"...el hombre no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto, no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida." J.P. Sartre, El existencialismo es un humanismo

"Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción." A. Camus, El mito de Sísifo

"Una minoría no tiene ningún poder mientras se aviene a la voluntad de la mayoría: en ese caso ni siquiera es una minoría." H.D. Thoreau, Desobediencia civil

30 de noviembre de 2011

Sobre la creencia en la praxis (religión y libertad)

Son numerosas las ocasiones en que nos encontramos con algún familiar enfermo, ingresado por graves problemas, o simplemente con un catarro alargado. Nos encontramos muy seguros a la hora de dictar sentencia sobre males menores, que creemos conocer y que no requieren de continua atención médica. Sin embargo, cuanto más nos supera la enfermedad, menos seguros nos sentimos y damos consejos más generales y aleatorios. Véanse un par de ejemplos; mientras alguien tiene un simple resfriado, los consejos de la típica madre van desde "abrígate" a "tómate una sopa caliente"; sin embargo, si subimos el nivel y se encuentra con una aparente gripe que se retarda, sus consejos son vagos, puede decir lo mismo, tampoco muy segura de ello como remedio, y aconseja especialmente "ver al médico" para que nos recete "algo". Así podríamos seguir, poniendo ejemplos de distintos casos cada vez más graves, pero creo que todos podemos imaginar ya esos casos y pasar realmente al punto que me interesa; me refiero a la muerte.
Llega un momento en que la enfermedad no da malestar progresivo, sino que lleva casi directamente a la muerte, y ahí es cuando asusta, cuando los consejos vagos y generales no saben qué hacer. Es en ese momento, en el que solo queda decir "ve al médico", cuando la mente reniega de su anterior pensar progresivo (si se me entiende de este modo); es decir, hay un instante en que nos da el cortocircuito y nuestra ignorancia frente a la solución mejor a la muerte (que en principio debería superarnos tanto como para anular todo consejo) se traduce en opinión personal, incluso en religión: aquello mayor que nos supera nos da valentía para querer decidir aun sin saber absolutamente nada sobre la consecuencia de nuestra decisión; nos basamos, con ello, en pura creencia religiosa.
Estoy hablando de decisiones como son la eutanasia o el aborto; estoy hablando de la creencia en el poder para decidir el futuro de la vida ajena, del paso de la decisión sobre uno mismo a la decisión generalizada: eso es religión.

Entonces, ¿qué hacer? ¿Dejamos nuestro deseo de imposición frustrado? Hagamos valoración de dicho deseo. Para ello, planteemos argumentos y desarrollemos una argumentación lógica consecuente:

1       (1) Toda imposición de una creencia personal es una imposición religiosa
2       (2) La imposición religiosa ha tendido (y ha traído en el hecho) a la represión de la libertad fáctica
1,2    (3) Toda imposición de una creencia personal tiende (y trae) a la represión de la libertad fáctica
              [MP 1,2]
4       (4) Un estado a favor o en contra de algo que conlleva consecuencias para con algo
              desconocido (que conlleva consecuencias para con la muerte) es una creencia personal
1,2,4 (5) Toda imposición de un estado a favor o en contra de algo que conlleva consecuencias para
              con algo desconocido (que conlleva consecuencias para con la muerte) tiende (y trae) a la
              represión de la libertad fáctica [I= 3,4]

Deberíamos aceptar la conclusión (5), siempre y cuando aceptemos como verdaderas las proposiciones (1), (2) y (4), de las que depende directamente. Ésa es la cuestión, si las consideramos verdaderas, o cómo consideramos su veracidad, en qué sentido, o qué significado le damos. Yo encuentro como punto importante definir la proposición (4).
Ciertamente, (4) habla de creencias personales al referirse a "consecuencias para con algo desconocido". Sin embargo, en nuestra deducción, para igualar los términos expuestos en (1) y (4) de "creencia personal" tenemos que definir, en (4), la definición de ello mismo. Estamos hablando, pues, de una creencia que impone a los demás; cuando nos referimos a "un estado a favor o en contra" nos estamos refiriendo (para que sea equiparable a una imposición religiosa) a un estado de imposición a favor o en contra.
Nuestra conclusión en este punto debería ser la siguiente: toda intención de imponer una opinión a favor o en contra de algo que conlleva consecuencias para con algo desconocido (para con la muerte) debe ser considerada como una intención de imposición religiosa, y, por tanto, como un intento de censurar la libertad de los demás. Así encontraríamos, por ejemplo, en la eutanasia (o en el aborto), dos posiciones dogmáticas: la que impide para todo caso la eutanasia (o el aborto) y la que la (o lo) obliga para todo caso posible; la posición totalmente justa sería aquella que permitiera, para todo caso, la decisión de la persona implicada (entre estas tres podríamos encontrar caminos intermedios, que tiendan, desde su punto de vista, a otra opción por sus puntos específicos, al no encontrar intenciones puras como las expuestas aquí).

Finalmente, concluyo aceptando, frente a la creencia personal que tiende al dogmatismo, la opción permisiva respecto a la diversidad de opiniones y que deje, en cada caso, que cada uno aplique su creencia sobre él mismo, sea cual sea esta, si no se tiene una conclusión aclaratoria de las consecuencias últimas que ello va a provocar.

Nota: no deberíamos tomar esto último al pie de la letra, pues toda decisión tiene consecuencias últimas que desconocemos. Más bien, nos deberíamos referir a consecuencias últimas cercanas, directas, que sean afectadas directamente por nuestra decisión (como son el aborto o la eutanasia), ya que si no caeríamos en una cierta libertad fáctica que podría resultar peligrosa. Así, hemos de dejar esta libertad a la creencia personal en los casos directos, que conlleven automáticamente divergencia de creencias frente a lo desconocido o improbable de conocer.

29 de noviembre de 2011

Hipocresía como contingencia natural

Curioseando por el blog de un amigo, he encontrado una entrada interesante que, ciertamente, inquieta a muchos y lanza una gran cuestión: qué preferimos, utopía o conformidad; es decir, en la hipocresía surgida ante la unión del anti-taurino y el que come carne, ser vegano o admitir la tauromaquia. Obviamente, apoyo en gran medida su razonamiento, que está, en su planteamiento de la cuestión, completo, mas eso significa que he de añadir algo más.
Tengo que decir, como crítica a su entrada, que falla en un aspecto importante al cuestionarse el problema: no tiene en cuenta la intención. Está razonando en base a la ignorancia de uno de los dos bandos (el anti-taurino) hacia un aspecto que debería preocuparle (el hecho de que se torture a los animales en los mataderos); no tiene en cuenta cualquier otro planteamiento anti-taurino al margen del general y del vegano. Quiero decir, que yo advierto otra solución al problema, quizás no del todo admisible, pero sí defendible. Pese al atractivo de la crítica, intenten abstenerse de juicios precipitados sobre el asunto, ya tendrán todos tiempo de tirar piedras.
Para empezar voy a plantear mi pensamiento respecto a la hipocresía. Puede verse de dos modos, y es que hay ciertamente dos formas de ser hipócrita, y se diferencian radicalmente, digamos que son la buena y la mala (pueden admitirse formas intermedias, no voy a ser maniqueísta en este aspecto). Por un lado, empezaré por la que, creo, todo el mundo se plantea como única, la mala: es la hipocresía que uno no quiere admitir, que se molesta, consciente o inconscientemente, en negarse, aquella en la que se hace una cosa, afirmándola, y se niega que otro acto, claramente contrario, se le contradiga (ya he dicho, esto es extremo y no quiero ser maniqueísta, pero hay que establecer un extremo, a fin de cuentas). Por otro lado tenemos la buena, la que quiero añadir: es la hipocresía que se basa en la contradicción, admitida, como contingencia; es decir, una vida que admite la variabilidad, que defiende, por ejemplo, unas ideas primordiales y otras secundarias, y que admite su necesidad de variabilidad, de contingencia de una utopía en distintos casos por su propia complejidad, por la imposibilidad propia o puntual o incluso por la ignorancia hacia ciertos elementos; es una hipocresía razonada y aceptada, que sigue unos ideales, sabiendo que a veces no los puede defender completamente por la contingencia natural.
Y defiendo la existencia de esta última postura, puesto que la sigo yo mismo, sin llegar a falacia alguna, por una simple razón: los ideales son perfecciones, si son utópicos, son inalcanzables, topes de mejora; sin embargo, nosotros somos contingentes, no podemos llegar a nuestras convicciones ideales, las conozcamos en su totalidad o no, puesto que tenemos topes variables (y, si abrimos una puerta hasta cierto tope, el que no quede del todo abierta no quita que podamos cruzarla, aunque con dificultades).

Conclusión: mi querido Juan, en sus diálogos de nimiedad, no tiene en cuenta la voluntad humana, la contingencia y la contradicción necesaria para conseguir ciertas cosas (que no siempre son posibles a la par). Eso es, la hipocresía como contingencia natural.

No foteu la natura

Paulatinamente, nos vamos mirando el ombligo. Nos atacan dudas, pero después volvemos a la tranquilidad civilizada, y vemos un mundo estable, con una rutina cargante pero plausible, lleno de personas como nosotros que aparentan ser felices y que eligen a un representante e insultan a los demás si parece que los miren por encima del hombro. Odiamos, por tanto, la contingencia, lo variable e impredecible; adoramos la ciencia ordenadora de naturaleza.
Así, no nos gusta oír hablar de desastres naturales, de niños con hambre o de animales en peligro de extinción. Nos los insertan de vez en cuando a modo de medicina: compasión, caridad, amabilidad, cooperación, religiosidad, y un largo etcétera de cualidades que Nietzsche calificaría de débiles. También nos inyectan, para despertarnos, desastres dentro de la civilización (siendo más comunes los económicos o los de tráfico), con el fin de no hacer de nuestra vida monótona un monótono gasto, sino un beneficio para aquellos que se molestan en asustarnos.
Pero ya hemos moqueado demasiado como para que nos vendan más de lo mismo, y estamos en suficiente tensión como para asustarnos y comprar; estamos en una situación de seriedad y madurez. Ha llegado aquí el gran presidente Rajoy, y nos ha transmitido toda su serenidad y esfuerzo por superar la crisis, y ahora somos mayores. Pero como todo niñato que se intenta hacer el mayor, nos olvidamos de la madre, y en este caso nos olvidamos (como pretendían el mismo Rajoy y su primo) del cambio climático. Parece ahora un tema tabú, da la impresión de que, dentro de nuestra burbuja llamada crisis mundial, no podemos, no sabemos o no queremos saber hacer frente a un problema que, en realidad, es mucho más importante, que abarca más y que deja a la economía (ese gran dios de occidente) como una mierda pisoteada, sin importancia alguna para la supervivencia. No aceptamos esa situación, nos es demasiado grande, y preferimos hacer oídos sordos y llamar a todos los sucesos que con talas de bosques y contaminación provocamos "desastres naturales", o simplemente argumentar que la naturaleza se ha posicionado en contra nuestra.
Parece que con reciclar un poco nos basta y nos sobra a todos, y luego tachan al primero de marrano y destructor si tira un chicle al suelo, o deja basura en una esquina. ¡Abrid los ojos! Os quejáis de que alguien ensucie la mayor fuente de contaminación que jamás hayamos visto: las ciudades, los coches, el asfalto... nosotros mismos; nos queda tan grande y tan cerca, que hemos acabado creyendo que eso mismo es lo que hay que proteger, cuando en realidad es lo que está causando el mal. Haced caso a Homo No Sapiens y no foteu la natura, mamons.

25 de noviembre de 2011

La religión de la ciencia

Los últimos avances médicos, apoyados por una ética positiva que hace a la ciencia muy productiva, no dejan de hacernos, cada día, más y más felices. Es la gran medicina que nos lleva, poco a poco, a la vida eterna y nos proporciona esperanzas en la maravilla de civilización que nos hemos montado, con más de 7 mil millones de habitantes, y en la que la misma existencia, su ciclo, y, por tanto, la muerte, nos causa pavor, nos hace carraspear y pensar en que, ciertamente, duramos poco. Nos asusta, nos asusta la contingencia, la puta vida que nos toca vivir, ¿no? Y es que ya Platón se había cagado frente a ello, y decía aquello de que lo contingente es una copia de lo verdadero, y que vivíamos todos los contingentes en una caverna, siendo la verdad, el mundo de las ideas, el Bien, lo que debíamos ansiar.
La religión está para eso, para quitarnos preocupaciones absurdas con explicaciones y dependencias más absurdas todavía. La ciencia ha seguido su mismo camino: intenta hacernos sentir mejor con medicamentos y procesos que nos hacen creer temporalmente en nuestra superioridad e infinitud (claro, no podemos tener una idea buena de lo que hostias es la infinitud si no conocemos lo infinito empíricamente, lo consideramos siempre como presente continuo, y mientras continúe somos infinitos). Pero también crea dependencia, obligaciones, necesidades; ciertamente nos obligan a alimentarnos de una manera, nos crean la necesidad de hacer revisiones, de quitarnos los problemas más insignificantes, como si fuera esencial vivir más y más a gusto, y como si aparentar ser máquinas eternas, imposibles-de-envejecer, implicara de por sí una vida más feliz (lo implica, cierto, por la moral que nos imponen desde la misma institución religiosa que es la ciencia, no necesariamente). Es el carácter positivo: todo avance es bueno, todo conocimiento científico trae bien a la humanidad y al mundo. Es, a fin de cuentas, un carácter propio de la divinidad: episteme es omnipresente, omnipotente, razón última de todo lo creado, episteme es la única deidad.
He de confesar aquí mi ateísmo y rechazo considerable a esta religión (que en muchas ocasiones diverge con otras como la católica o la musulmana, en debates teológicos de gran alcance). Ahora en España, el señor Rajoy y su equipo de ministros invisibles han de decidir si decantarse por la mayoría de sus votantes, los católicos que gritaban aquello de "quita el aborto" en Génova, o por la ciencia y sus recursos, siempre en relación con la economía y la sociedad, que pueden hacer que España, tal y como ellos querían, esté en la élite de Europa. Sea como sea, que no le quite el sueño a Rajoy eliminar la ley anti-tabaco o seguir fumándose sus beneficiosos puros, como buen dirigente que es y la gran imagen que da al país, ya que actualmente con células madre se cura todo. Todo, excepto la intolerancia.

24 de noviembre de 2011

Respecto a huelga o manifestación

Últimamente, y sobre todo tras los sucesos del 17N (refirámonos así hasta que me centre en el asunto), me he aficionado a distinguir dos conceptos fácilmente confundibles o incluso de diferencia aparentemente inapreciable: huelga y manifestación. No me estoy metiendo en aspectos lingüísticos, no quiero hacer referencia a significados, definiciones o descripciones elegidas como norma de la lengua castellana, sino que quiero basarme en un aspecto que considero, sin duda alguna, mucho más importante, muy superior, y esto es la opinión general.
Debería puntualizar qué entiendo aquí por opinión general, ya que puede considerarse, y se considera por sectores platónico-católico-derechistas que el pueblo, y por ende su opinión, no tiene que ver con la verdad, y que hay que hacer las cosas "como Dios manda". Mi visión es contraria a esa. ¿Por qué? Obviamente, por la misma queja. ¿Alguien imagina que la queja fuera importante si se menospreciara la opinión del pueblo, si se creyera en el carácter absoluto de unos pocos y el sometimiento de los demás? Nunca jamás nos rebelaríamos, y de hacerlo nos tomarían por locos, ignorantes, herejes o perroflautas (en el sentido pepero).
Vista la importancia de la opinión general del pueblo a la hora de quejarse, de decidir, de ver el mundo de una determinada manera, introduzco aquí la necesidad de distinguir entre los dos términos antes citados: huelga y manifestación. Por supuesto, el problema es la interpretación, la impresión que causan al ser nombrados, las reacciones derivadas y lo que implican en el acto. Hay dos ámbitos estrechamente relacionados, teórico y pragmático, en base a los que hay que analizar ambos conceptos:

  • Huelga: la costumbre nos dice, nada más escuchar "huelga", que la pretensión es la de una negativa a algo concreto, contra la costumbre (tanto del trabajador como del estudiante). Pero esa negativa es negativa de asistencia, a la participación habituada. Esto conlleva, en la práctica, que se tome como prioridad la no-asistencia ante la queja; es decir, que se admite la importancia de no-participar en lugar de la de quejarse y salir a la calle para hacer visible la queja que, sin duda, está detrás de esa negativa de asistencia.
  • Manifestación: al contrario que con la anterior, al hablar de "manifestación" nos referimos directamente al acto de la queja pública, de la muestra del descontento en las calles; se entiende por "manifestación" esa salida a protestar. En la práctica las consecuencias son claras, si alguien admite la manifestación está comprometiéndose primeramente con la asistencia a la queja y, como consecuencia, a la no-asistencia a la rutina.
Los problemas de confundir ambos conceptos son claros: si a alguien se le dice que hay huelga, y acepta dicho evento, lo primero que está admitiendo es su negativa de asistencia, pero no está comprometiéndose inicialmente a la queja pública (a la manifestación), por lo que llegará un momento en que se planteará acudir o no, si es que se lo plantea, en lugar de quedarse en casa o irse de fiesta, satisfecho con su actitud negativa y su gran actuación en pro de la queja.

23 de noviembre de 2011

Sobre ateísmo

He escrito anteriormente sobre temas circundantes a la religión, pero quizás haya omitido el aspecto fundamental que debería tratar justamente en este blog: el ateísmo.
¿Qué es el ateísmo? Porque lo bueno de una tendencia, de una ideología, es que se puede graduar y definir de muchas maneras, y esta no es menos. Según la RAE, ateo es aquel "que niega la existencia de Dios". Esto es muy general e impreciso, y tomarse la definición al pie de la letra conlleva un gran problema: la RAE se refiere a "Dios" y no a "dios" o "dioses"; es decir, considera de esta tendencia a cualquiera que no crea en el dios cristiano (Dios). ¿Es un musulmán ateo? Basándonos en la definición de la RAE podríamos decir que si. Debemos considerar este fallo como producto de la influencia católica en España; en nuestro idioma, ateo es solamente quien no cree en nuestro dios (el cristiano). Consideremos, pues, que la costumbre católico-fascista heredada de la época franquista ha derivado en la confusión de "cualquier divinidad" con "Dios".
Pero viendo esto, voy al tema que me ocupa: dentro del ateísmo, limitado clara y distintamente (como le gustaría decir a Descartes) por el simple creer o no creer en cualquier divinidad posible, fuera la que fuera, se encuentran realmente muchos tipos; es de lo que hablaba al principio, lo bueno de una ideología son sus graduaciones, y eso es lo que ocurre con el ateísmo.
Y alguno pensará: ¿Cómo que graduaciones? Se cree o no se cree, pero no se gradúa. Pues no me estoy refiriendo al pensamiento ateo frente a otros de índole contraria o diferenciada, sino de contrastes de planteamiento. Esto es, pues no es lo mismo hablar de la desesperación atea de Schopenhauer que del ateísmo derivado de Nietzsche, con su "Dios ha muerto"; el existencialismo ateo presente en Sartre o el eslogan contemporáneo "Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida". Son ideas muy diferentes, no de la existencia o no existencia de divinidades, sino tanto del origen como del desarrollo de ese pensamiento, así como sus implicaciones en el mundo. No nos debe parecer lo mismo; nadie medianamente racional admitiría que una teoría que incita a vivir sin preocupaciones, sin presupuestos religiosos, o a revelarse contra los valores doctrinales eclesiásticos (un semi-Nietzsche) es similar a otra que admite que la existencia o no de un dios es un hecho independiente de moral, que no cambiaría, de demostrarse, nuestros valores sociales, y no debe influir en ellos (algo al estilo de Sartre).
Como ya he dicho, hay matices, y esto es lo bueno de toda ideología, de todo pensamiento. Busquen, comparen, y saquen sus conclusiones. Yo, por mi parte, opto por la concepción atea de Sartre: ciertamente, pensando que no existe un dios, creo en unos valores que no cambiarían (quizás en la reclamación de los mismos) de existir alguna divinidad, sea la que fuere, pues si ella me ha creado, de ella los he sacado, y si no los quiere, algo falla en su universalidad, a lo que he de criticar.

Los fachas chungos

El ambiente que vivimos últimamente me está trayendo cierto sabor amargo. Tras las elecciones, y encontrarnos con una mayoría absoluta, de absoluta confianza, vengo arrastrando ciertas inquietudes que veo extrañamente reflejadas en la revista el Jueves. Ciertamente, no hay nada como una mayoría absoluta, pero se ha depositado demasiada confianza a alguien que, a decir verdad, no nos ha desvelado su programa electoral, y que lo está haciendo paulatinamente. Quizás a alguien pueda resultarle toda esta situación agónica, de desesperación ante un futuro presidente de pensamientos inciertos, de sufrimiento especialmente por la espera de esos recortes que, todos sabemos, llegarán. No sé si a alguien se lo parecerá, pero a mí, por lo menos, si.
Me llega ese aroma a mafia, a día lluvioso en el que, de noche en el puerto, unos tipos de traje y sombrero a juego, provistos de paraguas acorde al negro de sus vestimentas, tiran por el muelle a algún pobre desgraciado que no pagó su deuda, con los pies en un bloque de cemento. O que matan a alguien a quemarropa para saldar cuentas.
Todo esto sazonado con la última noticia del Rey (si, el de España), que ya estaba desaparecido entre tantas elecciones, y el otro día se dio un cabezazo a lo zidane contra la puerta para llamar un poco la atención, el pobre hombre. En una entrega de premios ha dejado esta imagen, a placer mío:


Imagino alguna canción casposa al respecto, rapeando sobre lo chungos que son el señor Mariano con sus peperos y el Rey. A ver quién se atreve a meterse ahora con las corbatas de Rajoy.

22 de noviembre de 2011

Qué es política, sino queja

Escuchamos por costumbre malas opiniones respecto a la queja continua, al supuesto desorden o caos de quien se manifiesta sin cesar frente al poder establecido injusto. Hablamos de la "imagen anarquista", del "violento extremista que se niega a ceder al poder político". Tenemos esa idea, queramos o no, del que protesta y no se doblega frente a represión alguna; no hace falta que la violencia llegue por su mano, en su simple descontento e independencia de la ley vemos anarquía.
No voy a cuestionar qué es anarquía, puesto que la idea general es la que he expuesto, cualquier otra interpretación interior es mera utopía. Mientras se tenga cierta idea de política, se va a tener cierta idea de qué es lo contrario a ella.
¿Qué es política? Vuelvo a recerirme, como hice en mi primera entrada, a Aristóteles: somos animales políticos o sociales, nos vemos obligados a relacionarnos entre nosotros en sociedad, y a eso llamamos política. Pero, realmente, ¿a qué se refiere esa relación? Marvin Harris, en Jefes, cabecillas, abusones, estudia la organización social de las sociedades primitivas, y nos encontramos en ellas con una grabe contradicción frente al pensamiento general: no dominaba el más fuerte, no había jefe alguno, sino una comunidad que practicaba el "intercambio recíproco", y algunos cabecillas, considerados influyentes por sus capacidades. Había, por tanto, un respeto hacia ciertas personalidades, que recuerda a la imagen del chamán, o de un sabio local al que se hace caso por sus capacidades y no por la obligación de un poder propio a ellos, otorgado por el pueblo o impuesto por él (incluso dice Harris en una ocasión que, si alguno de los habitantes de estos pueblos obligara a los demás a obedecerle, afirmando que las tierras son suyas, los demás lo abandonarían con su posesión y se establecerían en otro lugar).
¿Cómo aparece entonces el poder político tal y como lo conocemos? Harris lo atribuye a los excedentes, al surgimiento de ciertos individuos que celebraban fiestas y a los que se respetaba y de los que algunos dependían directamente para sobrevivir en los momentos de crisis. ¿Acaso no ocurre esto en la actualidad? Me recuerda esa imagen a la de los banqueros.
Pero no quiero quedarme en Harris y su reflexión sobre el surgimiento de jefes, me interesa un aspecto más concreto: ¿qué es la política? En estas sociedades primitivas, la relación social entre sus habitantes, el consenso del que nadie habla y que impone ciertos criterios, actitudes consideradas correctas, etc. Esas son las primeras leyes, las primeras relaciones políticas de la humanidad, los primeros consensos que permitían la supervivencia.
Planteando entonces que la política concierne a toda la sociedad, a todos los que intervienen, que se ven afectados por el consenso establecido, ¿cómo puede plantearse que la queja, que la manifestación y la oposición radical al poder gubernamental considerado injusto sea anarquista o anti-político? Es decir, de otra forma, ¿qué tiene que ver la política con la representación del pueblo? No más que lo que tiene que ver el mismo pueblo que otorga esa representación; en cualquier momento, igual que ha decidido seleccionar a un representante, puede rebelarse para negarle dicho poder y seguiría, por tanto, siendo esa acción igual de política que la anterior. No quiero cerrar esto a la democracia representativa, pero en ella se ve más claro que en cualquier otro sistema: se puede establecer, mediante consenso democrático, una representación, igual que se puede eliminar, mediante esa misma democracia (en su significado original poder del pueblo), al representante con el fin de encontrar un nuevo orden.
Que exista un movimiento anarquista debido al caos o desorden de la rebelión es una mera falacia: la acción política misma requiere del desorden, es un caos continuo, pues el consenso es contingente, continuamente cambiante, una vorágine de opinión, relación social presente, relación con lo establecido en el pasado y queja ante todo ello. Y, ¿qué es política, sino queja ante el consenso?

20 de noviembre de 2011

El asesinato de la democracia

Ha salido ya la Cospedal diciendo que este es "el mejor resultado de la historia del Partido Popular". Y es, ciertamente, muy ético calificar una mayoría absoluta, no solo de buen resultado, sino del mejor de la historia. Para ellos, obviamente, lo es; para la democracia ha resultado una nueva puñalada.
Realmente, podríamos calificarlo de mortal. Así, como me señalaba hace un momento un amigo, asistimos al funeral de la democracia. Ha muerto, sin duda, y quien no lo crea que piense en lo siguiente: ha ganado un candidato que en ningún momento desveló sus propuestas, que incluso se negó a hacerlo hasta haber ganado las elecciones. La mayoría de los votantes han elegido a un candidato que solo proporcionó promesas de cara a intereses abstractos: mejorar españa, salir de la crisis y, la que más me gusta, hacer las cosas como Dios manda.
Ciertamente, como diría Homer Simpson, "con estos candidatos dan ganas de echar la pota"; pero la pota se ha traducido en victoria del señor Mariano Rajoy y en la asistencia de todos nosotros al cruel asesinato de la cordura y la democracia (lo poco que nos quedaba de ella).

Erecciones

Nótese el sarcasmo desbordante de las siguientes palabras:
Hoy es el maravilloso día en el que contemplamos fascinados la magia de la democracia, en el que nuestra libertad se pone de manifiesto para elegir al mejor de los mejores representantes del pueblo. Sonreímos y, educadamente, cedemos el paso a nuestros conciudadanos para que efectúen el por todos esperado voto.

Pobre de mí, ¿quién me mandaría pasar a medio día por las urnas? Familias felices arregladas de domingo iban a votar, mientras el papi le explicaba al hijito que iban a introducir un papelito en una cajita para que nos gobierne el mejorcito. Hay que ser delicado con los hijos, si señor, y decirlo todo de tal forma que entiendan que su padre es un lameculos de la llamada "democracia representativa". Encontrarse entre ese tipo de gente produce un pensamiento concreto: vamos como meros burros persiguiendo la zanahoria. Resulta entonces un sin-sentido quejarse ese mismo día, ir a decir "no os soporto", ir a manifestar un estado puntual de desagrado, ya que:

  1. Todos somos burros; nos han mandado a un lugar concreto, e ir solamente a quejarse conlleva ir, y, por lo tanto, ser otro burro (quizás un burro descontento, pero otro más a fin de cuentas).
  2. La queja no puede centrarse en no-ir, puesto que eso significa no dar opinión alguna, ser un burro que carece de visión de la zanahoria, o de hambre.
  3. La mera queja resulta inútil, puesto que ya se espera entre las opciones dadas y que lo realmente esperado son los votos a partidos.
¿Cuándo hay que hacer, por tanto, la queja a las elecciones? Si tenemos en cuenta que las elecciones son producto del sistema democrático actual, ¿qué diferencia hay entre quejarse de las elecciones o de la democracia? Quejarse de la democracia abarca más, es más completo, y es más sencillo; la democracia está siempre, y es ahí (siempre) cuando hay que quejarse, mostrar el descontento, para que, cada vez más, al llegar las elecciones no haga falta la queja para que las conciencias se percaten del mal del sistema. Porque recordemos que están para conservarlo, que, una vez cada cuatro años, la democracia tiene erecciones.

19 de noviembre de 2011

"El Papa es infalible con la boca..."

El Papa nos ha vuelto a dar una lección de hipocresía en su gira por África, en la que ha criticado la sumisión al mercado (cosa que comprendo, si yo fuera líder de una religión también preferiría que se sometieran a mí antes que al capital). Aunque, como en otros discursos del Papa, nada de esto se aplica a él, que necesita el dinero de todos nosotros, sobre todo ahora que estamos en crisis y el perdón de Dios se cobra más caro.
Esto recuerda a su empeño por prohibir (y luego permitir mínimamente) el condón. Al respecto de esta cuestión nos encontramos comentarios católicos variopintos, y he de puntualizar que son, en algunos casos, una pérdida de tiempo. Ahora insiste el Papa en África con que aquel lugar es "el pulmón espiritual del mundo", "una reserva de vida para el futuro"... No voy a decir que el Papa se equivoque (que se equivoca, evidentemente), pero no encuentro mucha vida en un continente mayormente asediado por el SIDA. Tampoco voy a decir que el Papa tenga la culpa de ello (que algunos lo dicen), pero no veo realmente un intento por su parte para solucionar el problema, sino todo lo contrario. Ni aunque se retracte de lo dicho; me da la impresión de que estuvo largo tiempo investigando sobre condones y SIDA para llegar a la conclusión de que un plástico evita la propagación.
Lo que realmente me preocupa de este tema son conclusiones recientes a las que se ha llegado por parte de sectores católicos. Concretamente, encuentro las siguientes contradicciones:
1. El supuesto de orgullo ante la clara ignorancia de quienes no creen en el condón, que se niegan a usar protección y se caracterizan, simplemente, por ser muy católicos y follar como conejos ("kikos" y Opus)
2. La crítica a la opinión general de que hay "superpoblación", cuando en los medios se celebró como signo de nuestra grandiosa y espectacular civilización al nacimiento 7 mil millones.
3. Criticar una "falta de lógica" por parte de los "progres" y decir justo a continuación que el negar la culpa de la propagación del SIDA al Papa implica que "la solución a la superpoblación es que todo el mundo se convierta al catolicismo".
Es fascinante como unos pocos comentarios de un personaje tal pueden generar comentarios estúpidos y opiniones gratuitas de tal ingenuidad. Como dice la canción, "el Papa es infalible con la boca, pero con el pito se equivoca".

18 de noviembre de 2011

Atraco al bosque

Como de costumbre cuando se acercan las elecciones, los partidos políticos deciden enviar su encantadora propaganda, con papeletas y sobres, para que todos nosotros preparemos nuestro esperado voto a la madre que los parió. Ésta es la historia de un atraco al bosque:
Te levantas como cualquier día, desayunas tranquilo en casa, recordando que tienes que ir a trabajar, o recordando que no vas a trabajar porque estás jodido y en paro. Entonces sales de casa a comprobar el correo y... ¡sorpresa! tu buzón revienta de alegría al abrirlo, pues está repleto de propaganda electoral. Es como un gran arcoíris de todos los colores. No solo mandan de todos los partidos, sino que, supongamos, hay tres o cuatro mayores de edad en tu vivienda (contemos: tú, tu marido/mujer y un hijo mayor de edad o dos); entonces, la propaganda llega por triplicada o cuadriplicada. Supongamos que solo te llega propaganda de PP, PSOE, IU y UPyD... en todo caso, 12 o 16 cartas. A veces llegan juntas, otras por turnos, pero unos días antes de las elecciones te encuentras, si no las has quemado todas en un arrebato de anarquismo, con un montoncito de unos 10cm de papel inservible, repetitivo, y repleto de vagas promesas y discursos carentes de contenido.
Imagino esto en todas las casas de los españolitos... y es frustrante. Solo con imaginar el papel malgastado para una comunidad, para una cuidad, o para una sola calle. Esto es el atraco a los bosques de la propaganda política de muchos partidos que, seguramente, defiendan entre sus propuestas la "conservación del medio ambiente", ¡pero ojo!, cuando ganen las elecciones.

17 de noviembre de 2011

Hablando de EU2015

Respecto a la manifestación de hoy contra EU2015 (Estrategia Universidad 2015) decir que ha sido, en gran medida, un éxito. Especialmente ha sido un éxito la difusión, puesto que las manifestaciones siempre llaman la atención. Lo importante ha sido la labor informativa y los encierros (que en algunos sitios, no en Murcia, han sido muy participativos).
Por mi experiencia en la jornada de anoche y hoy puedo decir lo siguiente: no hay información suficiente como para organizar un buen contraataque a EU2015. Todavía nos falta mucho, y lo importante es informar, aunque sea a grandes rasgos, de la situación en las universidades. Hay gente que se interesa en saber, pero no saben, no tienen ni idea, y por ello hay que difundir e insistir en que difundan, que se quejen, que vallan con amigos y conocidos informando a más y conseguir, a fin de cuentas, que cada uno se alarme por sí mismo, para así fundamentar la manifestación no solo en oídas, sino con conocimiento de la misma y en queja tanto individual como colectiva.

"Son esos: los indignados"

Al leer la prensa del día de hoy, tras la manifestación contra el plan de EU2015, he llegado a una clara conclusión: se ha normalizado, para bien o para mal, el uso del término " "indignados" ". Y no es un error que lo entrecomille por doble, puesto que, efectivamente, el término usado es de por sí un entrecomillado.
Pero hagamos memoria, que no es poco, respecto a este asunto: todo comenzó con el ¡Indignaos! de Hessel y el 15M, el "por eso estamos indignados" llevó a la prensa a denominarlos, en grupo, "los indignados". Al parecer, la gran aceptación del término trajo la fama de los españoles como líderes en indignación, que nos llevó también al 15O. Toda protesta era causada, no por la indignación de algunos, sino por "los indignados" como grupo concreto de quejas que poco o nada podrían tener que ver, hasta el punto en que, inevitablemente, se cayó por el precipicio de la incongruencia, tal y como afirmó lanación.com, parafraseando a Chaves, sobre unos "indignados" que acaben con el movimiento 15M al no comportarse como se defiende en la actitud de dicho movimiento. En otras palabras, y afirmando una contradicción: alguien que se indigna es un "indignado" (de los del 15M) y debe cumplir con cierta actitud preestablecida; si no lo hace, no deja de ser "indignado" para ser cualquier otro protestante, sino que desprestigia a un movimiento al que está demostrando no pertenecer activamente, al menos en ese momento.
Por eso digo si es o no favorable esa consideración ya normalizada de "los indignados" como grupo absoluto en cualquier espacio y tiempo. Porque sí, se ha normalizado hasta el extremo de que, hoy mismo, la señora Aguirre, en uno de sus típicos momentos de lucidez, ha soltado que la huelga por la educación madrileña es " la manera con la que los sindicatos, el PSOE, IU, "los de la ceja" y "los indignados" pretenden "hacer daño" al PP". Si, señora Aguirre, todos quieren hacer daño al PP, y el PP quiere hacer daño a todos. Y, mientras tanto, cada vez que vea a alguien quejándose de usted podrá decir "son esos: los indignados".

16 de noviembre de 2011

"Huelga aquí, huelga allá, ¡maquíllala, maquíllala!"

"HUELGA DESCONVOCADA" Ese es el titular que se puede ver en los panfletos que esta tarde se han puesto en los autobuses de Latbus. Al parecer, las "nueces" de los conductores, que se pusieron en huelga, junto con los retrasos de los servicios mínimos y el "ruido" que amenazaba con cancelar todo servicio han servido para que el ayuntamiento de Murcia decida definitivamente pagar gran parte de la deuda que tenía con la empresa. Han cedido, pues, tras el descontento y la queja tanto de los trabajadores como de los ciudadanos que han sufrido este recorte en el servicio.
Ahora mismo hay más gente quejándose del mismo ayuntamiento, no solo los trabajadores de Latbus. En verdad, ¿a quién no debe dinero el ayuntamiento de Murcia? (Se lo gastarán, supongo, en el trasvase, aunque esa excusa se les valla agotando con el tiempo). A la Universidad de Murcia le debe unos 60 millones de euros, y parece que los medios de la región, ante las movilizaciones estudiantiles y las quejas más que visibles, hacen abstracción del asunto y se olvidan de nombrar al moroso (aunque, ¿quién llama moroso al gobierno-padre?).
No solo en Murcia, sino que en toda España encontramos a la prensa democrática (defensora de la democracia, pero no de la queja democrática), en grandes eventos como lo fue el 15M, del que poco o nada se dijo cierto en los medios, y cuya imagen más común era la de "unos hippies piojosos que ensucian las plazas". Se aprendieron bien la canción, solo que cambiando la letra, suelen cantar "huelga aquí, huelga allá, ¡maquíllala, maquíllala!".
El error básico es el mismo de siempre: la queja mal informada.

Análisis de Conceptos Humanos Respecto de la Revolución

He decidido publicar (junto con los anteriores) un ensayo en el que estuve trabajando no hace mucho. Se trata de un ensayo en el que se pretenden tratar conceptos que vinculan el término "revolución" a nuestros actos, así como extraer consecuencias y analizar cómo y por qué nos vemos "reflejados" o "realizados" (de algún modo) en una Revolución. Aquí os dejo el enlace.

Os proporciono igualmente en la sección de Ensayos (en el menú de la cabecera) tanto este ensayo como otros anteriores.

Presentación

Esta es mi primera entrada, con la que quiero explicar un poco el sentido de este blog y su alcance teórico.

Pretendo tratar aquí asuntos relacionados directamente con "la queja" o revolución, desde un punto de vista propio y tratando conceptos circundantes y de importancia en el ser humano. "La Queja del Primate" es un título que alude a distintas ideas, siendo la primera mi concepción de "queja" como característica principal de la política humana (en sentido Aristotélico), junto con el concepto "primate" como referencia a la evolución. Así, la idea principal del título es la siguiente: aquello que provoca en el animal volverse social, o sea, humano.
También quiero puntualizar otras connotaciones del mismo, como la negativa al término "civilizado", pues sigo tratando al ser humano como un animal que se socializa continuamente mediante la queja, pero no civilizado, puesto que eso significaría que no progresa, que se estanca, que no discute y no piensa en su futuro más que en su presente.
Finalmente, señalar otro sentido añadido de la expresión a modo de metáfora, esto es, como contraposición de lo humano con lo animal, en una fusión de carácter absurdo (al estilo de Albert Camus) que representa lo qué es la queja en sí: un facto de ideas que se opone a una realidad de hechos normalizados pero que resultan extraños, prescindibles e incluso repudiables desde dichas ideas; es la relación absurda que se tiene con el mundo que se intenta cambiar.