"...el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida." J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo

"Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción." A. Camus, El mito de Sísifo

"Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría." H.D. Thoreau, Desobediencia civil

27 de diciembre de 2011

Vivir como un dios

Imaginemos un dios, una deidad cualquiera. Las características primeras que aparecen como necesarias en esa deidad son, entre otras, creador, omnipotente, omnipresente, quizás dejado (con pelo largo o ropas holgadas), y que viva en un lugar fantasioso de aspecto mágico y misterioso a la vez que relajante.

Son cualidades ideales, ¿a quién no le gustaría, en ese preciso contexto, vivir como un dios? Consideremos esas características... vivimos en un espacio relajado, pacífico, casi atemporal, tan libres que no nos preocupa más que la comodidad, pudiendo ver y saber todo lo que queramos, así como hacer lo que creamos conveniente, interviniendo exitosamente si hace falta y creando cuanto queramos.
No es una casualidad que creamos que esto es lo ideal, que es lo perfecto, que es lo típico de una deidad, cuando, al plantearlo como posible, la opinión general es de rechazo, de "olvídate de sueños estúpidos y sé serio", ya que parece que la vida real está al margen de las ideas de paz y tranquilidad. Y no es una casualidad que justamente vivamos al contrario que esa deidad: en un ambiente ajetreado, con prisas y mucho agobio, que nos lleva sin embargo a intentar aparentar seriedad con buenas ropas y pulcritud [allá donde la haya], sin saber lo que nos puede pasar ni siquiera en el presente más cercano, y no pudiendo intervenir para impedir el fracaso, con suerte si conseguimos hacernos una vida que permita satisfacción alguna.
Con ese ideal de vida seria, no es de extrañar que la tranquilidad sea un objetivo aparentemente inalcanzable, propio de la deidad.

Conclusiones a todo esto las hay varias, tanto sumisas como irreverentes o utópicas, pues son, a fin de cuentas, dos visiones de la vida que pueden unirse en distinta relación una con otra, creando concepciones diferentes de cómo se puede o no vivir. Para no dejar esto a la interpretación, quiero exponer la mía propia; algo a medio camino entre la necesidad de la contingencia e inseguridad humana y la omnipotencia divina, que debe constar de varios puntos necesarios:

  • Por un lado, la obligación del esfuerzo natural de supervivencia con el trabajo en común (distinto en todo aspecto a lo que denominamos empleo, que se dedica a trabajar en un intercambio indirecto de bienes). No todo en una vida tranquila es tranquilidad, se necesita cierto trabajo que, sin embargo, desprovistos de la complicación que el mantenimiento de la civilización requiere, no resulta ni por asomo agobiante.
  • Sumado a ello, la tranquilidad de quien puede conocer y disfrutar su vida [al no requerir para su supervivencia de empleo], y, por ello, vivir bien sin necesidad de más lujos que la calma.
  • Por último, el aspecto fundamental, que es la posibilidad de dar de sí la facultad cognitiva; de poder dedicarse al conocimiento, al pensar, en pos de contentar con ello la necesidad humana de conocer, que no siempre trae felicidad, pero sí alivio y sensación de satisfacción.
En resumen, podríamos decir que me refiero con esto a una vida natural, de reciprocidad, a la vez que satisfactoria en filosofía. Realmente, ¿qué sería una sociedad así, sino la esencial para el ser humano, para el animal racional, para el animal político? Es, a fin de cuentas, una versión de la deidad llevada a la realidad del ser humano y socializada a la vez que desdeificada. ¿Y no es la deidad nada más que el ser humano privado de sus preocupaciones mortales y aislado a la vez que deificado? Es el proceso contrario, para la deificación y desdeificación de la misma situación; a fin de cuentas, vivir como un dios no parece ser tan difícil... solo hay que saber cubrir necesidades y dedicarse a la filosofía. Lástima que en la preciada civilización cubrir las necesidades se haya convertido en generadora de necesidades mayores y la filosofía sea catalogada, como pensamiento y saber, de pérdida de tiempo.

25 de diciembre de 2011

¿"Felices fiestas"?

Ya es navidad; llevamos tiempo tragándonos publicidad empalagosa, pero por fin ha llegado el día de celebración... de celebración, porque pronto van a dejar de asfixiarnos con tanta mierda navideña. Y es que ya solo nos quedan los casi insufribles telediarios que sacan cualquier noticia relacionada con estas "maravillosas" fiestas. Incluso ya ha pasado el típico discurso del rey; que, por cierto, se me ocurrió ver el año pasado y, para mi sorpresa, estaba subtitulado (en Cuatro), lo que es una ayuda para todos aquellos que no hablamos el borbonés. Pero no nos burlemos del pobre Juan Carlos, que se esfuerza mucho por hablar, e incluso sabe articular palabras de más de tres sílabas, que a otros les cuesta.
Pero bueno, al margen de este somnífero ambiente de bondad, generosidad y amistad, de la época invernal donde caen copos de algodón, encontramos un lugar donde los peces se emborrachan, el tío que hacía botas agoniza perdiendo cada vez más sangre, y Nietzsche se disfraza para regalar napalm a los fuertes y devorar cual león la cabeza de los que necesiten de moralina.
¿Conclusión a la belleza nauseabunda de la costumbre cristiana de honrar la llegada del salvador hippie con cenas grandiosas y regalos merecidos por su misma concepción moral? Sufrid y bebed, hostia. Que a veces la vida es eso, y solo queda el aliento alcoholizado de quien aguanta al resto por la imposibilidad de emitir un juicio cuerdo.

20 de diciembre de 2011

Sobre la relación absurda

Se trata de un ensayo corto, a modo de introducción, sobre lo humano en relación con el mundo. Seguiré escribiendo respecto a este tema, pues quedan al final del mismo cuestiones abiertas a las que me quiero referir posteriormente y que considero de importancia. Por ahora, os dejo este texto en el apartado de Ensayos.

12 de diciembre de 2011

¿Quién quiere ser una tostadora?

En la época que vivimos nos hemos convertido casi en máquinas último modelo de estupidez. Y no nos engañemos, somos tan idiotas que, por miedo, nos dejamos manipular, convencer y, ante la costumbre, miramos con buenos ojos la avaricia y el desastre. Debería explicar esto mejor, para que se vea de manifiesto dicha idiotez.

Primeramente, por miedo: el miedo que tenemos a la muerte, a lo desconocido, a lo supuesto (mal supuesto) y que supera toda cordura; qué es la muerte, qué es la no-existencia o qué es el infinito, cuestiones que agobian y nos convierten en subnormales deseosos de respuestas fáciles, sencillas, consoladoras y que nos quiten de responsabilidades.

Por ello, nos dejamos manipular, convencer por cualquier predicador de fantasiosas realidades. Igualmente, ya sea con la religión o con la ciencia, vemos un mundo de posibilidades (vida eterna o evitar la muerte), seguimos unos ritos ceremoniosos (rezar o tomar medicamentos) e incluso obedecemos a modo de perrillo faldero en nuestras vidas lo que la máxima potencia de nuestra secta dicta que hacer.

Además, ante la costumbre, miramos con buenos ojos todo lo que hacemos, la vida que llevamos y que, generalmente, no queremos replantearnos. Estamos totalmente ensimismados en la falsa realidad que nos han vendido por el miedo y la incertidumbre; ya no nos queda, si hubo alguna vez, lo que los optimistas (que vienen siendo los humanos) denominan libertad.

Así, dejándonos controlar, admitimos como propios pensamientos pertenecientes a ciertos grupos que desarrollan sus dictados al margen de sus fieles. De este modo, en la actualidad nos vemos rodeados de tanta tecnología, medicina y ciencia en general, que se suele ver preferible, por ejemplo, ir al médico constantemente para "prevenir" (mejor "prevenir" que "curar", usando significación médica), o comprar un iphone (porque hace lo mismo que tu móvil, tu ordenador y algún otro aparato que ya te habías comprado), haciendo caso a la avaricia y cayendo en vicios que van corroyendo la vida, que van degradando al ser humano y haciendo de su existencia una angustia consciente, dedicada a la máquina y condenada al desastre.

Ello es la idiotez humana respecto de la máquina. En el lenguaje queda de manifiesto que, ciertamente, ante las maravillas que pueden realizar un ordenador, una videoconsola, un móvil o una PDA, queremos parecernos lo más posible, ser perfectos, y ante la virtud denominamos "máquina" a quien consigue cierta perfección o mejoría en sus habilidades. Queremos de verdad convertirnos en máquinas, ser ciborgs super-inteligentes, pero al parecer no hemos caído en la cuenta de que las máquinas no tienen ni sentidos ni pensamientos, ni mucho menos libertad (de la que también nosotros carecemos al pretender esto mismo). Y me gustaría saber, ¿quién quiere ser una tostadora?

8 de diciembre de 2011

Ya no hay política en las calles

Parece que han desaparecido repentinamente los problemas económicos, que no hay críticas, que se ha llegado a un momento de absoluta confianza, ensimismados, metidos en otro mundo abstraído de la realidad. Durante el periodo crispado de la disputa bipartidista, aliñada por los ladridos minoritarios, se podía percibir la confrontación propia del conflicto político; cuando llega el período electoral, desde el mismo día de las elecciones, todo es respeto y apariencia de defensa democrática por parte de todos los anteriores enemigos.
Pero bien sabemos que eso no es así por todas las bandas, y que partidos minoritarios se dedican a criticar a los bipartidistas incluso durante el acto de homenaje a la democracia representativa; son, ciertamente, los verdaderos defensores de la democracia, de la política, de la queja, de la intervención.
Es peor aún, pues se ha juntado este período en que el presidente en funciones y el electo se dan la mano amablemente y parecen felices viéndose las caras tras la evidente y no olvidada disputa con el homenaje a la Constitución española, lo que crea un estado de somnolencia, metiendo morfina a modo de noticias de telediario. Las noticias se alejan del conflicto político, hablan de consenso, de homenaje. El efecto es de calma, de felicidad por parte del populacho, que habla una vez cada cuatro años para, de forma democrática, elegir a un presidente, a un partido que impondrá a los representantes de una gente que ha votado tras escuchar solo poesía y porcentajes trastocados.
¿Dónde está la política? Cuando no hay elecciones, el gobierno es soberano, ha sido elegido, y sus disputas son ajenas al populacho, que solo elegirá cada cuatro años o cuando ellos decidan una anticipación, mientras solo harán poesía; cuando hay elecciones, el sentimiento de deber democrático y de responsabilidad y consenso difundido por los medios hace que la política carezca de sentimiento, de su sentido real, y sea solo una conclusión difuminada de la opinión general sobre la misma poesía.
Ya no hay política en las calles, ya no hay queja, ya no hay difusión de ideas, ni opinión al margen de la metáfora convertida en argumento de autoridad.

1 de diciembre de 2011

"La belleza es verdad, la verdad es belleza"

Ya decía esto John Keats, a lo que quiero referirme: "la belleza es verdad", pero, sobre todo, "la verdad es belleza". No se trata de una simple igualdad de valores, ni mucho menos; se trata de un razonamiento, de una visión de la realidad, en la que todo lo que admitimos como realidad, como verdad, es mero sentimiento. Es lo que caracteriza al ser humano: nos basamos, para comprender el mundo, en los sentidos, en las impresiones, en las interpretaciones de las mismas y en lo que sentimos espiritualmente hacia todo ello. Y me voy a permitir adoptar, gratuitamente, esa interpretación (que he extraído en general de Keats, y especialmente de la cita nombrada) para explicar un razonamiento que me tomo más gratuitamente aún.
Ciertamente, mi opinión con respecto de la realidad tiene mucho que ver en esta explicación, veo esta cita de Keats como un apoyo a la misma (no un argumento de autoridad), y en base a ello quiero exponer lo siguiente: considerando toda verdad como interpretación del mundo en términos de belleza, en términos espirituales o de opinión, ¿no sería todo uso de la misma, uso sentimental de las percepciones? Albert Camus dice algo parecido respecto de la ciencia; me sirvo como ejemplo de la siguiente cita, de El mito de Sísifo: "toda la ciencia de esta tierra no me dará nada que pueda asegurarme que este mundo es mío. Me lo describís y me enseñáis a clasificarlo. Me enumeráis sus leyes y en mi sed de saber consiento en que sean ciertas. [...] Pero me habláis de un invisible sistema planetario en el que los electrones gravitan alrededor de un núcleo. Me explicáis este mundo con una imagen. Reconozco entonces que habéis ido a parar a la poesía: no conoceré nunca. [...] Así, esta ciencia que debería enseñármelo todo termina en la hipótesis, esta lucidez naufraga en la metáfora, esta incertidumbre se resuelve en obra de arte". La ciencia es así una poesía más, pero una poesía que busca lo absoluto. No admite su variabilidad, su subjetividad ante el mundo y la imposibilidad de conocimiento (tal como hace Camus). Es, a este punto, la ciencia, una poesía bastarda, que abandona su origen didáctico-metafórico para lanzarse a la descripción científica de sus interpretaciones personales. No es más científica que en su ámbito práctico, como también es práctico el dicho "a burro regalado no le mires los dientes" o un dibujo explicativo en las cuevas prehistóricas de métodos de caza.
Mi idea, resumiendo, al respecto es la siguiente: toda búsqueda de un conocimiento acorde con una supuesta realidad exterior a la subjetividad propia es una pérdida de tiempo (tómese el sentido de subjetividad en el existencialismo de Sartre, como imposibilidad de sobrepasar ese límite impuesto, ante la conciencia de la impresión y visión personal, debidamente valorada al mismo tiempo como posibilidad de hacerse uno mismo y responsabilidad para con el resto de seres humanos; esto es, que el acto humano de conocer sea a la vez tanto posible como necesario y estrictamente censurable en su intención metafísica). Todo saber es una relación entre el mundo que percibimos y lo que opinamos sobre dicho mundo (que desemboca algunas veces, como diría Camus, en el absurdo); toda realidad es una poesía sobre el mundo; toda aceptación de verdad es una valoración de la belleza. Y, aunque sea muy tosco afirmarlo concluyendo con lo dicho, tan preciso, "la verdad es belleza".