"...el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida." J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo

"Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción." A. Camus, El mito de Sísifo

"Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría." H.D. Thoreau, Desobediencia civil

20 de diciembre de 2012

Recuento pre-apocalíptico

Me doy la bienvenida de nuevo, como visitante extraño, a este blog, del que en los últimos tiempos rara vez sé algo; la razón de que vuelva es la misma por la que me voy, es decir, estos estudios de filosofía que tanto ocupan mi tiempo, especialmente [el ya conocido por estos lares] Thoreau. Evito con esto hablar de un tema que suscita más mi desprecio (como tema) que mi interés: la realidad política de España, en la que un gobierno en teoría democrático y comprometido con los problemas sociales, intentando sacar de la crisis a las familias, miente sin la más mínima preocupación en su campaña (demostrándolo al hacer lo directamente contrario a sus propuestas), se burla de los ciudadanos imponiendo despóticamente reformas que solo desforman los servicios sociales, y en general sustituyendo la imagen de horror que conocieron aquellos que se han suicidado a consecuencia de su mala (e injustamente impuesta) gestión por una cara de estúpido optimismo. Dan arcadas. Nunca uso afirmaciones tan breves, pero este asunto no tiene otra cara (y la que tiene no es poca); es una completa vergüenza que ese tal "señor" Rajoy (hacia el que no tengo ni necesito tener ningún tipo de respeto moral, ni cualquier otro tipo de respeto) aparezca en nuestros televisores (ya de por sí es despreciable) afirmando la bondad y éxito de todas sus decisiones en el gobierno. Dan arcadas.
Pero en cierto sentido tampoco quiero preocuparme: se supone que el viernes nos llega el tan temido y deseado apocalipsis; temido históricamente, deseado en la actualidad, pues ya tengamos ante nosotros cualquier destino cruel y horrible jamás imaginable, nada puede ser peor que verse obligado a soportar, o simplemente a conocer, los actos de esta estafa democrática. Mi visión pre-apocalíptica es que el final del mundo será (si es que es) una salvación para la conciencia humana.

Pero no eran estos temas lo que me traían aquí, y siento que me desvío; y más que sentirlo, de hecho, me desvío. Pero yo venía a tratar un libro que hoy me ha interesado, hasta que he llegado a la parte que me importaba. Se trataba de un estudio del progreso de la filosofía en Estados Unidos, desde la llegada de los colonos hasta la época del autor (1940-1950), a fin de dar una visión histórica y didáctica de los filósofos y escuelas filosóficas estadounidenses. El título no dejaba lugar a dudas: Filósofos y escuelas filosóficas en los Estados Unidos de América, de Joseph L. Blau. Por cierto, estando en este asunto recuerdo lo que dijo un compañero en su blog, "el libro se titula Filosofía y ciencia en Hipatia pero, siendo sincero, no habla ni de lo uno ni de lo otro"; ésta es la cara opuesta, ya que en su contenido, a decir verdad, no se trata absolutamente nada más.

Aunque es una exposición bastante completa, y en cierta medida detallada, del progreso del pensamiento [filosófico] en los Estados Unidos, resulta inquietante (como mínimo) el hecho de que, para algunas ideas, o incluso para algunos autores, utilice unas concepciones demasiado generales. Podemos concluir tras su lectura que, más allá de ser un estudio sobre historia de la filosofía, no es un estudio filosófico de la misma. El problema concreto del apartado sobre Henry Thoreau reside en que, contrariamente a lo que se entiende al leer con detenimiento Desobediencia Civil (de la que solo hay que leer la primera página para entender a lo que me refiero), califica a Thoreau de anarquista; por contra, al mismo tiempo, admite que también propone otro tipo de gobierno, en lugar de ninguno (lo que no es anarquista). Si nos paramos a leer el texto en cuestión, encontraremos que ya al principio Thoreau acepta que el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto, pero critica a quienes defienden la ausencia total del mismo, es decir, a los anarquistas. Quizá la razón de esta incoherencia por parte de Blau sea que durante todo el libro no se trata ni una sola vez el desarrollo del anarquismo [propiamente] estadounidense, que se basa en muchos casos en un liberalismo llevado a términos anarquistas, y que ha derivado en la concepción del anarco-capitalismo, ya por el siglo XX. No es de extrañar, teniendo en cuenta que Blau no habla del anarquismo, que no sepa diferenciarlo de otros pensamientos, o que ni siquiera localice una oposición al mismo. Usa, así, una concepción de "anarquismo" demasiado amplia, y exterior a Estados Unidos, en contra de la intención original de su libro que, como él mismo explica, intenta exponer autores y pensamientos solo en el ámbito norteamericano. Por lo tanto, concluyo: Thoreau no es anarquista, pese a que la opinión general, y poco entendida, afirme ingenuamente lo contrario [a lo que el propio Thoreau expone en su obra]. Si entendiéramos de forma correcta Desobediencia Civil, nos daríamos cuenta de que el objetivo no es criticar la existencia de un gobierno al que hay que desobedecer (ni siquiera habla de desobediencia, pues ese título es póstumo), sino defender un tipo de gobierno en el que no se obligue al ciudadano a nada (en otras palabras, en el que no tenga sentido desobedecer, puesto que no hay nada a lo que obedecer necesariamente).

Estudio científico maya que detalla
de forma precisa y con pruebas concluyentes
cuándo será el fin del mundo
Y como ya decía antes, esperemos pues que tras este apocalípsis, uno de tantos pese a la gran autoridad científica maya, no tengamos que obedecer ni desobedecer a nadie, y tengamos un gobierno que no gobierne, puesto que ya no es un mal menor, sino un mal incontrolable. Predicaré como buen dogmático: el apocalipsis será nuestro mal menor, el único que puede librarnos de la opresión y el juego impuesto de la obediencia, ya sea, siguiendo la distinción emersoniana, natural o artístico. Ya de paso, librarnos también de las concepciones anarquistas de Thoreau.

29 de noviembre de 2012

Haciendo la tortilla

[Clase de cocina introducida por Henry D. Thoreau]

"Me temo que el que camine a través de estos campos de aquí a un siglo no conocerá el placer de hacer caer las manzanas silvestres. ¡Ah, pobre hombre, hay tantos placeres que nunca conocerá! [...] Ahora que han injertado árboles, y pagado un precio por ellos, los reúnen en una parcela de sus casas, y los cercan; y el final de todo será que estaremos obligados a buscar nuestras manzanas en un barril." (Thoreau: Wild Apples, 1862)

Estas líneas, que aparecen al final del texto Wild Apples (Manzanas silvestres), último que termina Thoreau días antes de su muerte, son resumen a mi gusto de su legado póstumo: una incertidumbre hacia el futuro de la Naturaleza, o mejor dicho de los entornos naturales [wilderness], que no tardarán, con el avance de la civilización [de la domesticación], en desaparecer. Podemos afirmar que la fuerza del ecologismo ha evitado en cierta medida esto, sobre todo gracias al pensamiento del que fue fundador, entre otros, el mismo Thoreau.

El "dinero verde" también es parte del ecosistema.
Pero ese mal augurio no queda como anécdota, no podemos afirmar que se ha tornado, actualmente, en beneficio de la Naturaleza, puesto que es la amenaza constante de nuestra testaruda domesticación. Que se desarrollen actualmente ciencias naturales y del medio ambiente, que pertenezcamos movimientos ecologistas y se tenga en cuenta en nuestra política internacional factores como la contaminación, que hayamos mejorado la medicina y dediquemos nuestro interés a las ciencias de la salud, que pensemos continuamente en formas de salvar la Tierra, no significa que escapemos a los temores de Thoreau; justamente al contrario, con la mayoría de nuestros actos, incluso los que creemos que somos magníficamente ecologistas, estamos atizando esa realidad.


Esto va más allá, e incluso forma una tortilla; rompamos pues algunos huevos.


Lo que defendemos por "naturaleza" no llega a más que aquello observable de forma aparente, sin detenernos a pensar en lo que es la Naturaleza, más allá de, como se suele decir, la conservación de las especies. ¿Acaso no las movilizamos, las llevamos de un lugar a otro, tanto fauna como flora, justificados con la pedante defensa de esa conservación, a fin de disfrutar de su presencia? Y esto va más allá, pues no solo creemos que podemos gestionar esta tierra a nuestro gusto, incluso que debemos hacerlo, ya que somos la especie inteligente, sino que como para nuestra propia conservación es necesaria la presencia de elementos naturales, nos afanamos ciegamente en una apología a la ecología y la salud. Ambas son funestas: la primera por impartir el dogma generalizado de la conservación, que se ha entendido domésticamente; y la segunda por faltar al respeto de la Naturaleza, creyendo que sus virtudes se reducen al [supuesto] beneficio de una vida fuerte y larga.

He diferenciado aquí entre "naturaleza" y "Naturaleza" por un motivo muy concreto: la naturaleza que nosotros pensamos no es la Naturaleza [existente]; esto no significa que no podamos concebir la Naturaleza, sólo que no sabemos [por lo general] hacerlo, hemos perdido esa facultad, nos la han robado con nuevos avances tecnocientíficos y médicos, y teóricas democracias. Actualmente, como bien exponía Thoreau, "no hay Sabbath", no hay descanso para el hombre de esa doméstica y pasiva [al mismo tiempo que destructiva] civilización a la que falsamente llamamos vida, o [descaradamente] buena vida.

Mientras confiemos en esa falsa ilusión de naturaleza, en esa concepción de la bondad basada en la agonía, nos sentimos felices y a gusto. Si algo ataca nuestra tranquilidad, le decimos [con un berrido] que no es ético. ¿Acaso no creemos en nuestra misión de salvadores a modo de dueños, amos y administradores del mundo?

¿No argumentamos que la desaparición de la naturaleza es, a fin de cuentas, la desaparición del ser humano, lo que jamás podríamos permitir?

Demos ya la vuelta a la tortilla: ¿no sería nuestra desaparición la única oportunidad de conservación para la Naturaleza?
Dar la vuelta a la torilla, también llamado ser "inhumano", "terrorista", o "salvaje"

9 de noviembre de 2012

Cuentos

Hoy me quedo simplemente en los cuentos (si es que pueden ser simples).

He estado revisando los "Sueños" (los dos únicos que tenía escritos), de los que puse aquí el segundo, "Soñar las costumbres", y he decidido, en vez de hacer lo mismo con el primero ("Alberto, o Soñar la muerte"), unir ambos en un solo archivo, ya que son realmente cortos, y añadirles una pequeña introducción explicativa. Los he publicado, como suelo hacer, en scribd, y he dejado el enlace de igual forma en "Textos".

También he caído últimamente en la tentación de visitar blogs [de conocidos] dedicados a la exposición de historias, cuentos, y textos creativos en general, de los que figuran en mi lista de blogs, y que recomiendo profundamente. No voy, aunque lo tenía pensado, a explayarme aquí hablando de cada uno de ellos, ya que siento cierto aprecio, amistad, o amor hacia su esfuerzo; aunque sea más o menos cierto, no tengo por qué expresarlo aquí.


Concluyendo esta entrada [informativa], dejo constancia de que estoy terminando un par de historias, una que llevaba inconclusa desde hace demasiado tiempo, y otra que comencé hace poco y que sobrepasa considerablemente la extensión habitual de mis cuentos breves.

6 de noviembre de 2012

Sobre asuntos que ocupan mi pensamiento

No sabía dónde ni cómo clasificar esto, así que simplemente lo titulo como veis y expongo lo que viene a continuación.

Desde hace unos días...

...llevo pensando que no existe solución; estoy convencido de que no la hay.
No me refiero a nada en concreto, sino en general, en abstracto [si se me permite el término]: no hay salida, pues no hay nada de lo que salir. No existe solución a la crisis, ni existe crisis alguna en el mundo que debamos solucionar tan precipitadamente, y de la que tengamos que preocuparnos. Por lo menos a mí no me preocupa la crisis, la economía, el hambre, la guerra, la educación; lo veo todo muy distante, muy oscuro, o más bien nublado, artificiosamente, como si se tratara de una cortina de humo fruto del gran abano de aquél que intenta infundir miedo, pánico, temor y necesidad de un cambio (político, económico, o como lo quieran llamar) que solo cambie a quien está en más elevada posición.
Que nadie crea que me desentiendo de los problemas; no es que me desentienda, es que no valoro esos problemas. No me importa que digan que hay una gran crisis, más si encuentro en mi entorno complicaciones de ese tipo; es decir, me importa lo que ocurra, y no lo que digan que está ocurriendo. Es la diferencia básica: cuando el televisor anuncia una caída de la economía (siempre me he preguntado qué significa eso en realidad), los ajenos se asustan, puesto que los que se habían implicado ya lo sabían. La estupidez política va más allá de la empatía.

Hoy mismo...

...viendo de casualidad (puesto que ya muchas veces incluso lo evito) un noticiario cualquiera, se encontraron mis oídos con palabras de Rajoy, concretamente con un descaro, pero no de los que a mí me gustan, sino una completa burrada, hablando en plata, si no en bronce. A lo mejor alguien, al igual que yo, lo ha escuchado de casualidad y se ha sentido inquieto; o quizá ha sentido cierta esperanza, pero debe saber en ese caso que será enseguida rechazada por una rápida y simple reflexión. Yo casi atisbo esa ignorante felicidad, débilmente apreciable, como si fuera de un sueño divino, resplandeciente, de suavidad extrema, cuando se negaba a apoyar el "euro por receta".
Su argumento parece surgir más por la envidia que por la justicia: no es capaz de soportar que otros impongan un recorte, o un pago extra, que a él no se le había ocurrido, o no había podido aplicar primero [esto sí es una defensa de sus principios en toda regla]. Veo a Mariano apenado, nervioso, asustado, acurrucado en un rincón pensando que los otros están llevando a cabo abusos que él no había valorado entre sus posibilidades; pero no se queda atrás, sino que alza la voz y se niega a que en Madrid y [además] en Cataluña obliguen a pagar por las recetas, tanto así que admite ante todos nosotros que solamente él puede imponer esos recortes, esos abusos, esos pagos extra, e incluso que ya está haciendo suficientes, por lo que no hacen falta más; y si hicieran falta, ya está su gobierno dispuesto a ello.

Quizá en un futuro...

...pueda conocer la razón final [y, por tanto, inicial] que me sitúa aquí (al margen de lo que signifique "aquí", si lugar, tiempo, modo...). Podemos teorizar al respecto y perder la noción de la existencia misma, suponer fantasiosos finales del mundo y orígenes del mismo, y no llegamos a nada. ¿Por qué no podemos ser simples?
Quiero hacer una revisión de los ensayos y entradas ya escritos que por aquí hay disponibles, y de los que no; quiero hacer una comparación entre lo que dije y lo que digo, con lo que decían otros y aún alguien pudiera defender en la esquina de un bar, o en medio de un bosque el único día que le queda libre de todo el mes para poder vivir.

Es curioso que ese vivir sea más que suficiente para cualquier libertad natural posible, mientras que en nuestras sociedades se vuelve justificante de obligaciones para con las obligaciones de los demás.

El salvaje amistoso: segunda parte


The law will never make men free, it is

men who have got to make the law free.









Que esta breve explicación, junto con los textos de Thoreau, sea ilustrativa a la hora de entender la razón que nos lleva a la desobediencia civil [entendiéndolo en cuanto a este concepto], y podamos ver más allá del dogma de la ley, dogma de la autoridad establecida, del respeto hacia las normas, de la decencia, la obediencia y la corrección.





El hombre que vive de y para sus principios

He querido titular esta segunda parte del "salvaje amistoso" bajo una terminología propia de Thoreau, una referencia a los principios, que guían un modo de vida, que sirven para establecer lo que uno debe hacer. Este hombre puede ser salvaje [como Thoreau], o no; puede preferir estar solo o acompañado; puede elegir lo que desee, lo que, bajo su criterio, deba hacer: lo importante es que comprenda que tiene un deber establecido a partir de su criterio personal, y no el ajeno.

Dejé al final de la anterior entrada una puerta abierta a la presente: para ser un "salvaje amistoso", al modo que defiendo, es necesaria una reflexión, una convicción, unos ideales, unos principios. El que estos existan en un individuo no significa que el mismo posea un contenido moral específico, sino una forma para el mismo: la necesidad de perseguir una convicción; y repito que esto no es un contenido, sino una forma. El contenido es, en cierto modo, independiente a esto, aunque hay, según Thoreau a este respecto, una característica importante del mismo: "La acción que
surge de los principios, de la percepción y la realización de lo justo, cambia las cosas y las relaciones, es esencialmente revolucionaria y no está del todo de acuerdo con el pasado." (Desobediencia civil y otros textos, 49) [La negrita es mía]

[La edición que manejo en esta entrada es una antología general de textos, seleccionada por Vanina Escales, que se compone entre otros de los ensayos típicos pertenecientes a Desobediencia civil (Una vida sin principios, Desobediencia civil, La esclavitud en Massachusetts, y Apología al capitán John Brown), junto con Caminar, y algunos fragmentos de Walden, entre lo más destacable, que puede descargarse en este aquí. Justamente los textos de esta antología muestran fielmente el desarrollo de lo que expongo, razón por la cual la nombro y recomiendo en este caso concreto.]

¿Qué significa, entonces, eso de "salvaje", en cuanto al seguimiento de unos principios?

Comienza Caminar de la siguiente forma: "Quiero decir unas palabras en favor de la Naturaleza, de la libertad total y el estado salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura simplemente civiles; considerar al hombre como habitante o parte constitutiva de la Naturaleza, más que como miembro de la sociedad." (Desobediencia civil y otros textos, 127) [La negrita es mía] Para Thoreau existe una contraposición esencial entre la libertad del salvaje y la del civil, una diferencia que reside, sobre todo, en la aceptación de la Naturaleza; esa aceptación es de la que trato aquí: el salvaje es el hombre de principios que vive conforme a su naturaleza, y no meramente conforme a la civilización. Este "salvaje amistoso" vive de y para sus principios, de tal modo que su forma de actuar ha sido meditada por él mismo, ha sido orientada hacia lo que considera correcto, desde un razonamiento iusnatural (es decir, desde el derecho inherente en la Naturaleza).

¿Qué significa que el salvaje sea amistoso?

Según el concepto que explico aquí, y siguiendo a Thoreau, se trata de aquél que, aceptando y afirmando que no solo necesita, sino que es parte de sí mismo cierta relación social, cierta amistad con el resto de hombres, se niega a comprometerse con el gobierno y someterse a él, o confirmarse como dependiente de sus dictados. Es decir, el que se sitúa frente a las leyes y las pondera desde sí mismo, a modo de salvaje, admitiendo para sí solamente las que le resulten justas o adecuadas en relación con sus principios.
No hay más verdad para él que lo que su naturaleza admite experimentar; no hay más certeza que la amistad con el estado salvaje y originario de las cosas.


"El amor no tendrá más uso,
Que el que tiene el tinte de las flores,
Sólo el huésped libre
Frecuenta su morada,
Hereda su legado." (Desobediencia civil y otros textos, 205)

5 de noviembre de 2012

El salvaje amistoso

Cuando nombramos al salvaje podemos suponer muchas cosas, hablar sepultados bajo grandes cantidades de prejuicios, o tras máscaras propias o prestadas, pero a fin de cuentas solo podemos hacerlo bajo tres supuestos éticos: el buen salvaje (que se le suele asignar a Rousseau), el mal salvaje, violento o egoísta (establecido en especial por Hobbes), y un tercero estable, o racional, que une egoísmo y afecto entre sus posibilidades (lo que expone Hume, y en cierta medida lo que escondemos de Rousseau).

De la posibilidad de estos salvajes no nos cabe duda, puesto que no hablamos [o por lo menos yo no hablo] cuando nos referimos a ellos de un ser humano necesariamente en un estado de naturaleza, anterior a sociedad alguna, que pueda presuponer que es bueno, malo o regular (ni siquiera si tiene valores morales). Esa visión del salvaje, o más bien esa especulación, me parece del todo inconsistente por las siguientes razones:
  1. Basándonos en el hecho mismo de una evolución, o un cambio en las especies, o de un origen cualquiera desde el que un grupo de seres se multiplicaran y dividieran [necesariamente en este orden], no podemos admitir que en el surgimiento de una nueva especie en concreto exista, de por sí, una naturaleza especial de la misma que no podamos enlazar con la anterior; esto es, que cuando apareciera el primer ser humano [separándolo artificiosamente como tal], éste tendría en sus costumbres una dependencia indudable hacia la especie anterior, donde se debe criar. Así, el cambio a una naturaleza humana solo se da, en el cambio de la especie, como un cambio de posibilidad, pero nunca se moverá ésta a una naturaleza de contenido (es decir, que actúe de tal forma por haber nacido con una nueva modificación que lo caracterice, ya sea como hombre o como ornitorrinco).
  2. En el caso del ser humano, siendo concretos, debemos admitir que no hay razón por la cual, si admitimos entre nuestras características esenciales la desespecialización (esto es, que nuestros sentidos y capacidades pierden su carácter específico y especializado para dejar paso a una posibilidad de manipulación y aprendizaje), seamos, por nosotros mismos, buenos ni malos. Cuando un niño relativamente pequeño hace algo que nos resulta inaceptable en su conducta, y por ello lo castigamos, no podemos decir que es malo, más que por desconocimiento (suponemos que desconoce esa norma moral), y en ese sentido malo no se adecúa a la maldad de quien conoce cómo se debe actuar en sociedad, y de igual forma pasa cuando el mismo niño es bueno; y lo único que pudiera caracterizar si son buenos o malos en el futuro es la forma en que se repriman o se premien esos actos. Con esto tampoco defiendo que actuemos de una determinada forma al nacer, o por lo menos no por naturaleza: en todo caso, actuamos por accidente, en base a las posibilidades.
  3. Por último, suponer que el ser humano en su estado de naturaleza es un salvaje, aún no sociable, que puede aceptar una moral comparable a la sociable, es un absurdo. Creo que esto salta al entendimiento de cualquiera: no podemos comparar a un ser social con otro que no ha tenido relación social alguna [en cualquier posibilidad de la misma, teniendo en cuenta en todo caso que comparamos dos conceptos que deben ser idénticos a la hora de aplicarse, y que por lo tanto no pueden admitir en un lado variaciones no reflejadas en el otro; es decir, no pudiendo establecer otro tipo de relaciones sociales a un ser que suponemos no-social, argumentando una variación en las mismas, como por ejemplo establecer relaciones con animales comparables a las que se tengan con humanos, pues ya sería esto también suponerlo en sociedad, y no estaríamos hablando de ese estado de naturaleza].

Teniendo esto en cuenta, la cuestión es, ¿cómo considero yo al salvaje, o en todo caso la posibilidad de un estado de naturaleza? Las dos ideas son discutibles desde mi punto de vista, aunque más la primera, ya que la segunda está muy limitada, como ya he defendido; siendo así, empiezo por ella.


Estado de naturaleza


Como ya he argumentado, no podemos defender en un estado de naturaleza anterior a toda sociedad como posibilitado a la moral, por ser un derivado de la misma necesidad social, de interacción, de costumbres; la misma suposición de este estado incluso nos resulta ilógica, irreal, falsa, si no al menos discutible, ya que incluso el ser humano, teniendo experiencia de sí mismo, puede establecerse de algún modo costumbres o hábitos que considera adecuados. Este estado de naturaleza obliga a algún tipo de relación social; el paso que suponemos de la animalidad a la sociedad humana es meramente de conciencia de la misma, y por lo tanto de posibilidad de reorganización a partir del razonamiento, y no solo de la experiencia fáctica.


Salvaje


Debemos mantener, entonces, que todo salvaje tiene alguna noción de lo que nosotros llamamos "sociedad"; no tiene sino otra organización.
Desde mi punto de vista, podemos entender al salvaje en dos sentidos: uno originario, anterior a una sociedad política instituida como tal [que resultaría el más cercano a ese salvaje ideal del que decía que no podía darse], y otro social, posterior a esa sociedad, y exiliado de la misma [al estilo de nuestro conocido Henry Thoreau]. Aunque admito igualmente tres variables:
  1. El egoísta, o solitario, en la línea que se defiende al salvaje en su supuesto estado de naturaleza (el que yo no admito, pero he querido adaptar). Admito su presencia a modo de ermitaño. Es una figura que podemos encontrar en la actualidad: el marginado social, que vive aislado no siempre por decisión propia, sino que puede ser atormentado por el entorno, excluido, o incomprendido. Es, por supuesto, posterior a la sociedad, aunque puede darse también antes, si consideramos que, al mismo tiempo que se crea, él queda al margen.
  2. El familiar, o los familiares, es decir, que vive en una familia delimitada: una pareja estable, o más, unos hijos, etc. Este tipo de salvaje lo comprendo sobre todo como originario, o anterior a la sociedad política instituida, ya que es a partir de las relaciones familiares de donde podemos establecer una sociedad compleja; es decir, es el salvaje por excelencia antes-de la sociedad. En cuanto a su papel posterior, lo veo muy poco probable, ya que tiene un impedimento básico: para mantener a una familia es necesario establecer ciertas relaciones con el entorno, por lo que resultaría muy difícil ignorar a una sociedad ya instituida, siendo así que se viera, tarde o temprano, forzado a relacionarse socialmente.
  3. Por último, está el salvaje que yo más defiendo: el que, pese a ser en cierto modo ermitaño, no renuncia a cierta relación social, es decir, que no vuelve a un supuesto estado de naturaleza, no se excluye del resto de seres humanos, no impermeabiliza su entorno; es el ejemplo de Thoreau. Éste es el salvaje amistoso, o afectivo, que no tiene una relación familiar que le obligue a depender de nada más que de sí mismo, pero al mismo tiempo interactúa con sus vecinos, de forma que, pese a situarse al margen de la sociedad política instituida, admite cierta naturaleza sociable, amistosa, fraternal, que se relaciona con sus semejantes. Para este acto necesitamos algo más que un accidente, o una exclusión social generalizada, o una dependencia o independencia concreta: es necesaria una reflexión, una convicción, unos ideales, unos principios que puedan ser definitivos a la hora de elegir. Ésta es quizá la idea más importante, tanto para el salvaje como para el civilizado, que puedo exponer aquí. Por ello quiero tratarla más detenidamente en una [siguiente] entrada más detallada, y así ampliar las razones que llevan a la práctica de esta soledad, independencia, a modo de crítica, que realiza Thoreau y nos deja constancia.

31 de octubre de 2012

La foto de la clase

Hace [relativamente] poco (que por eso queda aún en mi mente) leí un cuento corto de Dan Simmons, titulado La foto de la clase de este año, que dejó abierta una ventana en mi pensamiento que me veía en la obligación [a causa del frío] de cerrar. Paso primero a hacer un pequeño resumen de la historia:

No sabemos con exactitud el año o la fecha de la historia, solo que trata de la foto de final de curso de una clase. La protagonista, la señorita Geiss, es profesora en un colegio para discapacitados de todo tipo, desde chicos con traumas, o que han pasado por enfermedades muy fuertes, como el cáncer, a discapacitados mentales. Sin embargo, en esta historia, sus discapacitados son muy diferentes: son zombies. Su objetivo es educar a estos chicos a fin de que mejoren su concentración y puedan ser sociables.

Invito a todos a leerla, es corta y entretenida, se hace muy amena, al contrario de la complicación que suele acompañar a Simmons [o quizá es que yo me he acostumbrado ya a él]. Se encuentra en una recopilación, titulada "Zombies", de John Joseph Adams, y acompañada por alrededor de otras treinta historias sobre Zombies, todas ellas de distintos y reconocidos escritores. Seguramente hable más adelante de alguna otra que también me parece interesante, pero por ahora me conformo con Simmons. Ya nombré [aquí] este libro en agosto, cuando lo compré, y lamentablemente no he podido, hasta hace [relativamente] poco empezar a leerlo.

La idea que baraja esta historia me es muy familiar: ¿podemos enseñar buena educación, buenos modales, buen comportamiento, o los valores que la sociedad establece como buenos y aceptables, a cualquiera? Y con cualquiera me estoy refiriendo a cualquier ser, tanto humano como animal [en lo que sea que nos diferencie], o incluso vegetal. Hay, obviamente en esto, límites. Una planta no aprende del mismo modo que un animal, y habría que estudiar si realmente aprende, o más bien aprehende, de un modo manifiestamente diferente al animal (y en especial al humano). No podemos enseñar a una planta que se comporte de una determinada forma gritándole, o dándole mimos cuando hace algo bien; no tendría sentido, aunque se haya demostrado que ciertos tipos de música estimulan su crecimiento, pero ese no es ejemplo de lo que pretendo explicar. Las plantas aprenden solamente mediante aprehensión (es decir, yo voy a defender que aprehenden), y la única forma de que lo hagan es mediante impulsos directos, de hecho, y no de significado psicológico (pues eso sería un factor de crecimiento, no educativo); un ejemplo claro de esto es cuando pasamos una enredadera por alambres o vallas estratégicamente colocadas para que tapen una zona o no invadan otra, o a un palo para que no se doble. Es, por supuesto, una educación simple y práctica, pero no teórica ni transcendente: si una parte de la planta crece por accidente hacia el otro lado, va a seguir haciéndolo aunque el resto se enrede por una valla.

La diferencia de la educación en los animales con respecto de las plantas es indiscutible y muy fácilmente apreciable; si tenemos en cuenta que cualquier animal no-doméstico aprende costumbres y hábitos, al margen de los instintivos, para convivir con una manada, no tenemos mucho más que decir de ellos. El ejemplo más claro se encuentra en algunos primates, que enseñan nuevas formas de realizar una actividad a los jóvenes, es decir, una forma que no era instintiva, sino que se ha aprendido. En cuanto a los animales domésticos, el cambio es más radical: hay, desde que nacen, una educación en cuanto a costumbres, lugares a lo que se les deja o no ir, o donde duermen, cosas que deben o no hacer, horas en las que se les da la comida, o en las que se les saca a pasear, y un largo etc., incluso algunos aprenden "trucos" a cambio de comida (como es el caso de los delfines, aunque clasificarlos como domésticos es un poco gratuito, pero quiero hacerlo por esta circunstancia de la que hablo: la educación).

En el ser humano (diferenciándolo de los animales domésticos y no-domésticos) encontramos un cambio más radical, pues la educación tiene una complejidad superlativa, a veces incomprendida, otras sobrevalorada, aunque podemos definirla actualmente bajo un objetivo: la socialización; y la razón de ésta es la falta palpable de instinto, en este sentido, más allá de la conducta personal más básica y elemental. Creo que todos podemos suponer las diferencias, no hace falta que me dedique en este blog a tratarlas, pero quizá sí algunos aspectos a fin de reforzarme en esto: podemos educar a alguien para ser lo que no es, o lo que no sería mediante otra educación [según suponemos], de modo que podemos hacer a dos hermanos, o simplemente a dos individuos de la misma especie, con características personales similares, totalmente distintos, uno amable, bondadoso, considerado con los demás, criado en la sociedad del "gracias", mientras que el otro sea un desperdicio social, un delincuente sin solución, un ladrón, un asesino, un drogadicto, y todo lo que queramos proponer en contra del bien común; podemos criar entre nosotros a un religioso de la ciencia, o a un hombre de letras que disfruta de la lectura y la vida en los bosques. Es decir, que estamos definidos por la educación que nos damos, o que nos dan, aunque defendamos incansables nuestra libertad nos posibilita a elegir; la libertad estará, en cualquier caso, definida por la educación.

Entonces, ¿dónde quedan los zombies?

[Primera pregunta], ¿quién se imagina educar a un zombie?
[Segunda pregunta], ¿quién se imagina que sea útil intentar educar a un zombie?
[Tercera pregunta], ¿los zombies se dejan educar?
[Cuarta pregunta], ¿los zombies tienen voluntad humana?
[Quinta pregunta], a fin de cuentas, ¿qué tienen los zombies de humanos y qué de animales, suponiendo que tienen algo de vivos y al mismo tiempo que no son plantas?
[Conclusión], ¿pueden volver a ser humanos normales, es decir, mantener sus facultades humanas vivas?

Estas preguntas [creo] se van respondiendo por sí mismas. La primera responde al argumento de la historia, como debe ser, y plantea el principio del problema: ¿es loable, al menos teóricamente?; y la segunda concreta lo que nos interesa: ¿es, en todo caso, factible? Y las siguientes vienen al respecto de cómo y por qué.

[Antes de seguir quiero apuntar que el cambio de táctica en la entrada, de hablar de los hechos (educación de plantas, animales, humanos), que pueden comprobarse, a tratar lo mismo en seres ficticios, no es más que un trabajo reflexivo en cuanto a algo que existe en nuestra sociedad (aunque sea teóricamente) y que puede entenderse, a fin de cuentas, como metáfora de algunas realidades, como ya he defendido en otra entrada sobre zombies. Vuelvo a lo que me ocupa.]

Voy a dejar las dos primeras para el final, pendientes del resultado de la reflexión planteada a raíz de ellas. ¿Los zombies se dejan educar, o pueden ser educados? Es un asunto difícil de responder a priori, pero que podemos, sin embargo, ante los diferentes tipos de educación expuestos anteriormente, afirmar como posible; es decir, de algún modo podrán ser educados, ya que son seres vivos. El asunto de si se dejan es distinto, y tiene que ver con qué tipo de seres sean; yo me atrevo a afirmar primeramente que no son plantas, ya que pueden percibir el mundo, al menos, de forma animal, ya que conservan los sentidos (aunque en cierta forma muertos, o disminuidos) de un organismo humano. Sin embargo, nos resultaría precipitado afirmar que tienen razón o incluso voluntad humanas que puedan guiar sus actos; aparentemente son mero instinto. Es interesante hablar de qué instinto tienen los zombies, ya que no es animal (ellos no son animales, y por lo tanto no pueden adquirir un instinto que pertenezca a los animales, más que en la medida en que el ser humano es un animal; quiero decir, que su instinto es humano); es la quinta pregunta la más adecuada a esta parte de la reflexión: si los zombies tienen de humano el instinto, pero no la voluntad, que puede reducirse a una voluntad simple y llanamente animal (con esto me refiero a una voluntad que prima instintos y necesidades corporales), nos encontramos que su educación, a la que se pueden someter como cualquier animal [debido al carácter de su voluntad] es factible, aunque resulte complicado compararla a una educación humana típica. Es decir, que podemos acostumbrarlos, y podemos moldear su instinto y sus hábitos, de modo que se controlen sus necesidades.

[Quiero apuntar antes de concluir que a lo que me refiero cuando digo que tienen instintos humanos no es a otra cosa que a una valoración negativa de nuestros instintos naturales; esto no es, sin embargo, una valoración negativa de nuestra naturaleza humana, que es bien distinta, sino de los instintos que nos han ido quedando, que son básicos y sin ningún tipo de organización ética natural, es decir, sin medida, ya que la medida es impuesta socialmente.]

En conclusión, ¿pueden los zombies volver a ser humanos normales, sociables, o, mejor dicho, socializados? Yo soy escéptico en este punto, ya que no creo que puedan volver a su estado original (aunque algún autor de ficción pueda inventar una vacuna efectiva; puede hacerlo porque no está hablando de nada real que alguien pueda contradecirle con hechos, si su argumentación es lógicamente correcta), y sobre todo porque pierden una gran capacidad, que es la de aprender al modo humano; sin embargo, es posible enseñar costumbres, y lo que es bueno, sobre todo con mucha paciencia, como se hace con los animales domésticos [aunque con estos haga falta mucha más paciencia porque, en principio, todavía son no-demésticos, y hay que alargar el proceso aún más]; paciencia es lo que le sobra a la señorita Geiss.


PD: quiero disculparme por dedicar tanto tiempo a este asunto de tan poca importancia en comparación al resto del blog, pero he intentado introducir bastantes asuntos de importancia actual, que cualquiera que medite al respecto podrá encontrar. Además, quien lea la entrada sobre zombies que en su momento escribí y que he enlaza igualmente en dos ocasiones a lo largo de esta entrada, lo comprenderá perfectamente.

30 de octubre de 2012

El monstruo

[recopilando mis ocupaciones de los últimos días...]

Primero una disculpa, pues he estado un tiempo sin escribir aquí [mal hecho], debido a otras ocupaciones, entre las que puedo destacar clases y prácticas de la universidad; pero tampoco puedo omitir mis ocupaciones voluntarias y ociosas (si se me permite decir que las otras no lo eran, o por lo menos no en la misma medida), lo que viene siendo, sobre todo, una revisión más detallada de los libros y textos que tengo de Thoreau, tanto en castellano como en inglés, escritos por mí, y diversos artículos, y, por otro lado, la escritura de un par de historias cortas que tengo la intención de subir, como es mi costumbre, a scribd.

En cuanto al blog de Espesuras Transcendentales, he desistido en su realización, sobre todo ante la falta de tiempo; pero que nadie tenga dudas de que, si no es ahora, más tarde, publicaré aquí igualmente un estudio más detallado sobre todo de Thoreau y Emerson, y sobrevolaré el resto del lugar para dar una buena visión de esta corriente transcendentalista. Por el momento, si a alguien le interesa el tema, recomiendo profundamente "Emerson entre los excéntricos", de Carlos Baker, para quien pueda acceder a él (yo lo he hecho en la biblioteca de la universidad).

Por otro lado esta entrada [que está siendo un coñazo, ¿no?] quiero completarla con un cuento breve que escribí hace un tiempo y dejé, como muchos otros, olvidado, pero me apetece ahora compartir; creo que ya la leyó alguien en su momento, pero no recuerdo quién ni dónde, la cuestión es que aquí no estaba.


EL MONSTRUO

El principio de todo fue la palabra.

- ¡Monstruo! ¡Monstruo!

Luego vino lo demás, pero todo tenía que ver con la palabra.

- ¡Corred! ¡Salvad la vida!

De nuevo los gritos de la gente, de los habitantes del pueblo, de las muchachas aterradas por la presencia inhóspita; los jóvenes tirando piedras, escondiendo entre burlas el miedo y la conmoción; los viejos sentados en sus puertas, esperando la muerte, ya venga o no del ser a quien todos temen, a quien nadie enfrenta, a quien nadie conoce más allá de la palabra.

- ¡Monstruo! ¡Que viene el monstruo!

Nadie lo ha visto, y ya se ha ido; una mujer asustadiza, que lo ha visto, no lo ha visto, no sabe qué es, no sabe cómo es, no sabe si lo ha visto, pero dice que estaba. Estaba, si; para todos ha estado, aunque a nadie se le ha presentado, y no ha sido observado en sí jamás, ni captado por cámara alguna, todos saben que estaba, está y estará al acecho, siempre, ahí. ¿Dónde? En cualquier parte, allá donde miren; en sus mentes; en sus palabras.

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Algo me despierta, son voces que hablan de un monstruo, de un ser que persigue a hombres, que se esconde tras los árboles, que se encierra en los sótanos más oscuros. Una niña se perdió en el bosque; se la comió. No me interesan las voces, ni lo que dicen, así que vuelvo a dormir, en silencio, respirando pausadamente, pero eso no me libra de las pesadillas; más voces me atormentan, gritan alarmas y suenan figuras deformes, como en tarros de líquido espeso, que difumina la luz; todos corren por el campo, de noche, alumbrado por las llamas rojas que consumen las casas de madera y hacen sudar las frentes de quienes aún quedan relativamente cerca, de quienes huyen, de quienes se quedan a morir en su interior. Parece tan eterno que no vaya a haber mañana siguiente, que no exista futuro, que solo el presente pueda verse; no hay posibilidad de madrugada, de sol saliendo por el horizonte, pues para que el horizonte se envuelva en tonalidades anaranjadas la paz debe reinar; no hay paz, el infierno parece eterno; el fuego cambia, pero la imagen sigue estando intacta, hasta que se queme la foto y todo vuelva a la ceniza, al polvo, a la calma triste y gris, de negrura infinita, profunda, que obligue a las gentes a sentarse agotadas, mientras lloran su pérdida y el fénix vuelve a nacer, sin que intervengan.
Vuelvo a despertar y a dormir varias veces hasta que, ya agotado del ir y venir de la catástrofe, alzo el vuelo y me dirijo, nadando río arriba contra corriente, a la iglesia del pueblo, la que en todos mis buenos sueños acaba ardiendo, y la que genera el fuego de mis pesadillas. Apenas se respira vida en su interior, es una cáscara muerta, húmeda, con figuras vacías de espiritualidad, que observan con perversión todo lo que ocurre, que miran fijamente a todo aquel que ose entrar. Si hay una pesadilla de verdad, debe ocurrir aquí dentro. Las paredes atrapan toda luz y proyectan un eco negro, sin ánimo, sin pasión, con un tono fúnebre que aceptaría tanto el horror que incluso lo encubriría; son paredes que podrían haber soportado impunes la mayor de las matanzas. Y fuera está el monstruo.
Se escuchan sus rugidos, sus gruñidos solitarios, más agudos, más graves, más fuertes, más débiles, desesperados; es, sin duda, el monstruo quien está fuera. Desaparece su voz, vuelve a aparecer, se genera una tormenta de eléctricos graznidos, de susurros a gritos y reclamos de piedad; el monstruo viene y va de una garganta a otra, se mueve por la entonación del miedo, por la rapidez de sus zarpas que corren peligrosamente en torno al nihilismo de su conciencia. Se fusiona con las gentes a las que persigue: ahora un señor bigotudo, luego una mujer embarazada, más tarde una niña a la que han educado en el terror, y termina atormentando a un cura. Termina, como si nunca hubiera empezado, como si nunca hubiera terminado, como si su eternidad lo convirtiera, igualado al hombre, en su eterno enemigo.

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El cazador sale de su madriguera, encuentra una luz cegadora que, entre las copas de los abetos que va a invadir, se filtra; busca al monstruo y no encuentra más que reflejos en los ríos de su locura, en los ojos de la naturaleza que lo miran decepcionado, espantados por la escena; arma en mano, cargada de terror, pisando humo con sus pies descalzos y con las botas el abrupto terreno enraizado, sujeto por majestuosas formas de vida. Una hora, dos horas, tres horas, y hasta cuatro horas en las que el cazador, sobre el humo de su propia naturaleza, cree no poder hallar su objetivo, inmerso en la complejidad de lo desconocido. Se da la vuelta, dispuesto a irse, o eso cree; no hace falta más que la pérdida del rastro, del camino de regreso, para darse cuenta de que está rodeado, de que no puede escapar de allí sin encontrarse con su destino, aquél al que acababa de renunciar, aquél del que quería justo en este instante escapar, el que le persigue en el momento en que no lo quiere y que antes parecía eludirlo ante su contundencia inicial; sus pies vuelven a caer sobre las botas, ya no está el humo, el terreno se vuelve escarpado, imposible de atravesar; la luz desaparece antes del alba. No tiene más opción que correr, que lamentar, que huir del monstruo que, ahora sí, le persigue, le acecha; ha convertido al cazador en presa.

Puedo observar, desde mi ventana, al cazador; corre como loco, cegado por el monstruo, casi por los límites iluminados, los últimos abetos que lindan con el pueblo, y cuanto más se acerca a la salvación, a su cordura, más sufre su miedo, y se lanza a correr en dirección opuesta, hacia una salvación interna, hacia la muerte de su enfermedad, que no reconoce ya separación con el enfermo. Se escucha el sonido del cazador, al fin, hallando el gatillo, ahogado por un disparo que a nadie parece alcanzar; los pájaros vuelan en rededor y los animales terrestres se alejan por instinto, se esconden, mientras la curiosidad humana asoma y se acerca a su destino. Yo sigo sentado, mirando por la ventana. Una mujer muere junto a su hijo, y el cazador regresa, ya sin munición, satisfecho de su hazaña al lamentable cuadro formado por decenas de humanos pidiendo clemencia a su desvarío.

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Han pasado años, y la inutilidad del monstruo se ha dado a conocer: todos nuestros muertos, encerrados aún en sus cajas, en sus tumbas subterráneas, no han sido tocados más que para morir, no han sido devorados; no ha servido de alimento a ningún monstruo más que nuestro miedo, pues no es un monstruo de la naturaleza, sino de la humanidad. Nadie lo ha visto aún, sigue sin ser fotografiado, sigue sin haber constancia tras su paso, más que los muertos y el terror de los vivos; la sangre corre bajo sus cabelleras, en sus ojos llenos de pánico, reflejo de sus almas corruptas; inmersas, ahogadas, en el caos de la insulsa existencia. Ya no hay bosque, ni casas de madera; todos vivimos en grandes ciudades, es el dogma reinante, la fe a seguir para escapar del monstruo, pero aún nos acecha; de muchas más formas todavía, le tenemos miedo; nos confunde, nos hace temer la verdad, influye en un auto-engaño perpetuado, que sirve como educación, como modelo de futuro, como única salida. No hay naturaleza libre en nuestra conciencia; solo es un monstruo que se reproduce, que nos proyecta valores engañosos e impide que la clara luz del día destape la oscura farsa que pretendemos como explicación a nuestras vidas.

Hay un monstruo en todos nosotros que nos conduce a la demencia, a la locura propia solamente de humanos desarrollados que, dentro de su fantasía, no aceptan su condición. Siguen en pie las iglesias, esas oscuras que desde que todo esto comenzó han ocultado los horrores, han justificado sus desvaríos y nos han servido de ejemplo para construir una conciencia colectiva del miedo, de la esperanza en la bondad eterna y desconocida; del odio hacia el mal terreno con el que hemos de convivir.

Fuera, en las calles, en las ciudades, sigue estando el monstruo; ese obsesivo monstruo que codicia incluso la misma codicia; ese terrible monstruo que surge en cualquier momento, en cualquier circunstancia, en cualquier forma; ese incoherente monstruo que, ante un discurso sensato, es capaz de abrir sus garras y cerrar la mente.

19 de octubre de 2012

John Keats

Al fin tengo terminada la entrada sobre [el poeta] John Keats. Me ha encantado hacerla, ya que le tenía muchas ganas desde hace demasiado tiempo, y esta temática siempre desata mi interés, sobre todo hacia los poetas. No he añadido esta vez notas, porque durante el desarrollo han ido apareciendo algunas aclaraciones necesarias; por lo tanto, nada más que añadir en esta ocasión.

Sin entreteneros más, os dejo el enlace aquí:

16 de octubre de 2012

De la religión a la ciencia

Esto no es, al contrario de lo que a alguno le pueda parecer, si ha leído de entre mis primeras entradas, un recuerdo a La religión de la ciencia (aunque también me gustaría, en otra ocasión, dedicarle una revisión), o por lo menos no completamente; esto es, que la temática a tratar es distinta, en dos sentidos:
  1. El cambio sintáctico palpable, de sintagma nominal a preposicional. Esto se debe a que, mientras en aquella anterior entrada pretendía exponer el dogma religioso de lo científico, ahora me refiero más bien al paso de las concepciones religiosas del mundo a las científicas.
  2. Cambio en el sentido de "ciencia". Ya que con "religión" me refiero en general a lo que tienen de común las religiones, en el caso de "ciencia" debo hacer lo mismo y considerar, en este caso, cualquier tipo de ciencia (tanto natural como formal, social o humanística), siendo así que me refiero a todo conocimiento o, mejor dicho, saber.
Respecto a lo anterior, además del mero cambio estructural e interpretativo del título, mi planteamiento aquí es el siguiente: comparar los errores religiosos de la explicación del mundo con los errores científicos en el mismo ámbito.

El primer punto a señalar, quizá preliminar a lo importante de esta entrada, es la fijación, tanto religiosa como científica, en establecer algo absoluto; creer en uno u otro caso en la existencia de lo perfecto (ya sea divino o numérico) es un absurdo, una introducción hacia una descripción vacía de lo existente. Pero esa concepción en cuanto al saber parece haber quedado atrás, en la visión antigua y mística de la matemática y la astrología (también la astronomía antigua, en gran medida). Sin embargo, pese a que en gran parte actualmente las ciencias naturales han perdido la fijación en lo perfecto, centrándose más en el mundo, en lo que hay (y hablar de que la filosofía lo tuvo y lo sigue teniendo no nos lleva a ninguna parte), encontramos de nuevo el peligro en las ciencias sociales, ya que basan su estudio principalmente en el número, en el gráfico, en la cronología, en lo lógico, y esto históricamente ha conducido al dogma científico. También en las religiones ocurre esto, es decir, que las explicaciones divinas de los fenómenos acaban otorgando a todos ellos, y al mismo tiempo a las explicaciones, autoridad absoluta.

Medicina convencional

Hay, sin embargo, otro punto en cuestión, y se trata de que, pese a la capacidad que demuestran tanto la religión como la ciencia en la [cuestionable] efectividad de su cosmovisión, existen asuntos que no están capacitados para explicar (este tema queda introducido en la entrada en que respondió un amigo a mi religión de la ciencia), que quedan sujetos a la indefinible [mera] existencia; esto es, que la ciencia no puede explicar por qué están presentes los elementos del mundo, sino cómo son, cómo se relacionan, etc. mediante leyes concretas. A partir de aquí encontramos, entonces, que la ciencia, tanto como hace la religión, termina explicando sus conceptos en base a lo que no puede mostrarnos. Ya dijo Platón [en referencia a los astros] que "los verdaderos movimientos son perceptibles para la razón y el pensamiento, pero no para la vista", es decir, que incluso "la rapidez en sí" de los astros no se puede observar, sino que la comprensión del movimiento es una cuestión de ideas, de pensamiento, y no de visión o percepción sensible (Platón: La República, VII, 529d). Alguien me podría decir que este concepto es antiguo y que la ciencia actual no lo sigue; invito a quien quiera a decirlo, a pensarlo: es totalmente erróneo. Al igual que la religión, la ciencia se ha convertido [securalizada] en una fe hacia la razón, el cálculo preciso (que no elementos perfectos, como el círculo o el número 5, sino resultados exactos en cuanto al mundo), y la [supuesta] objetividad en la precisión de las hipótesis y resultados. Que nadie crea ahora que me contradigo en esta afirmación y la anterior: la ciencia juega a dos bandas [al igual que toda religión]: en la medida en que busca su fundamento [o justificación] en las pruebas de sus experimentos [en la lluvia o los nacimientos tras sus medidos rituales], explica estos fenómenos en dependencia de lo que no vemos, de lo que está más allá de nuestra experiencia sensitiva (una relación causa-efecto, un electrón, un Big Bang, o una deidad); en el otro lado, analiza y desmonta los sucesos sociales, lo que ya ha ocurrido, las tragedias [la muerte de varios pueblerinos, malas o buenas cosechas], para así dar una explicación causal histórica [una guerra, o una ofensa a los dioses, o una prueba divina a nuestra fe, como Job contemporáneo], o, más aún, situar las razones en su dogma supremo: la libertad humana (libre albedrío para los religiosos), que tanto la mismísima naturaleza humana como un dios cualquiera podrían habernos otorgado.

Brujo explicando cómo ocurren distintos fenómenos
Lo dejo en palabras de Camus: "toda la ciencia de esta tierra no me dará nada que me garantice que este mundo es mío. Me lo describís y me enseñáis a clasificarlo. Enumeráis sus leyes y, en mi sed de saber, admito que son ciertas. Desmontáis su mecanismo y mi esperanza aumenta. En último término, me enseñáis que este universo prestigioso y abigarrado se reduce al átomo y que el átomo mismo se reduce al electrón. Todo eso está bien y espero que continuéis. Pero me habláis de un invisible sistema planetario donde los electrones gravitan en torno a un núcleo. Me explicáis ese mundo con una imagen. Reconozco entonces que habéis ido a parar a la poesía: nunca conoceré. ¿Me da tiempo a indignarme? Ya habéis cambiado de teoría. Así, esta ciencia que debería enseñármelo todo termina en la hipótesis, esta lucidez se sume en la metáfora, esta incertidumbre se resuelve en obra de arte." (Camus: El mito de Sísifo, Alianza, 2010, pp. 32-33)

Científico demostrando empíricamente procesos químicos

Y a quien decía que no queda platonismo en la ciencia, a quien defiende que está basada en lo empírico, en lo comprobable, y que no hay en ella atisbo de creencia, de chamanismo, de vudú, solo le hace falta revisar sus conceptos para darse cuenta de que, más allá de la explicación empírica, mero espectáculo de marionetas ideado para convencer a los invitados que van a financiar la ciencia, se esconde la hipótesis puramente racional, la explicación inexplicable e incomprensible de fenómenos paranormales, que como resultado solo pretende reducir a esquema un comentario lógico de razones loables por las que aquello que desconocemos sucede, y vuelta a empezar, hasta que, entonces, nos encontremos hablando de aquello que, hace tres o cuatro niveles, nadie comprendía, explicaba, ni podía percibir.

5 de octubre de 2012

Henry David Thoreau: Walden Ponds

Este viernes, y como estaba anunciado, publico la segunda parte de Thoreau (su estancia en Walden Ponds), de quien se supone que debería hacer más, entre una o dos, al menos. Pero ya me dedicaré más adelante, ya que esta semana o la siguiente tendré a John Keats, y quizá debiera dedicar mi tiempo de Thoreau para los transcendentalistas, en lugar de la queja (creo que el asunto importante de Thoreau ya se expone aquí, y se introduce en la primera entrada sobre este mismo autor).

Pero dejando a un lado estas consideraciones, os dejo aquí el enlace, y en la página correspondiente.




28 de septiembre de 2012

Dr. William Ellery Channing

Volviendo, por fin, de nuevo a los magos, me complace presentar este viernes al pendiente William Ellery Channing, Doctor en Teología, teórico predicador del cristianismo unitario. Así, he querido exponer la importancia de este (para qué engañarnos) mago en el transcendentalismo norteamericano.

Respecto a este tema [el transcendentalismo norteamericano], me propuse hace un tiempo comenzar un blog, que he estado preparando esta semana. Por ello, ante la necesidad de exponer allí, entre otros, un razonamiento detallado de Channing, he decidido tratarlo aquí sin demasiados rodeos, ni puntualizaciones, y tratar más su influencia, algo que en parte ya había hecho fuera de este blog, y que creo que queda mejor para con el objetivo que aquí pretendo.

Os dejo el enlace, como de costumbre, aquí y en la página esa de al lado.


26 de septiembre de 2012

Al respecto de lo que hemos visto

Hoy no tengo excusa para no escribir una entrada decente, y al mismo tiempo considero decir lo que todos hemos visto, lo que todos hemos oído, y lo que todos hemos dicho, una ocupación en cierto modo repetitiva e insulsa; pero hay que hacerlo. No sería yo mismo si no dejara constancia de mis pensamientos al respecto.

Me estoy refiriendo, como se puede suponer ya, a los acontecimientos de ayer en Madrid. De esto podría decir muchas cosas, y me gustaría por ello hacer una recopilación de lo más significativo que he escuchado:
  • Según el Gobierno, es decir, el Partido Popular: la policía ha actuado correctamente, han hecho lo que debían hacer. Los manifestantes eran violentos, y su acción ilegal.
  • Según la oposición, más concretamente el Partido Socialista: la policía se ha excedido y no ha sabido controlar adecuadamente la situación.
  • Según los partidos [esta vez si] de izquierdas: los manifestantes han sido correctos, en cualquier caso, y la culpa de la violencia es solo de la policía.
  • Según los manifestantes: hemos ido y nos han dado de palos.
  • Según los defensores de los manifestantes: han ido y les han dado de palos.
  • Según los organizadores: hemos tenido un éxito rotundo.

Poner aquí lo que han dicho los medios es perder el tiempo, sobre todo porque a mi gusto no se ha tratado el acontecimiento (salvo quizá en la Sexta) con el rigor y la importancia que se merece. En cambio, me permito el poner un vídeo, de entre los muchos que se pueden encontrar; que cada uno busque y encuentre, si lo considera oportuno. Creo que, en este caso, ver un vídeo lo más completo posible de lo ocurrido es más esclarecedor que escuchar a un político [y seguramente siempre lo sea].



Y ahora, al respecto de lo que hemos visto, me gustaría hacer algunas anotaciones sobre lo que consideramos o no un acto vandálico, un acto ilegal [o legal], o un acto revolucionario.

Existe en nuestra actualidad una tendencia, socialmente instintiva, a la revolución; pero no a la revolución como se entiende cuando la hay (es decir, cuando ya se ha hecho, por quienes la han conseguido), sino en el sentido de quien espera, con la manifestación [de sus inquietudes] cambiar el mundo e instaurar un ideal [basado en la mera negación de lo actual]. Con esto quiero decir que la mayoría de nosotros, con nuestros actos, no solemos reclamar más que la razón de lo que nos incomoda, esto es, recordarlo y machacarlo hasta que, de alguna manera, alguien decida cambiarlo. Es un ideal bonito, pero en gran medida utópico.
No me quiero excluir, por ahora, del colectivo que piensa, en el fondo, estas cosas, pues mi blog es La Queja del Primate, y, obviamente, expongo como principal argumento la queja. Ya me distanciaré más adelante en esta exposición.
Existe una idea que, creo yo, nos incita a esta convicción, y que es al mismo tiempo errónea: que el mismo Estado que nos quita la comida puede, si lloramos lo suficiente, devolvérnosla. Yo no solamente no lo creo, sino que me atrevería a decir que incluso que es falso. El Estado no devuelve lo que quita al que llora, ni siquiera al que le razona adecuadamente el por qué de la injusticia, sino que lo devuelve cuando le parece oportuno [y no choca con sus intereses] con el fin de contentar, así como el violador que regala un caramelo para ver sonreír al niño y ganar de paso su confianza. Ese Estado [violador], que vela por sus intereses, es el mismo al que grupos y grupos de manifestantes creemos poder exigir con canciones pegadizas, sentadas y razones que justifiquen una cierta bondad; ese Estado [violador] no hace más, en definitiva, que permitir el margen de la queja y el llanto pacífico y legalizado (es decir, autorizado por ellos mismos), a fin de dar una cierta alegría en el momento en que cede [por conveniencia].

Entonces nos asalta la pregunta... ¿por qué la violencia?, ¿por qué una intervención policial tan contundente [como eufemismo]?, ¿por qué acepta el Gobierno, incluso apoya y fomenta, la respuesta violenta a las quejas? ¿No se supone que al que llora, si se le pretende calmar en algún momento, no es apropiado, por llorar, pegarle?
Entonces nos viene la respuesta (si no la entendíamos ya antes)... y es que en nuestra actualidad, quien llora, quien se queja, quien se manifiesta, va acompañado de quien sabe que para dar solución no es adecuado dejar al [hasta ahora] dirigente la fuerza para ello. Y a esto responden firmemente, con contundencia [que la llaman ellos], con violencia; y escuchamos a alguien decir que la manifestación era ilegal, y que eso justifica toda acción policial. ¡No tienen más miedo a nada que a esa acción ilegal!
Mi planteamiento, por tanto, es el siguiente:
El hecho de autorizar, de legalizar, un movimiento, es para ellos una seguridad: tienen un contrato por el cual no se va a hacer nada que los ponga en peligro, y por ello pueden permitir toda queja y todo lloro, pues ya de antemano está pactado que lo habrá. Cuando, por algún motivo, se tuerce el plan, un vándalo hace algo que no se esperaba, que no entraba en ese contrato legal (como tirar una valla), la acción, al volverse ilegal, es peligrosa, ya no es pacífica sino violenta, y no resulta una acción adecuada. Es decir, que todo intento por hacer factible ese ideal revolucionario que nos lleva a la manifestación, resulta que se convierte en ilegal, pues nunca ha sido pactado, aunque permitan que lo imaginemos.


Por último sentar aquí mi idea final a todo esto:
Como he dicho, me distancio de esa ilusión revolucionaria; siempre he considerado toda manifestación como un acto menor, y he criticado en algunas ocasiones toda manifestación que pretendía hallar en sí misma solución definitiva, y todo colectivo que acudía a un acto de este tipo convencido de la transcendente revolución que estaba iniciando. Soy consciente de que, en especial, las personas que organizan estos actos no tienen en mente construir un nuevo mundo en cada ocasión, sino mostrar lo que yo igualmente intento en este blog, un descontento y un llamamiento a la reflexión y a la concienciación, pero igualmente que tanto la mayoría de los participantes como de los espectadores quieren ver en ello un cambio en el mundo.
¡Pero no se puede pretender un cambio en el mundo, en la realidad, en nuestras vidas, si no cambiamos nosotros realmente nuestras costumbres y nuestras ideas, si no actuamos de tal forma que podamos (y me refiero, a partir del mismo poder inherente a nuestras acciones) vivir de tal forma que las decisiones de un Estado, como pretendían los primeros teóricos políticos americanos, no sean factor determinante de nuestras decisiones!


Cualquiera podría decirme, ante todo esto, que es muy bonito decirlo, pero muy difícil hacerlo. Una contrapropuesta: es muy bonito decirlo, pero más bonito hacerlo.

23 de septiembre de 2012

Sobre soñar las costumbres

 [...y mejor que lo explique un poco.]

 Quería exponer hoy un texto que tengo desde hace unas semanas terminado, y no he tenido tiempo ni memoria suficiente hasta el momento como para mostrar aquí. Se trata de Soñar las costumbres, una pequeña historia hecha en cierta medida en paralelo con otra que escribí hace tiempo, Soñar la muerte (o Alberto), y que creo que no he llegado a publicar; quizá otro día lo haga, para mostrar a lo que me refiero.

 En cualquier caso, antes de dejaros con el texto quiero también anunciar que voy a dedicarme las siguientes semanas a completar unos cuantos autores que tenía en mente para los viernes, y que me quedaron pendientes, entre los que puedo nombrar a Channing (que fue el último que anuncié), John Keats, y la segunda parte de Thoreau; no los haré necesariamente seguidos cada semana, pues a lo mejor tardo más con alguno. Igualmente seguiré con otros después. También estoy meditando la posibilidad de crear otro blog, dedicado en exclusiva a autores que ocupan mi tiempo ahora, más concretamente a la corriente transcendentalista americana (el Transcendental Club), aunque es solo un proyecto [que ya confirmaré, si acaso].

 Dicho esto, os dejo con el texto.


SOÑAR LAS COSTUMBRES
 Ya habían pasado cuatro horas desde que se levantó y todo seguía igual, no había cambio aparente, no existía lo que se podría llamar "azar", no había novedad, no influía en él nada de lo que pudiera pensarse que, más allá, otros conspiraban, hacían u obligaban; no podía creer que, en verdad, todo se redujera a levantarse y hacer aquello a lo que estaba acostumbrado, sin imprevisto, sin novedad, sin milagro que pudiera salvarle. Estas cuatro horas se pueden resumir en rutina, no tienen para él nada de especial, nada que pueda salvarlas del olvido al día siguiente, del resumen cuando hable en sus memorias del tiempo perdido repitiendo los nauseabundos rituales mañaneros: escuchar la alarma, casi imperceptible en el sueño, que va penetrando en su mente y creando conciencia del despertar, y sentir el impulso de apagarla para así poder seguir en su anterior estado, cayendo en la trampa y siendo obligado, tras el esfuerzo de detener el molesto pitido, a levantarse de la cama para aliviar sus necesidades matutinas, tras las que tendrá que despejarse, que lavarse la cara para poder mirarse al espejo y demostrarse que es él, y no otro, que sigue igual que ayer por la mañana, que en apariencia no ha cambiado nada; lo siguiente es ir a desayunar, a aliviar el hambre con que se levanta cada mañana, a satisfacer sus deseos, a alimentarse, cumpliendo así la tercera parte del siniestro ritual que ha de conducirlo a la rutina del hogar; no tarda mucho en observar los platos sucios de anoche, que como siempre olvida limpiar y que ha de fregar por la mañana, tras el desayuno, ya con fuerzas para afrontar el día que le espera; cuando ya está todo brillante, limpio de nuevo, vuelta a empezar, comienza el resto del día, ya vestido coge sus llaves, sale de casa y cierra la puerta. Las calles están húmedas y en los coches queda el rocío de la noche, en los cristales algún madrugador anónimo ha dejado su nombre escrito con el dedo, en la acera de enfrente está el cartero buscando una casa, una dirección mal puesta, con algún error ortográfico, y en un balcón una señora riega las plantas, también hay un vecino paseando al perro, que levanta la pata junto a un árbol, y ambos saludan de la forma que han aprendido, pero ninguna de estas cosas altera en absoluto ni el rumbo, ni las intenciones, ni los pensamientos que nuestro protagonista experimienta, todo le es ajeno, como si su interior estuviera insonorizado, impermeabilizado, como si se tratara de una fortaleza impenetrable, protegida contra cualquier posible ataque, insensible a todo lo que no sea la rutina establecida; y con el mismo objetivo con que salió llega al quiosco, compra el periódico, en el que un titular sobre la situación económica parece pronosticar un nuevo escándalo político, una respuesta social, o unos ajustes de última hora por parte del gobierno, pero sea lo que sea no le interesa leerlo por el momento, solo seguir su camino, ya decidido, ya trazado, ni siquiera la charla insulsa del quiosquero sobre el tiempo nublado, la humedad o el frío es contemplada como más que un asunto exterior, fuera del estado superior de su conciencia, ocupada por entero en el ya mencionado programa; y al llegar a la panadería no había en ella nada que pudiera obligarle a ser otro, a cambiar su ruta, a cumplir con lo inesperado, a rezar al dios equivocado ni admitir su pena, su horror, y salir corriendo hacia el horizonte.
 
 Ahora está sentado, leyendo el periódico, cuando se da cuenta de que no recuerda haber caminado sus pasos, pretenderlos, ser consciente de sus acciones, ser dueño de sus actos, meditar el salir a la calle, comprar el periódico, el pan, ¿qué más hizo, tomarse un café?, pero no puede ni recordar cómo siguió el camino hasta casa, qué hizo siquiera, qué ha desayunado, si ha tirado por la mañana de la cadena, si acaso le sonó el despertador y lo apagó, o se levantó sin razón alguna. Sin razón alguna, eso es; ¿qué razón le movía?, podría preguntarse, y si acaso encontrara respuesta no le sería ésta comprensible ni satisfactoria, no había en sus actos una justificación real, una máxima, que condujera a una decisión ciertamente decisiva. Esboza levemente el recuerdo de días pasados en que hizo lo mismo, en que se levantó, dio algún paseo, desayunó y leyó las noticias, terminó algún encargo del día anterior, recibió llamadas y clientes, todo con la misma aparente tranquilidad, rutina, cortesía y aceptación; ¿y para qué? Entonces se levanta, envuelto en rabia, y lanza el periódico a la chimenea encendida, tira al suelo la mesa y todas sus notas corren asustadas por el suelo, escondiéndose bajo los muebles, mientras la máquina de escribir se rompe en pequeños trozos; en el suelo estallan cristales. Anda por la habitación con las manos en la sien, intentando pensar lo que ha hecho, pero no puede, no comprende del todo la razón, si es que la hubo, ni siquiera de lo que pudo haberle incitado a ello; todo está difuso, y en su mente empiezan a caer más cristales. Sale de la habitación, nada más entrar en la cocina siente, contrariadas, la necesidad de preparar como de costumbre la comida a la hora preestablecida y, al mismo tiempo, la de romper a golpes todos los instrumentos que le rodean; vuelve a correr, precipitándose por el pasillo todavía húmedo, pisando el vidrio que cruje y se clava en sus pies descalzos. Llega a la puerta cerrada de la entrada, no hay llave, no hay forma de abrirla; la madera de la puerta no tiene fin, se une directamente al marco y éste al muro, y por debajo al suelo. Cae de rodillas sobre los cristales rotos de su costumbre, desnudo, y vomita una vez; grita de desesperación, mientras suenan latigazos tras él, mientras cubre de nuevo sus manos de vómito, apoyadas en el suelo; y así hasta una tercera arcada. Cierra los ojos desesperado y escucha una voz que le pregunta algo incomprensible, que no alcanza a entender; se detiene a escuchar atentamente, y vuelve a preguntarle, mientras otras voces surgen progresivamente: dos mujeres charlando, un perro que ladra, una radio de fondo; abre lentamente los ojos, y ante él surgen luces, figuras difusas, y la voz que le pregunta se convierte en el dependiente del quiosco.

19 de septiembre de 2012

El caballero negro

Empezamos [todos] nuevo curso, que a mi gusto es más que lo que dicen de empezar nuevo año (aunque le den menos importancia), y quiero pensar que el panorama se presenta relativamente bueno; quiero pensarlo, que no lo pienso. El problema radica en ese fenómeno paranormal en que se está volviendo la derecha española: ganan unas elecciones sin más programa que "voy a quitar la crisis" y "este gobierno lo hace todo mal"; también dijeron algo de "no voy a subir los impuestos", o "la educación no se verá afectada", pero hacen como que se les olvida (si cierro los ojos, nadie me ve). Además, está el hecho de que, en los últimos meses, se hablara catastróficamente de un rescate que, según el gobierno, no iba a llegar; solo una inyección de dinero para los bancos, solo eso... ¡qué alivio no tener una enfermedad mortal!, solo un poquito de cáncer terminal. Tenemos que añadir a esto las contradicciones entre la gente que presta el dinero y la gente que lo ha recibido; éstos tan alegres y felices, diciendo que no tienen que devolver nada, y los demás con las manos en la cabeza intentando calmar el descontento generado.

Pero al margen de todo lo que podamos recordar (ya que ellos no lo hacen) de las obvias contradicciones y tomaduras de pelo, me quería referir especialmente como fenómeno paranormal [si no lo fuera bastante] al raro ambiente que surge ahora en Madrid: educación en bragas, Eurovegas con la promesa de ilegalidad consentida (recuerdo Springfield cuando llegan las olimpiadas), y Esperanza se va, no de Madrid, no de todos sus cargos, sino directamente del PP... en medio de su candidatura, y para "estar con la familia". Yo ya sabía del extremismo de este tipo de gente, pero no pensé que se refiriera a esto.

Pero al margen de lo que nos parezcan asuntos de derechas, más o menos loables, más o menos lógicos o razonables, incluso humanos, quiero enfocar esta cuestión de los fenómenos paranormales a la supuesta mejora de la economía; últimamente parece que somos la caña de Europa, que nos recuperamos genial, que somos como héroes griegos (bueno, griegos más bien no), que por muchos hachazos que nos peguen seguimos levantándonos, que somos como el caballero negro de los Monty Python, sin brazos ni piernas ["solo es un arañazo"]; el cabezazo que hace volver a la realidad son las múltiples protestas en la calle, las huelgas, los estudiantes que no pueden pagarse la carrera porque les suben demasiado las tarifas o se quedan sin beca, los que no pueden comprar medicinas, los que sufren la estafa del combustible, y en general del iva, los trabajadores que se quedan sin la paga extra, o directamente con un retraso de varios meses en lo que debería ser el salario normal. Dicen que estamos saliendo porque somos unos campeones... pero si realmente se nos ocurre a alguno levantar la cabeza, vemos que por encima del podio están los mismos ricos de siempre, solo que ahora pueden derrochar un poco más y tirarnos a nosotros un poco menos, para justificar que haya que quitar de algunos sitios para que la economía [la suya] mejore.



10 de septiembre de 2012

Flores amarillas


Una imagen vale más que mil palabras, si es que acaso no sabemos, ni en mil palabras, describir una imagen; si es que no podemos explicar lo que vemos, o ni siquiera llegamos a comprenderlo, pues describir objetivamente con palabras lo que entendemos mediante la vista es la fórmula mágica del conocimiento. De esto que describo ahora no tengo imagen, ni creo en la posibilidad de hacerla de forma tan detallada, por lo que mil palabras quizá sean más adecuadas.

Recuerdo ahora una visión que hace unos meses tuve, que llegó a mí paseando por una ciudad poco conocida, que visitaba en mis vacaciones a fin de encontrar un lugar donde relajar mis emociones y darles el placer del deleite por lo nuevo y bello; esa visión llegó yéndome yo de una plaza, enlosada en piedra antigua, de color beige claro o arena, ya desgastado, que pude notar bajo mis pies descalzos bastante rugosa en ciertas zonas, mientras que en otras suave y lisa, por el paso acostumbrado de los visitantes; en ella, por el centro, una gran fuente alargada, de chorros finos de agua, rodeada por arbustos especialmente recortados, y más allá el suelo de piedra y las gentes paseando, charlando, discutiendo o hablando de cualquier asunto propio, de cualquier cosa nimia, o de lo más importante del mundo, y más allá unos bancos de piedra, que acaban en grandes jardineras con árboles y plantas enredaderas de diverso tipo; sentado estaba yo, observando caer a través de los pocos rayos de sol, que pasando entre la vegetación [que por encima de las cabezas se enredaba] se inmiscuían en estos asuntos, minúsculas motas de polvo, revoloteando, subiendo y bajando, sin peso aparente, ínfimo, sin fuerza que las obligara a nada, sin voluntad tampoco, dejándose llevar por pequeñas e inapreciables corrientes de aire de un lado para otro: si soplo a una, se estremece, desaparece rápidamente, volando lejos de mí, hacia ningún sitio, y caen sobre mi mano, flotan, o se acumulan en el suelo; el ambiente era delicioso: húmedo, vivo, a la vez cálido y relajante, un aire oxigenado, cuya respiración resultaba placentera y estimulante; miro a la gente y estoy convencido de que cuando ellos se hayan ido, cuando ya no quede nadie, cuando la noche o el fin de sus descansos les impida ir a disfrutar, y cuando hasta el bardo prefiera su casa a la plaza del pueblo, cuando no quede más que escenario sin actores, yo seguiré allí, o seguiré buscando un lugar donde sentarme a disfrutar, a leer o escribir, a contemplar, mientras tengo algo que llevarme a la boca, pues todo lo demás que me quieran ofrecer, será vicio, mientras que este lugar rebosa paz, alegría y necesaria sencillez; es difícil encontrar estos lugares, ser aceptado en ellos, y por ellos, quedarse, sin pretender salir corriendo hacia una menor felicidad compartida; encontrar un momento de soledad con uno mismo: si lo consiguen, algunos se asustan, no hallan tranquilidad, se ven necesitados de compañía; por eso, en vez de pensamientos, se rodean de televisores, móviles, ordenadores y juerguistas; en el lugar que en ese momento habitaba yo no había nada de eso, ni aparecía ante mí esa gente, pues antes ya se habían ido, sino que a mis ojos se presentaba un paraíso, una escena idílica; bastante tiempo después, distanciando mis pensamientos, necesitando el ir a adquirir alimentos [razón por la cual los carnívoros rompen su calma natural y contemplativa y se lanzan a la violencia y a la muerte], me vi saliendo de este espacio y contemplando, para mi horror, esa visión que venía a relatar; estaba todavía en la plaza, situada en alto, a desnivel de la carretera a la que se enfrentaba con un muro y que, al subir por las escaleras de piedra escondidas tras él, daba al paraíso descrito, cuando pude ver bajo esas escaleras a los siervos de la modernidad, a los trabajadores contranatura, si no les fue suficiente con modificar los suelos y corrientes de agua que, aunque puedan ser bellos, son artificiales; bajo mis pies se encontraban las hojas y flores que de los árboles caían, que podía pisar, calzado o al natural [si era de mi gusto, que lo era], y disfrutar como si de una alfombra roja se tratara, aunque ésta más bien amarilla, por las flores que llenaban el suelo; y al llegar a la escalera, miles de flores amarillas que las cubrían, envolviendo el suelo en naturaleza tanto como el aire que arriba se respiraba, pero entre ellas había quien había cobrado por eliminarlas, por barrerlas del plano, del suelo, echarlas como basura y perderlas en el olvido, como cientos de otras con las que antes lo habían echo, y que todos ignoran una vez que han desaparecido; mala ocupación la de recoger hojas y flores caídas, descoronar los adoquines o la piedra, borrar las pisadas, el rastro del tiempo, su vida muerta y su muerte viva, o desnudar [indecentemente] los suelos naturales; pisar las hojas y flores caídas, las secas, las maduras, las de distintas tonalidades, es el mayor placer, mientras que eliminarlas es un crimen por el que hay que pagar alto precio; así iban dos, o solo pude ver dos [si alguno otro había se escondió avergonzado], uno con rastrillo y guardando en un gran saco negro, como quien secuestra a una joven que está durmiendo y la amordaza, y el otro, para facilitar su indigno trabajo, un tubo que, expulsando a presión aire, empujaba con violencia como si de esclavos se tratara, o condenados a muerte; ¡locuras de la humanidad, que cree en su ignorante voluntad la máxima expresión del bien, haciendo eliminar el abono que la muerte da a la vida para convertirse después en la cuidadora del mundo que se ha molestado en castrar!, mas son inconscientes y no comprenden su natural error; en las esquinas de los escalones se resistían, se agarraban, aterradas por el horrible final que se les tenía reservado, algunas florecillas todavía brillantes, negándose a caer en el olvido de sus compañeras y ser víctima anónima de la limpieza masiva, cuyo objetivo es pulir las raíces, arrancar las cortezas, castrar el hábitat que prospera por sí mismo, y trabajar en la recreación de un mundo controlado, que no vive si no es bajo intervención, puesto que se corta de raíz la autosuficiencia; antes de que a mí, por ser de más naturaleza, me hicieran lo mismo, recogí algunas flores y escapé del lugar.