habla por hablar, o incluso de broma. Tened cuidado, pues a día de hoy pocos entienden ciertas bromas, algunos necesitan disculparse por culpas de azúcar glace, de las que nadie les ha culpado, pero que decoran la conversación y parecen la razón de todo, lo que va a cambiar para siempre cómo se ha hecho el pastel... y luego si a uno no le gusta lo único que había que hacer era quitarlo [¡o no ponerlo!]. Ya no es que alguien se ofenda, pues casi nade se ofende, todos entendemos las bromas que nos hacen, sabemos encontrarles los sentidos adecuados y no sentirnos atacados innecesariamente; es peor, pues nos da por pensar que son los demás los que se sienten ofendidos, e intentamos excusarnos por ello, porque hemos dicho algo, a lo mejor el otro se ha reído, pero creemos aún así que no lo ha entendido, que se ha ofendido, pero que es tan amable que no nos lo dice y hace como si fuera gracioso. ¡Qué gilipollas somos!

Pero me desvío del tema: creemos que cualquiera de estas conversaciones nos dan la felicidad, nos ofrecen eso que necesitamos para escapar a la rutina, o a lo aburrido no-rutinario, y aquello que tememos perder. Luego abrimos la caja y la fórmula mágica se esfuma, es solo humo, es una nube que, al acercarnos, cae en tormenta sobre nosotros; pues creemos en ella como máxima, pero la máxima somos nosotros, todos nosotros, y la nube solo un condicionante para atrevernos (pues antes no nos atrevíamos) a expresarnos. ¿Qué fórmula hay más mágica que perder el miedo a decir aquello en lo que nunca se recuerda haber pensado?

28 de marzo de 2012

Mi país, mi territorio, mi ley

Hemos crecido pensando que vivimos en un país, que está compuesto por un territorio estable, en el que está establecida una ley; todo nuestro país abarca un territorio en el que, mayormente, no vivimos, y está ocupado por otras criaturas, pero en todo él, incluso en los que no habita el ser humano, impera teóricamente nuestra ley. Lo llamamos nuestro, llamamos nuestro al país, compuesto de nuestro territorio y nuestra ley, pero, ¿es legítimo? Es decir, ¿qué derecho tenemos a asignarnos un territorio en el que no vivimos activamente, que incluso está habitado por miles de seres vivos?, y ¿cómo es que podemos, si lo decidimos así, asignarles categoría de legal o ilegal, allí donde habitan y nosotros no, o de cazarlos o talarlos por placer o conveniencia, solo por llamar nuestro al territorio?; ¿acaso es realmente nuestro?
Me gustaría saber si toda esa gente que llama suyo tanto a los bosques y montes cántabros, como a las sierras murcianas, se han meado en cada árbol, en cada rincón, para marcar su territorio. Pues ésa es la ley de la naturaleza, y las de cada comunidad, humana o animal, no pueden negarla, sino que deben existir subordinadas, y amparadas por ella. Ningún animal niega nunca las marcas de territorio, uno deja su marca cuando habita ese lugar; en ser humano marca todos los lugares (talando bosques, matando animales, imponiendo leyes que solo él comprende e impone gratuitamente) y se marcha a su casa a ver la tele.

Un país consta de un territorio y una ley... la ley está clara, siempre y cuando no intervenga en otros países (o comunidades), pero, ¿cuál es nuestro territorio?, ¿solo nuestra casa, el lugar de estudio o trabajo, la ciudad en general?, ¿si salimos de ahí estaremos en otro territorio?, ¿y si vamos de vacaciones? Bueno, somos seres complejos... pero me gustaría ver a un señor trajeado meándose en todos los árboles de un terreno con tal de poder vallarlo, talarlo, y hacer un campo de golf. Esa es la ley de la naturaleza, y la humana no puede, más allá de su jurisdicción, imponer nada a seres ajenos; ¿quién le impone ley al país vecino sobre lo que tiene o no tiene que hacer?

11 de marzo de 2012

Para cualquier 11-M, o similar

¿Quién es un afectado del terrorismo? En principio, no ya los muertos que no pueden manifestarlo, los familiares de los fallecidos, diríamos. Como mucho, aquellos altamente impresionables, y a los que afecte emocionalmente hasta el más mínimo insulto; ¡también serían afectados!
Pero aquí vengo a decir (¿por qué no?) que todos nosotros somos afectados indirectos. Porque nos imparten un odio casi académico hacia ciertos actos, porque nos bombardean año tras año con homenajes en recuerdo de muertos martirizados, porque nos machacan con la misma idea vacía del homenaje, porque si no guardamos silencio somos de los otros, de los terroristas, y habría que colgarnos de los pulgares; porque todo esto se usa como arma política, como elemento para quedar bien públicamente y ganarse algún partidario, confianza, y menos manifestantes.
Hablando de manifestantes, curioso que en la página de los afectados por el terrorismo hayan dado el visto bueno a las manifestaciones del mismo día; nadie les había pedido permiso, en realidad, así que tampoco parece una opinión a tener mucho en cuenta. Se han lucido:
"... el calendario de los españoles de paz está dolorosamente marcado por los actos terroristas que nos han ido desangrando durante demasiados años. Casi todos los días tenemos una "estrellita" a la que recordar y a la que hacer homenaje. Si por esta razón fuera, casi ninguno de los 365 días del año serían hábiles para organizar ningún tipo de manifestación, concentración o evento."
 No solo no les importa que "profanen" el solemne homenaje por el 11-M, no solo permiten las manifestaciones, por otra cosa, ese día, sino que además son el niño bueno al que peina la madre para ir a la iglesia los domingos, y que opina, como de improvisto, sin que nadie le pregunte y sin que a nadie le importe lo más mínimo, que si dijéramos a algo que no, nunca lo haríamos. Dadles una piruleta, se lo merecen los afectados; que digo yo, ¿en qué les ha afectado más que al emocionalmente inestable? Si su malestar es familiar, llamémosle económico: es insostenible que creen una asociación de pena, que se inmiscuye, como espermatozoide en busca del óvulo, en debates de trascendencia moral (tanto política como la que se les ocurra; se deben de aburrir haciendo acto de presencia una vez al año).
Están intentando quitar leña del fuego del vecino, con mayor o menor éxito; pero solo es cuestión de tiempo que el vecino decida que el fuego es suyo, y a quien se meta le arrea con el bastón. Porque esto es un tema político, siempre lo ha sido y siempre lo será: si no, no tiene sentido hacer un acto público, sacarlo por televisión, comentar los zapatos de las ministras y las corbatas de los ministros, mirar si el presidente tiene la bragueta abierta, comentar por qué está o no está el rey (y sí, todo eso es política en España). Si alguien dice que se la suda, pues es un acto político, y quiere manifestarse... claro que no os importa: ¿y quiénes sois para decir que no, para negar a alguien manifestarse? ¡Si ya lo hacéis vosotros, de forma vacía, sin juicios de valor, y sin un sentido más que la pena, la angustia por la muerte, y el dolor del recuerdo de quienes murieron hace años!
Pero las cosas están así, para cualquier 11-M, o similar: un acto tan estúpidamente repetitivo y patriótico, que omitirlo es un delito moral para la mayoría de los palurdos; un acto tan medido, que de no pretender los afectados entrar a debate nos quedaría como residuo de una política decadente, si no lo es ya.

4 de marzo de 2012

La demencia social

No nos hacen falta muchos elementos para darnos cuenta de nuestros fallos; no hacen falta grandes instrumentos ni tecnologías superiores para mirar la verdad de nuestros pensamientos. ¿Para qué ir más allá de lo que nos rodea? Sartre no necesita más que un papel en blanco para exponer sus dudas existencialistas, para criticar los presupuestos tanto racionalistas como empiristas; Camus se remite al absurdo de la simple observación del mundo y a la obviedad del fallo empírico de la ciencia. Pero nos podemos ir también a Thoreau, a sus escritos, basados en la simple observación natural, o a otros pensadores como Diógenes o Sade que recurrían directamente a sus instintos como crítica y solución a la corrupción social. Las explicaciones rebuscadas, o positivas y absolutas, suelen caer en argumentos falaces, en supuestos religiosos o recurrencias a la autoridad, política o intelectual, de otros individuos o instituciones. Desde las definiciones tan perfectas del mundo de Parménides, Platón o Aristóteles, pasando por las recurrencias a Dios de San Agustín, Santo Tomás o Leibniz, hasta el positivismo de Comte. Siempre se ha despreciado la opinión, se ha acudido a la verdad como lo más absoluto, como la perfección; desde Platón, la idea de Bien nos ha invadido y se ha convertido en un punto de referencia en todo gobierno: el Bien, aquello que sigue el soberano, es indiscutible. Después, en un tópico social, en una característica establecida sociológicamente.

No nos hace falta recurrir a estas consideraciones divinas sobre la perfección del pensamiento y del mundo para disfrutar de lo que nos rodea y para criticar una vida que obviamente se desvía de la realidad. No nos hace falta mucho para, definitivamente, darnos cuenta de que el mundo no es como nos gusta verlo: un instrumento para nuestro disfrute, un instrumento para la vida humana. Nos podemos servir de él, ¿por qué no?, pero no nos es legítimo sobrepasar los límites naturales de cualquier otro animal, o para ilegalizar lo que nos ofrece; podemos no tomarlo, pero no evitar que exista, pues evitar que algo exista, pretender modificar de tal forma el mundo que corresponda a nuestros gustos ideales y no a la realidad, [remitiéndome a Selver], es demencia.

No nos engañemos, nuestra civilización es demente; nuestra política, nuestra tecnología, son obra de dementes, de individuos amargados que odian el mundo, que no aceptan a una comunidad, sino que se encierran en una sociedad tal y como hoy la conocemos: tecnológica, controlada económicamente, y obsesionada con la censura de lo que escape a la perfección de la producción humana.